Sábado 13 de Abril de 2019

En Quinta de Tilcoco es imposible no saber cuando son las doce del día. Es que a esa hora irrumpe armonioso el sonido de las campanas de la iglesia. No sólo eso, pues en medio de la melodía de “Virgen del Carmen bella…”, agudos, se acoplan los pitazos de la fábrica de Conservas Malloa y el de los Bomberos. Las palomas vuelan, alguien se sobrecoge y las calles se van llenando de obreros (as) que van a su colación. Al fin, el mediodía en un pueblo tradicional sigue marcado por la existencia de dos tiempos inalterables: uno sagrado y otro del trabajo.

Hasta su nombre tiene un sonido que agrada. Es que la palabra “quinta” hace referencia a una antigua medida de superficie. También a una finca de recreo en el campo (hoy, parcela de agrado), en donde los arrendatarios pagaban por la renta… la quinta parte de los frutos cosechados. Thilcoco es palabra mapuche que hace referencia al chilco y al agua. Algo como agua o estero del chilco. De nuevo, aquí existen dos tiempos humanos: el de los aborígenes primigenios (los promaucaes) y el de los españoles que usufructuaron de las tierras.

Orillando la Ruta 5 Sur, a la altura de Rosario (entre Rancagua y Rengo), existe un desvío hacia Quinta de Tilcoco. Puede recorrerse en una pausada hora, pues hay que ir atentos a la arquitectura campesina, a los tipos de siembras y a los antiguos conjuntos de casas hacendales, que se ven entre el follaje de sus parques. No es un camino nuevo; a trechos se circula sobre la antigua y larga huella pública que desde Rengo llevaba a la costa. En ese tiempo —finales del siglo XIX—, Quinta ya era una notoria entidad urbana/rural, con tipología de Calle Larga y 833 habitantes que se acomodaban entre los hitos que les había dejado la historia.

El patrimonio heredado

Todo comenzó con Florián Ramírez y doña Bartolina Vargas, detentores de una de las encomiendas situadas entre los ríos Cachapoal y Tinguiririca. Y comienza una larga genealogía y división de las tierras que —en manos de una sola familia— perdura hasta que la Hacienda Quinta del Carmen de Caylloma fue vendida en 1965. Sin embargo, entre una cincuentena de personajes, hay que destacar a Juan Bautista de las Cuevas Oyarzún, casado con Josefa Ramírez y Molina, a quien donan una parte de Tilcoco llamada Quinta. Allí, él mismo, en 1771, edifica una capilla titulada Nuestra Señora del Carmen, la que será la base de la que conocemos hoy. Por su parte, su esposa fundará una Capellanía para la evangelización del pueblo. Esta entidad con el tiempo devendrá en Casa de Ejercicios Espirituales, y en 1835 comenzó a ser dotada de los actuales edificios.

Ya viudo, Juan Bautista se vuelve a casar. Su hijo, Juan Bautista Cuevas Santelices se casa con doña Mercedes Avaria, de donde nace Irene Cuevas Avaria. Esta se casa con Vicente Ortúzar y Formas y, sus hijos, Alejandra, Alejandro y Daniel, al morir el padre, heredan: Alejandra, la Hacienda de Tilcoco; Alejandro, las casas de Quinta, y Daniel, la Hacienda Caylloma.

De todo esto, permanecen la iglesia, los edificios de la antigua Casa de Ejercicios, el Santuario y Gruta del cerro de la Virgen (1909), y los restos del Parque Caylloma. El legado no sólo es material, puesto que en 1946 llega la congregación de los Padres Regulares de la Madre de Dios (leonardinos) a los antiguos edificios, desde Italia. Sobre la antigua Casa de Ejercicios ellos fundan una Escuela Agrícola y, más tarde (1970), bajo la tutela del P. Alceste Piergiovanni, el Hogar de Menores El Parque y la parroquia Nuestra Señora de la Asunción. En resumen, casi una sociourbanidad divina que se nota hasta hoy en la planta urbana y, sobre todo, en el fervor religioso y la vocación por la enseñanza.

Vigencia de la Calle Larga

Llegar hoy a Quinta de Tilcoco produce una grata sensación de amplitud. Se respira hondo. Su Calle Larga (Av. Tomás Argomedo) es el eje lateral que estructura al pueblo y regala un apéndice que acoge a la gran plaza, con gélida y densa sombra de tilos. La lectura urbana es fácil, pues de inmediato se está al lado del templo, construido al pie de un pequeño cerro errático y rodeado por largos y gruesos muros de adobe. Su acceso está señalado por una torre de madera, entrada hacia un gran atrio en cuyo fondo sobresale el templo y se inicia el programa de la sucesión de patios contiguos, plenos de parrones y frutales. Admiran la armonía maciza de los volúmenes, su extensión; todo realizado desde una arquitectura muy limpia y clara.

Del casco antiguo, hay que recorrer la avenida Argomedo. Aquí el comercio ocupa altas casas de un piso, en fachada corrida y muy bien pintadas. Hay farmacias, restaurantes, panaderías, ferreterías que mantienen una interesante actividad. Es absolutamente necesario, aunque cueste, subir a la cumbre del cerrito urbano para, como una sorpresa, ver hacia el noreste las poblaciones y viviendas sociales nacidas después del boom frutícola y que espacialmente no se integran a la ciudad fundante. La panorámica en 360º que se tiene desde esa pequeña altura permite apreciar que Quinta es el corazón de un territorio mayor, una especie de cráter gigantesco, rodeado de colinas, extensas llanuras y huertos frutales.

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