Jueves 11 de Julio de 2019

Heredera del imperio del entretenimiento

Abigail Disney: “Elegí ser una traidora de mi clase”

Premiada documentalista, activista por mayores impuestos a los más ricos y medidas contra la desigualdad en EE.UU., quiere llevar su lucha a la empresa que lleva su apellido.

Por Andrew Edgecliffe-Johnson

"Uff, odio eso", se queja Abigail Disney cuando le pido que cuál es su fortuna personal. Es más fácil hablar de sexo que de dinero, advierte la sobrina de Walt.

“El internet dice que tengo US$ 500 millones y quizás tendría una cifra cercana si hubiera estado invirtiendo agresivamente”, dice, repitiendo una frase que ha usado antes para esquivar la pregunta. Sin embargo, hoy, sentada en un restaurante de Manhattan, decide aclarar las cosas.

“Lo voy a decir”, dice con decisión. Después de donar US$ 70 millones en los últimos 30 años, “tengo alrededor de US$ 120 millones”.

Últimamente, la descendiente de Disney ha hablado mucho sobre dinero, aunque no siempre se refiere al suyo. A los 59 años, se ha convertido en una repentina guerrera de clases en las batallas sobre cómo deberían pagar impuestos los más ricos y cuánto debieran ganar las personas que limpian los parques temáticos que llevan su nombre. El día en que nos reunimos, ella firmó una carta junto con personas como George Soros y el cofundador de Facebook Chris Hughes, abogando por un impuesto “moderado” sobre los activos del 0,1% más próspero.

En especial, ella cuestiona la forma en que se distribuyen las riquezas en el reino que su amado abuelo Roy fundó junto con su hermano Walt. En particular, ha puesto la mira en Bob Iger, director ejecutivo de Disney, y el hombre responsable de gran parte de la riqueza de su clan.

Bajo Iger, las acciones de la empresa Disney han aumentado en cinco veces —superando todos los índices— desde 2005 gracias a éxitos desde Star Wars hasta Toy Story o la serie de películas The Avengers. Y ha recibido una buena recompensa. Los US$ 65,7 millones que la compañía le pagó el año pasado, cuando algunos de sus empleados peor remunerados dependían de subsidios estatales para sobrevivir, fue algo “descabellado”, dijo Disney en abril. “Ni Cristo vale 500 veces el salario de su trabajador promedio”, añadió. Esto provocó una tormenta en las redes sociales, y no totalmente a su favor, pues la representaron alternativamente como una portavoz de la verdad y una plutócrata que presumía su postura ética. Quizás ambas partes podrían coincidir en algo: con una participación mínima en la compañía, cualquier influencia que ella tiene se deriva de su apellido.

“He decidido traicionar a mi clase”, dice con cierta satisfacción. Pero incluso quienes traicionan a su clase tienen que comer, y una cosa que esta cocinera capacitada en Le Cordon Bleu disfruta con respecto a tener dinero es comer bien.

“Siempre me gustó sentarme en la mejor mesa del restaurante”, admite, y explica por qué mantuvo su apellido —Disney— cuando se casó con Pierre Hauser, un escritor, a quien conoció en Yale.

Creciendo con Walt

Disney tenía 11 años cuando perdió a su abuelo, cuya inteligencia empresarial convirtió la inspiración de su hermano Walt en el primer gran imperio multimedia. Recuerda que el hecho de haber crecido cerca de los dibujos animados y los parques temáticos tuvo sus privilegios, pero que sus abuelos “no iban a restaurantes de lujo, ni usaban abrigos de piel ni se cubrían de joyas”.

La riqueza de la familia y su actitud hacia el dinero cambiaron cuando ella estaba en la universidad y su padre (también llamado Roy) trajo a Michael Eisner como presidente y director ejecutivo en 1984. Éxitos como “El rey león” le dieron al padre de Disney la posibilidad de permitirse un avión privado, lo cual lo convirtió en alguien que ella veía como un “multimillonario descontrolado”, totalmente distanciado de la forma en que lo habían criado.

Abigail, por su parte, hizo carrera como cineasta y pese a que logró premios por dos de ellas, solo hoy ha logrado destacarse. Le pregunto por qué se ha alzado la voz. Abigail dice que expresó sus puntos de vista durante mucho tiempo, pero nadie la escuchó. Pero hubo otros factores: sus cuatro hijos, que tienen de 19 a 28 años, habían abandonado su hogar, y Donald Trump se convirtió en presidente.

“Con Trump es como si el ego de los ricos se hubiera estado inflamando como una enorme ampolla y estuviera a punto de explotar en cualquier momento”. A Disney le gusta la idea de ser ella quien lo reviente.

Cuando en 1984 llegó a Nueva York, tras dejar su Los Angeles natal, consideró seriamente donar toda su fortuna “Ningún ser humano debería tener US$ 10 millones. Soy la peor persona del mundo”, pensaba. Lejos de LA, las creaciones de su familia continuaron acechándola. “Cuando llevé a mi bebé a casa después de salir del hospital y me encontré a Mickey Mouse en su primer pañal, me dieron ganas de vomitar”, dice.

Pero abandonar la ciudad de las estrellas fue su oportunidad para reivindicar su independencia; también le resultó útil obtener títulos: una licenciatura en Yale, una maestría en Stanford y un doctorado en literatura en Columbia. “Ahí pude decir: ‘Soy tan inteligente como ustedes'. Yo necesitaba eso”.

Disney describe la vida entre académicos liberales quienes desdeñaban la marca poco intelectual de la cultura de su familia y a quienes les gustaba recordar que Walt ofreció voluntariamente los nombres de empleados supuestamente comunistas al gobierno estadounidense en 1947.

“Casi todos los que me rodeaban tenían un prejuicio en mi contra”, recuerda, aunque ella nunca heredó los puntos de vista conservadores que su abuelo y sus padres compartían con Walt. Ella tiene pocos recuerdos del animador, pero habla cariñosamente de su abuelo.

Me explica por qué ni ella ni sus hermanos Tim, Roy y Susan ocuparon ningún puesto en la compañía al final: después de que su padre expulsó a Eisner, “ningún director ejecutivo en su sano juicio le permitiría a ninguno de nosotros volver a estar en el consejo de dirección”.

Las guerras de Disney también causaron una ruptura con sus primos que ella amaba cuando era niña. Ahora tienen muy poco contacto, “excepto a veces que intercambiamos algunos mensajes de correo electrónico agradables, o mensajes de enojo en mi caso”. Algunos de sus familiares le pidieron que dejara en claro que no hablaba en nombre de la familia después de aplaudir la declaración que hizo Meryl Streep en 2014 de que la película “Al encuentro de Mr. Banks”, de Disney, ignoraba el presunto racismo, sexismo y antisemitismo de Walt. “La gente se volvió loca” después de sus publicaciones en Facebook, me dice suspirando. “Y yo seguía pensando: ‘¿Cómo necesitan que les expliquen esto?' Él hizo una película —“El libro de la selva”— a mediados de la década de 1960 sobre cómo las personas deberían permanecer con otras personas de su mismo tipo; el material en el que se basó fue la obra de Rudyard Kipling, ¡por el amor de Dios!”.

Cuando era niña, dice, le enseñaron a respetar a todos los empleados de la compañía, por lo que cuando los trabajadores de Disneyland en Anaheim le dijeron el año pasado que no podían pagar las facturas básicas con sus salarios mínimos de US$ 15 por hora, “le escribí a Bob (Iger)”. Él la mandó a ver al jefe de recursos humanos de la compañía, quien citó iniciativas como su fondo de US$ 150 millones para la educación de los empleados. Pero Disney no se tranquilizó y le volvió a escribir a Iger. “No obtuve respuesta, así que esa fue su respuesta”.

Ella cree que el negocio que la hizo rica es “la última compañía a la que se le puede avergonzar”, y, por lo tanto, está decidida a avergonzarla. Los empleados que ganan US$ 15 por hora ganan US$ 135 por cada turno de nueve horas, dice, mientras que el salario de Iger el año pasado fue de US$ 180.000 por día. “Si sabes que el salario de US$ 135 de tus empleados no cubre alimentos, vivienda, educación, crianza de hijos y todo lo demás, y te paras junto a ellos con tus US$ 180 mil, ¿cómo puedes dormir?”, se pregunta ella.

Aun así, tan solo “Avengers: Endgame” ganó US$ 1,2 mil millones en su primer fin de semana. Tras comprar y pulir la franquicia de Marvel (sin mencionar a Fox, Pixar y Lucasfilm), ¿acaso Iger no se merece su parte? “Es un gerente extraordinario”, admite.

“Merece que se le recompense, pero si en esta compañía enormemente rentable las personas se ven obligadas a utilizar cupones de alimentos, ¿cómo puedes permitir que las personas pasen hambre?”.

Disney dice que no tiene intención alguna de que se le escuche en la sala de juntas donde se acuerda el salario de Iger. “Sería perder mi tiempo”, insiste. Además, gracias a su cuenta de Twitter, “causé tantos problemas como si hubiera tenido un puesto en el consejo de dirección”.

Disney sabe por las redes sociales que muchas personas la rechazan como una izquierdista privilegiada cuyo pedigrí no le da derecho a opinar sobre la gobernanza de una compañía de US$ 250 mil millones.

Más allá de Disney

“¿Quién creo que soy?”, pregunta, haciéndose eco de la pregunta que muchos se hacen. “Solo soy una persona que ve algo que viola mi sentido de justicia y que lleva mi nombre”.

Su carrera como cineasta, con su enfoque en el papel de las mujeres en los conflictos y su resolución, la ha llevado desde Sudán hasta Corea del Norte, pero su próximo proyecto será más cercano, enfrentándose a lo que ella llama el “fundamentalismo capitalista” de Milton Friedman, 50 años después del ensayo de 1970 en el que el economista conminó a las compañías a priorizar a los accionistas antes que a los empleados y otras partes interesadas.

Ella afirma que los negocios ahora poseen una sensibilidad que su abuelo no habría reconocido.

En busca de un proyecto aún más ambicioso, Disney quiere renovar la imagen de la paz, con una iniciativa multimedia que abarca documentales, películas Imax, un programa de telerrealidad, un programa de entrevistas y un podcast. “Cuando hablo de la paz, a la gente se les ponen los ojos vidriosos; creen que es ingenuo, infantil y tonto”, dice ella. “Quiero que la paz se considere un campo activo, vigoroso, vivo y fascinante”.

Disney recuerda haber visto a los hippies y preguntarse por qué sus padres los odiaban tanto. Sin embargo, ha llegado a creer que quienes alcanzaron la mayoría de edad en el Verano del Amor arruinaron la palabra con “ese blandengue signo de la paz”.

Le pregunto por su propio signo de la paz: una paloma y una rama de olivo tatuadas en el brazo. Se lo hizo con un amigo mientras evitaba asistir a una reunión del 35º aniversario de graduación de Yale. Parece haber sido una buena noche, le digo. “Sí. También compré un poco de marihuana”, dice sonriendo.

El proyecto de paz costará al menos US$ 20 millones. Bromea sobre la megalomanía, pero muestra la vasta comprensión de una descendiente de Disney sobre el poder de los medios de comunicación.

“Walt era un soñador y pensaba en grande. ¿Por qué no puedo hacerlo yo? Lo peor que puede pasar es que fracase. ¿Y qué? Nunca me he ganado nada por ser tímida”.

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