Miércoles 15 de Mayo de 2019

Todos aman a Jurgen Klopp

La historia del mejor entrenador del mundo (y no es Guardiola)

Su padre era “despiadado” y forjó su carácter ganador. “La actitud es más importante que el talento”, cree el DT del Liverpool, que asegura que jamás “votará por la derecha”.

Por Daniel Fernández A.

Norbert Klopp era un vendedor ambulante y arquero frustrado. Tenía dos hijas, pero anhelaba un niño, básicamente para traspasarle su amor por los deportes. Pero también la idea de que ser segundo no era suficiente.

Así, cuando en 1967 nació el pequeño Jurgen, tuvo un “bautizo de fuego”.

En los inviernos era esquí, en las montañas de la zona boscosa conocida como Selva Negra, a las afueras de Stuttgart. Don Norbert nunca esperaba por su hijo ni bajaba su velocidad.

Y en los veranos era tenis. Si podía, el padre ganaba 6-0 y 6-0, sin bajar nunca la guardia. “No me entretengo, papá”, decía el niño desconsolado.

“¿Y tú crees que yo me estoy entreteniendo?”, le respondía, furioso.

“Era despiadado”, reconoció Klopp hace una década, antes de ser reconocido como uno de los mejores entrenadores del mundo.

De hecho, aunque Liverpool no ganó el título, muchas voces apuntaron a que ayer debió ser él, y no Pep Guardiola, quien logró el premio al mejor técnico de la Premier. Quedó a un punto del campeón Manchester City, pero mostró a menudo un fútbol descollante y ahora prepara su segunda final consecutiva de la Champions (el 1 de junio, a las 15.00 horas, contra el Tottenham).

“El culto de Klopp”

Dicen que en el fútbol ya está todo inventado, pero a Klopp se le atribuye la última gran revolución táctica: la “gegenpressing”.

La aprendió de Wolfgang Frank, su entrenador en el Mainz —el equipo donde jugó más de 300 partidos como defensa central en los 90— y aplicando principios del italiano Arrigo Sacchi, el arquitecto del gran Milan de fines de los 80.

Su idea es básica: recuperar la pelota lo más pronto posible con base en una presión infartante. “El mejor momento para obtener el balón es inmediatamente después de que lo perdiste”, pregona.

Eso, claro, requiere un enorme esfuerzo físico y una disposición al sacrificio que no todos los jugadores están dispuestos a realizar.

Por eso el Borussia Dortmund de comienzos de década fue su plataforma ideal para aplicarla, con un plantel joven que aprendió a quererlo y respetarlo, como Jurgen a su padre.

El filósofo alemán Wolfram Eilenberger incluso lo acusó de haber creado un “culto” a su alrededor, tras ganar de forma espectacular las Bundesligas de 2011 y 2012.

Tal vez era por su pulsión por controlar todos los detalles, buscando la perfección que aprendió desde niño. Delega muy pocas responsabilidades, y si en un momento está conversando con el presidente, al siguiente lo hace con el chofer del bus que los debe trasladar.

Además, es obsesivo. Contrario a otros técnicos modernos, su énfasis no está en las estadísticas ni en los datos científicos, sino que en el impacto personal.

Las sesiones de video con sus jugadores pueden tomar un día completo. En Alemania, revisar la cinta de un partido tomaba a veces hasta 6 horas, rebobinando, pausando y hablando con sus dirigidos sobre qué hicieron bien y qué deben corregir.

Todo dirigido desde el foco de la pasión, la que él expresa sin pudor desde el borde de la cancha. O celebrando y cantando con los hinchas en las tribunas.

“La táctica es muy importante, pero la emoción hace la diferencia”, ha dicho. “Para mí, la actitud siempre será más importante que el talento”.

Ese espíritu fue para muchos la clave del increíble 4-0 con el que revirtió una semifinal de Champions que parecía perdida ante el Barcelona de Messi.

“Esta remontada solo tiene un responsable… Jurgen”, analizó luego Jose Mourinho, alguien no conocido por alabar públicamente a sus colegas.

Icono pop y de izquierda

Pero el estatus de Klopp —quien en junio cumplirá 52 años— no es solo por sus resultados. Con pelo largo y personalidad extrovertida, describe su estilo de fútbol como “heavy metal” por la intensidad y pasión que trata de contagiarle a sus jugadores.

Y eso genera que, por donde pasa, se convierte en una especie de ícono pop.

En el Mainz, donde partió como DT, a su despedida fueron 20 mil hinchas. En el Liverpool, muchos le dicen “el quinto Beatle” y el periodista político germano Martin Quast dice que, si se decidiera, hasta podría ser presidente.

Sería uno de tendencia izquierdista, por cierto. “Si hay algo que no haría en mi vida sería votar por la derecha, ni por un partido que promete bajar los impuestos a los más ricos. Mi comprensión de la política es esta: si a mí me va bien, quiero que a otros también les vaya bien”, reconoció hace dos años en “Bring the Noise” (Traigan el Ruido), la primera de sus dos autobiografías publicadas hasta ahora.

Ambas fueron éxitos de ventas.

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