Miércoles 15 de Mayo de 2019

El liberalismo y Fukuyama, errados

“Nos traen al autor de un libro titulado “¿Por qué falló el liberalismo?”, que dice las cosas más insólitas que uno podría escuchar”.

Fernando Claro V.

El caos en las instituciones ya debería habernos llevado a un consenso: todos los humanos, por santos que digan que son, se caen. Más bien: se pueden caer. Y por esto no hay que entregarles mucho poder. Concentrar el poder solo les sirve a los poderosos, que ordenan los países para ellos y sus familiares. Para el resto de los mortales lo ordenan según lo que ellos consideran como una vida correcta. De ahí el triunfo del liberalismo, que separa el poder y respeta la dignidad humana, permitiéndole a cada uno elegir su vida. Y de ahí que en 1989 Fukuyama haya dicho que el liberalismo había triunfado, ya que no quedaban modelos que le compitiesen.

Está bien que la izquierda mundial, carente de ideas, esté tratando de cuestionarlo, pero, la verdad, no entiendo por qué los conservadores se excitan tanto con esto. Odian el liberalismo porque es ateo y pecaminoso, entiendo. Pero cómo tanto. Más allá de la filosofía de la historia hegeliana, la pregunta es ¿existe algún modelo (que respete los derechos humanos) que sea mejor que el liberalismo? China está buscando conquistar el mundo, y en esto se basan los detractores de Fukuyama para decir que hay un modelo «real» compitiendo, pero ¿acaso quieren una dictadura capitalista? ¿Alguien reivindica este modelo? ¿Alguien va a reivindicar la dictadura de Pinochet con su mix de libre mercado y violación de derechos humanos?

Ahora nos traen al autor de un libro titulado “¿Por qué falló el liberalismo?”. El libro dice las cosas más insólitas que uno podría escuchar, como que el liberalismo falló —y esto es central a sus tesis— porque se ha basado en una visión completamente errada del ser humano: los humanos en realidad no buscarían sus propios intereses. Dice que esto se debe (aunque él reniegue de Rousseau) a que la educación nos corrompió porque en los colegios nos enseñan a ser estafadores. El liberalismo, insiste, está explícitamente en contra del estudio de las artes liberales y de los grandes libros (quizás deberían llevarlo a la Universidad Adolfo Ibáñez). Las mujeres, para él, deben quedarse en la casa. Liberarlas de esto fue una esclavitud peor para ambos. Habla también del cristianismo para decir que está todo mal y que somos unos infelices porque buscamos nuestros intereses y no el de la comunidad ni, en último término, ¡las obligaciones que tenemos con Dios! ¿Olvidará este señor que puede llegar otro conservador, con otro Dios, y plantárselo encima? En fin, llega a decir que el poder que tienen los gobernantes en países liberales para manejar nuestras vidas —entiéndase Piñera o Macron— ya lo habrían querido los tiranos del pasado —entendamos Pinochet o Pol Pot—. Paul Samuelson, premio Nobel de Economía, insistió hasta 1988 con que la Unión Soviética amenazaba el modelo liberal. Con China queda nada más que esperar.

Voto presidiario en EE.UU.

Gonzalo Baeza

Hace unas semanas, el candidato socialista a la Presidencia de Estados Unidos, Bernie Sanders, introdujo un tema inusual en un debate hasta ahora dominado por los escándalos del gobierno de Donald Trump. Sanders, cuya irrupción en el primer plano de la política estadounidense durante las presidenciales de 2016 ha forzado al Partido Demócrata a posicionarse más a la izquierda de lo que sus cúpulas quisieran, propuso una idea para muchos descabellada: otorgarle el derecho a voto a la población penal.

La iniciativa no tuvo buena acogida entre los demócratas, pero eso no es de extrañar. En EE.UU., solo dos estados, Maine y Vermont, de donde Sanders es senador, permiten que la gente encarcelada vote. La población penal del país es de 2,3 millones de personas. EE.UU. es lejos el país con más gente encarcelada en el mundo, seguido de China, con 1,6 millones.

Si bien dejar votar a los encarcelados constituiría la creación de un nuevo bloque de votantes, una medida así es mayoritariamente rechazada por la clase política. El gobierno de Trump aprobó el año pasado una ley que les otorga a los jueces más discreción para sentenciar a quienes han cometido delitos relacionados con drogas. Aplaudida por ambos partidos, esta iniciativa más bien tímida es la reforma penal más importante del país en los últimos años, y lo más que se puede esperar de un gobierno que prometió endurecer la lucha contra la delincuencia.

Según un estudio del Brennan Center for Justice de la Escuela de Derecho de la Universidad de Nueva York (NYU), cerca del 40% de la población penal del país se encuentra encarcelada “innecesariamente”. El criterio de los autores es determinado de acuerdo a la gravedad del delito y a la peligrosidad que representaría para la sociedad si al reo se le sentencia a una pena alternativa. El criterio de necesidad puede ser discutible, pero es indudable que EE.UU. presenta una población penal que no se condice con los decrecientes índices de criminalidad y que ejemplifica, más bien, una predilección por la “mano dura”. Lo que también se expresa en una actitud timorata frente a la propuesta del senador Sanders.

Un chiste mariano

“¿Debe limitarse la libertad de expresión por la imaginación de algunos que no separan el espacio ficticio del verdadero?”.

La sanción del CNTV a Canal 13 por la rutina de humor que incluyó a la Virgen, hace un par de semanas, instaló nuevamente el debate sobre la libertad de expresión. Durante su desarrollo, junto a la posición favorable a la sanción, apareció una que, sin apoyar explícitamente al CNTV, relativiza el derecho del canal a fijar su política de contenidos. Pero, al final, ambas se ubican en la orilla contraria a la libertad de expresión. Ello porque se fundan en la misma paradoja: alegan valorar la libertad de expresión, pero solo son capaces de concebirla como límite, no como autonomía. Su axioma es que ya la libertad es plena, por lo que la urgencia es contenerla, no ampliarla. Para justificarlo se repite que la libertad de uno termina donde empieza la del otro. Parece de Perogrullo. Pero, en este caso, es un argumento erróneo.

La paradoja deriva, en forma natural, en error cuando asimila el chiste en cuestión a conductas ofensivas hacia el género o la etnia. Se es libre de no adherir al dogma religioso mariano, pero no de reírse del mismo. Si se hace, se hieren los sentimientos ajenos, resultando en un ejercicio abusivo de la libertad. El error se comete en dos actos.

Primero, el objeto del chiste. Cuando nos reímos de “algo”, generalmente es un “alguien”. Funciona como broma por nuestra complicidad en aceptarlo como una afirmación ficticia que no pretende ser verdad. Somos conscientes de que no estamos en el espacio de lo verdadero, como lo son, por ejemplo, un programa político o reportaje. Si participamos de la broma, consentimos en no tomar como verdadera la afirmación. En consecuencia, si ella no pretende ser seria, ¿dónde está la “ofensa”? Está en la imaginación de algunos espectadores que sintieron que ellos eran el objeto de la broma, no el dogma mariano. La sospecha es que la broma se desplaza de la Virgen hacia ellos por su adhesión al dogma. En ese instante, unilateralmente dejan de participar del trato, transforman lo ficticio en verdad. Pero esa imaginación no es culpa de la broma. ¿Debe entonces limitarse la libertad de expresión por la imaginación de algunos que no separan el espacio ficticio del verdadero?

Segundo, el humor tiene un contexto histórico y cultural. Evaluar una afirmación para distinguir la ofensa de la broma obliga reconocer la naturaleza circunstancial del humor. El chiste en cuestión, en un país en que los católicos son una minoría discriminada, resultaría una agresión contra un grupo subordinado. Pero no en Chile. Pretender que la broma mariana es pariente de los ataques misóginos, homofóbicos o racistas es un abuso de lenguaje. ¿Hay discriminación a católicos en Chile que justifique limitar la libertad de expresión?

La sanción del CNTV nos recuerda la presencia de una velada censura previa. Sancionando, el CNTV inhibe. Esta vez le tocó a un chiste mariano.

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