Jueves 11 de Julio de 2019

Los chocolates del comandante

El ex comandante en jefe del Ejército ha sido cuestionado por gastar 150 mil pesos semanales —plata de la institución— en chocolates. No son cifras enormes, pero sí síntomas de un desajuste que va más allá de la administración dolosa. Mi investigación concluye que el chocolate está íntimamente relacionado con un determinado estilo del mando. Un chocolate artesanal de buena calidad se vende a 50 mil pesos el kilo. Cinco mil por una bolsa o una barra de 100 gramos. Un consumo de 3 kilos a la semana equivale a poco más de dos cajas de 200 gramos al día. Cien gramos de chocolate son 540 calorías. Según un nutricionista al que consulté, el chocolate contiene triptófano, un precursor de la serotonina (hormona de la felicidad). La disminución de este precursor puede provocar abstinencia cuando su consumo es excesivo. Los chocolates comerciales contienen, además, cafeína y teobromina, sustancias adictivas.

Debemos suponer que el consumo de chocolate se extiende a lo largo del día, acompañado en las mañanas de un buen café y en las tardes de un licor adecuado. Es posible que mi general prefiera los chocolates en caja. Más finos y fáciles de compartir. Son 64 bombones diarios. Suponiendo cuatro períodos de distensión, de una media hora cada uno, nuestro general degusta 16 bocados en cada media hora de relajo merecido.

¿Qué hace un comandante entre bombón y bombón? Primero, administra las capacidades de su institución, incluyendo el sistema logístico que permite surtirse de chocolates: proveedores, ordenanzas, transporte y finanzas, contadores y abogados. Luego, hace las relaciones públicas de la institución, y, en el tercer lugar de sus ocupaciones, están el gimnasio y los juegos de video: consolas para la operación remota de drones, cohetes y, pronto, tanques sin conductores. Es tiempo de relajar las barrigas: las próximas guerras se darán a botonazos.

Las instituciones tienen como misión mantenerse lo más autónomamente posible. Si al jefe le gustan los chocolates, y a otros les interesan los viajes para conocer las defensas anfibias de Bahamas, eso concierne a la institución. Como todas, ella tiene previsto un nivel de despilfarro aceptable. La encrucijada es la que se plantea entre la fuerza militar y la fuerza policial. Las instituciones armadas quisieran estar en el día a día de los chilenos, compartiendo chocolatines y resguardando la seguridad de la población. En ese caso, la gordura importa.

La izquierda suicida

“Esta izquierda le está hablando a pequeñas tribus escasamente conectadas con los intereses de un pueblo al que nada de esto le hace sentido”.

La crítica coyuntura por la que atraviesa el PS permite poner en evidencia ya no solo lo errático de su proyecto político, sino que también la ruta suicida por la que optó tanto el socialismo como la totalidad de las izquierdas chilenas. Es evidente que la palma en materia de suicidio se la lleva el PS, en lo que las dos listas en competencia —habiendo concluido la elección interna con vencedores y perdedores formales— adoptaron un curso de acción que se ajusta perfectamente a uno de los dilemas mejor estudiados por la teoría de juegos: el “dilema del gallina” (chicken game ), propio de situaciones estratégicas de escalada que son muy difíciles de detener, y en el que el resultado —de no mediar un giro por parte de uno o de ambos actores— es la destrucción mutua. Llamaré a esta variante el «suicidio orgánico».

Pero hay una segunda variante, de naturaleza moral, especialmente evidente en el PC. Como se sabe, el comunismo chileno adoptó una extraña defensa del régimen venezolano de Maduro, criticando el lapidario informe de la alta comisaria de Naciones Unidas Michelle Bachelet, en el que se denunciaban graves violaciones a los derechos humanos. En este caso, estamos en presencia de un «suicidio moral» cargado de negacionismo, el que nos recuerda tanto el silencio de los crímenes del estalinismo como —sobre todo— el letal parecido retórico de la negación de estas violaciones con los dignatarios de la dictadura de Pinochet. Por una vez, comunistas y pinochetistas unidos en torno a una idéntica semántica.

¿Cómo no ver que la izquierda clásica, socialista y comunista, ha incursionado alegremente por la ruta del suicidio?

Pero existe una tercera variante del suicidio, que llamaré «postmaterialista», en el sentido de que lo que motiva la conducta colectiva ya no son causas materiales, sino intereses inmateriales de los grupos más educados y liberales. Esta variante se inicia con la frivolidad de una camiseta en la que se veía el rostro pop de Jaime Guzmán atravesado por una bala, y desemboca en un episodio hippie en el que una dirigenta de Revolución Democrática, Ana María Gazmuri, abandona el partido por algún tipo de conflicto de interés a propósito del proyecto de cultivo seguro de marihuana. Es decir, los motivos de abandono del militantismo partidario con publicidad se tornan cada vez más pueriles.

Estos tres suicidios retratan, con la precisión de una autopsia, el interés dominante en cada una de estas fuerzas, así como el tipo de público al que se le está hablando: pequeñas tribus escasamente conectadas con los intereses ya no de clase, sino de un pueblo al que nada de esto le hace sentido. Más aún cuando se repara que son cada vez menos los chilenos que se identifican con el eje derecha-izquierda, lo que significa que hay cada vez menos izquierda en Chile.

Metro y la creación de valor público

“Las cocheras en Renca son una excelente oportunidad para generar valor y justicia territorial con una inversión pública”.

La Línea 7 del Metro llegará a Renca, donde la empresa ha anunciado que construirá las cocheras y talleres de la línea, a 500 metros de una de las futuras estaciones. Hoy esos terrenos no están edificados, pero el desarrollo inmobiliario llegará junto con el Metro. Es cosa de tiempo para que comencemos a ver actividad inmobiliaria en el sector, activada por la propia presencia del Metro.

Por su cercanía con las estaciones de Renca, es importante que Metro construya las cocheras pensando en el futuro desarrollo urbano del área. Afirmar que los terrenos se mantendrán eriazos es desconocer el efecto que la construcción de líneas de Metro tiene en la ciudad y no planificar a largo plazo, de manera integrada con las dinámicas inmobiliarias. Y se contradice con la decisión de instalar dos nuevas estaciones en el mismo sector.

La mayor amenaza para el espacio público en torno a las cocheras son los extensos muros ciegos que el actual diseño generaría hacia la calle y la interrupción de la trama urbana. Por este motivo, el alcalde Claudio Castro ha propuesto distintas soluciones, como hundir las cocheras o construir edificios en sus bordes. Con una infraestructura de este tipo, no basta con iluminar la calle, hay que generar actividad en ella para que sea realmente segura. Si no, se repetirá lo que sucede en el entorno de los talleres del Metro en Ñuñoa: un larguísimo muro ciego que anula la vida urbana sobre la calle San Eugenio. Por el contrario, esos mismos talleres, por Vicuña Mackenna, tienen una interfase de locales comerciales, industrias y diversas actividades que hacen que la avenida no pierda vitalidad en ese tramo.

El caso de las cocheras en Renca presenta una excelente oportunidad para generar valor y justicia territorial con una inversión pública. Recientemente, el Gobierno Regional Metropolitano contrató un estudio para evaluar localizaciones de un centro de convenciones de clase mundial para Santiago. ¿Por qué no pensar en un proyecto como este en el sector donde se ubicarán las cocheras? Estas quedarán muy cerca de las estaciones de la nueva Línea 7, del aeropuerto, y allí hay suficiente terreno disponible para construir programas asociados como centros comerciales, hoteles, viviendas integradas o áreas verdes.

Dado que la empresa hoy tiene pocas facultades para generar proyectos inmobiliarios o recuperar plusvalías, podría buscar soluciones para Renca similares a las que ha implementado en Providencia o Ñuñoa para construir en terrenos residuales, generando alianzas público-privadas o asociaciones con organismos públicos para mejorar el entorno de su infraestructura con proyectos complementarios. Así, la inversión pública sería más rentable y ayudaría a hacer justicia en territorios históricamente postergados.

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