Miércoles 12 de Junio de 2019

Tucapel Jiménez, diputado PPD:

“Nunca he podido desprenderme de la imagen de mi papá”

El parlamentario, hijo del dirigente sindical asesinado por la dictadura, explica por qué no irá a la repostulación tras casi 14 años en el Congreso. “Siento un alivio inmenso”, dice.

Por Lenka Carvallo

Penan las ánimas en el Congreso de Santiago. Por lo visto, la mayoría de los parlamentarios está en trabajo distrital y Tucapel Jiménez viene llegando de Valparaíso, muerto de frío. “Es raro, porque me acostumbré a los inviernos en Suecia, ¡esos sí que son fríos!”, dice, por sus 14 años en el país nórdico, donde vivió el exilio tras el asesinato de su padre, el emblemático dirigente sindical asesinado en febrero de 1981 por agentes de la dictadura.

El caso se convirtió en un símbolo mundial de la represión chilena, y el nombre de Tucapel, el “Tuca”, como llamaban al carismático líder de la ANEF, ha estado presente en la vida del hijo como una sombra, determinando su destino.

Un designio que ahora, a los 57 años, pretende cambiar tras anunciar que —tras cuatro períodos en el Parlamento— no postulará a la reelección ni a ningún otro cargo de representación popular. En una carta dirigida a Heraldo Muñoz, el timonel del PPD, señaló, entre otras cosas, que cada vez le resultaba “más difícil encantar a los ciudadanos y lograr que se privilegie la ideología por sobre los intereses personales”.

“Me voy muy feliz y agradecido de mi partido —dice ahora—; seguiré militando, pero esta es una decisión que vengo pensando hace mucho tiempo. Desde que entré (al Congreso) que siempre me he sentido con un pie afuera. Siento un alivio inmenso. No sé qué va a pasar en el futuro, pero me saqué un gran peso de encima”.

—¿Tanto así?, ¿por qué?

—Me tiene colapsado el desprestigio de la política. Pagan justos por pecadores; para la gente, todos somos iguales. Mi familia también estaba pagando las consecuencias. Cuando voy a mi distrito (El Nº 13, por El Bosque, La Cisterna, Lo Espejo, Pedro Aguirre Cerda, San Miguel y San Ramón), la gente es súper cariñosa; en los actos masivos me va re bien en el aplausómetro. El problema es a nivel nacional... A cualquiera le debe costar trabajar en un lugar tan desprestigiado como el Congreso; afecta a la familia, a los hijos, cuando la gente les dice: “ah, tu papá es diputado, esos tales por cuales…”. Ya no tengo Twitter; una vez alguien escribió: “Tú que has vivido del Estado toda la vida”, cuando yo recién entré al sector público a los 44 años. No puedo aguantar que alguien que no me conoce me insulte. Tengo la piel sensible y un tuit me puede arruinar el día, así que por sanidad mental cerré la cuenta. Llegué a la conclusión de que ser político es una habilidad, una profesión, y yo no tengo ese talento.

—Aún así, pronto cumplirá 14 años como parlamentario. ¿No es una contradicción?

— Ejerzo un cargo político, pero no me siento tal. Veo a otros que realizan análisis en la prensa que yo no haría; dobles lecturas, estrategias, todo ese muñequeo que va por detrás. A mí, lo que me mueve es la calle, visitar organizaciones, ferias, y si me encontraba con algún concejal o con el alcalde, bienvenido. Pero jamás armé redes políticas.

La mochila

“Nunca he podido desprenderme de la imagen de mi papá”, admite ahora el militante PPD, quien ha cargado con el peso de llamarse Tucapel mucho antes de que el líder sindical fuera asesinado y también mucho después; primero, por el miedo a correr su misma suerte; luego, en 1981, por el exilio; y, tras el retorno a Chile, en 1995, para hacer justicia en su nombre, justicia que tardaría casi una década en llegar (2004) y que califica de “insuficiente”.

Cuando a los con 44 años (2005) Tucapel Jiménez llegó al Parlamento, fue sin hacer campaña: se inscribió a último minuto, apostando a que perdería y así podría retornar cuanto antes a Suecia.

“La política siempre me dio miedo, nunca fue lo mío. Postulé convencido de que no me elegirían y que contar con la experiencia me sería de utilidad para encontrar trabajo en alguna ONG en Suecia… A pesar de mi sorpresa, salí elegido. La gente votó por mi papá, no por mí. Hasta el día de hoy (después de cuatro períodos) me lo dicen”.

—¿En qué sentido ha sido una carga llevar su nombre?

—Siento que tengo una responsabilidad: no puedo fallar; toda mi vida la he hecho pensando en eso… Ha sido una mochila muy pesada de llevar.

Se emociona. Hace una pausa:

—A veces me gustaría poder decirle a la gente: “mire, si yo mañana me mando una embarrada, castíguenme a mí nomás, no a él”. Mis hijos me dicen: “libérate, si te equivocas o metes las patas, vas a ser tú el único responsable”. Pero me asusta. Mi hijo, el tercero, también se llama Tucapel...

—¿Acaso no estaba diciendo que era un peso sobre sus hombros?

—Se lo puse por mi papá, como estábamos en Suecia… Al final, creo que le he traspasado esa responsabilidad. Pero bueno, ahora él vive en Europa y espero que se quede allá, a pesar de que duele un montón tenerlo lejos.

—¿Cómo fue contarle a un hijo la forma macabra en que murió su abuelo?

—Terrible… Tucapel tenía siete años, y en el colegio, un niñito, quien a su vez lo escuchó de su papá, le dijo que le habían cortado la cabeza… Lo peor es que él creyó que se trataba de mí… Fue bien difícil. Luego, cada vez que los medios informaban o investigaban del caso, siempre aparecía esa imagen espantosa de mi papá en el auto, degollado. Tuve que mandarles una carta a los canales pidiéndoles que por favor fueran más cuidadosos... Entiendo que necesitaran exhibirlas para dar cuenta de la crueldad de esos años, pero mostrarlas una y otra vez, en las noticias, a las diez de la noche. Y ahí, nosotros teníamos que estar preocupados de que nuestro hijo no viera la televisión.

—Ya han pasado casi tres décadas. ¿Qué ha echado de menos de su padre en todos estos años?

—Imagínate, conversar con él... ¿Se sentirá orgulloso? Creo que me diría: “haz aquello con lo que te sientas más feliz”. Hoy, casi toda mi familia vive en Suecia; allá están mi tía, mi hermana, mis sobrinos —que tampoco conocieron a su abuelo—, que han seguido cada uno su camino: uno es cantante y el otro hace películas; ambos tienen tatuado a mi papá en el brazo. Voy seguido para allá; es como llegar a mi casa; agarro el auto, me muevo para todos lados, y cuando me acuesto en la noche a veces pienso: “¿Qué habría sido de nosotros si no lo hubieran matado?”.

—¿Sueña con él?

—En Suecia, durante los primeros tres o cuatro años, mucho. Eran sueños recurrentes, en que yo salvaba a mi papá... Cuestiones de cabro chico, que era karateca y les pegaba a los que iban a secuestrarlo. O que me lo encontraba en Suecia, caminando por la calle, con la misma chaqueta y todo: no lo habían matado, pero no me reconocía, como que le habían lavado el cerebro... Cuando nació mi hijo, se me pasó. Deben ser los traumas, nunca hice terapia.

—A pesar de todo, usted ha dicho que no guarda rencor.

—Siempre he apoyado a la familia de los victimarios, mucho antes de ser diputado. No sé qué es peor: ser hijo de un padre asesinado o de un padre asesino; hay familias que no sabían lo que ellos hacían; también son víctimas y deben haber sufrido. He tratado de hacer todos los gestos posibles, porque así me criaron. No me enseñaron a odiar, a pesar de que sentí mucha rabia y quise que mataran a Pinochet. Pero no hay que dejar que el odio destruya tu corazón.

—Entiendo que incluso ha ayudado a encontrar trabajo a los hijos de uno de los procesados por el crimen de su padre…

— A dos, sí… Pero no quiero hablar de eso, es muy personal.

—Carlos Herrera Jiménez ha pedido hablar con usted...

—He estado a punto de ir, pero mis hijos se oponen. “Papá, no puedes ir a darle la mano a un asesino”, me han dicho. Pero a lo mejor tiene información que todavía no ha entregado. O sea, en el caso de papá hay muchas cosas que no cuadran. Fue una justicia insuficiente, y luego, no había pasado un año y Lagos indultó a Contreras Donaire… ¿Sabías que esa noticia ha sido la más negativa para su gobierno? Me dio rabia, hice las maletas, listas para volver a Suecia…

—¿Está conforme con la justicia que se ha hecho en DD.HH.?

—Se avanzó con los informes Valech y Rettig, pero hay una parte de la sociedad que se conformó con eso cuando existen 1.400 procesados y de ellos solo 107 están en Punta Peuco. De los 1.200 desaparecidos, solo se ha encontrado a 106. No basta. Si una sociedad quiere sanar su herida, debe ser sobre la verdad y la justicia plena.

Muy serio, observa:

—Me llama la atención que en estos tiempos se haya vuelto natural hablar de tortura, de degollamientos, de detenidos desaparecidos, de cuerpos arrojados al mar, siendo que debiera revolvernos el estómago. Algo pasa que la escala de valores ha cambiado. La gente privilegia lo económico por sobre lo humano. Se aprueban más rápido los tratados comerciales que los de DD.HH., a excepción del TPP.

—¿Cómo proyecta su futuro una vez que cumpla su último día en el cargo?

—Siento pura incertidumbre, pero la tranquilidad no tiene precio.

—En el Congreso ha mostrado su disconformidad hacia las AFP. ¿Es verdad que a su papá le ofrecieron plata a comienzos de los 80 para que figurara en un spot promoviendo el cambio al nuevo sistema?

—Sí, 60 mil dólares de la época, imagínate, debe haber sido mucha plata. Fue una potente estrategia comunicacional por parte de una de las compañías, con rostros de televisión y dirigentes sindicales llamando a los trabajadores a que dejaran el sistema de reparto y se cambiaran a las AFP. Y mi papá, que era una persona querida y respetada, no solo se negó, sino que llamó a los trabajadores a que no lo hicieran. Hasta hoy me encuentro con personas que me dicen: “gracias a su papá yo me quedé en el sistema antiguo y tengo una pensión mayor.” ¿Te das cuenta? Así era él. Le decían el Lech Walesa chileno. Por eso lo mandó a matar Pinochet.

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