Sábado 13 de Abril de 2019

Lecturas de otoño

Marco Antonio

de la Parra

Abundante cosecha de otoño. Dos títulos para recomendar a ciegas. La editorial Elefante ha seguido con su línea de autoras transandinas y esta vez le toca a Camila Fabbri, narradora y mujer de teatro a la vez, donde campea como actriz y dramaturga. Su debut literario es “Los accidentes”, un volumen de cuentos de un centenar de páginas cuya prosa quema, ácida, corrosiva, sorprendente. Una imaginación que siempre encuentra la vuelta para dejar perplejo al lector. Obliga a una combustión lenta y se entiende el tamaño del volumen por su exquisita densidad. Líneas increíbles, de esas que comprometen: “La nuca de mi madre era pura tormenta eléctrica”, como concluye el primero de los cuentos. No estropeo el supuesto suspenso. Sólo doy por muestra un fragmento de fuerza poética inusual. Lo oscuro habita el libro y se acerca a esa línea de autoras argentinas que han ido creando un universo oblicuo, extraño, que limita con lo no familiar, lo siniestro, lo distinto. Se lee y se relee. Una delicia, pero que arde.

En nuestro Chile emerge un escritor también sorprendente e inusual. Me lo extendió un fiel librero asegurándome que sería el libro del año. “Huesos sin descanso”, de Cristóbal Marín, es todo lo que uno espera de un libro para dejarse atrapar por él. No se parece a nada (aunque recuerde “Los anillos de Saturno”, de Sebald, o “El libro de los réquiems”, de Wiesenthal) y en ese salto mortal hace un cruce de géneros que podría describirse como una crónica personal ensayística narrativa histórica, donde el narrador, en un rol extraordinario de investigador, protagonista y testigo, se pasea detrás de las huellas de la vida y la muerte en Londres. Un paseante que comienza poco a poco a enamorarse de la huella de la historia de los fueguinos transplantados haciendo que en su periplo aparezcan Fitz Roy, Darwin, Marx, Freud, Andrés Bello y cuanto científico, político e intelectual haya estado ligado a este trazo de los fueguinos como Jemmy Button o los zoológicos humanos europeos. En un volumen absolutamente fascinante, Cristóbal Marín da cuenta de un vuelo intelectual absolutamente superior que convierte la lectura en un deleite. Quizás mi librero tenga razón: lo mejor del año.

Black birds singing

Los animales migratorios saben mejor que ningún otro cómo hacer casa aquí y allá. Saben regresar y, por lo mismo, saben irse”.

Soledad Marambio

Hace días que lo escucho. Cerca de casa, en el camino de vuelta del trabajo, en el parque que está cerca del mar. Creo que es un búho que canta a deshora, pero, ¿cuáles son las horas en las que canta un búho en un lugar donde las noches son eternas en invierno y tan cortas en verano? Ahora mismo, acá en Bergen, amanece antes de las seis de la mañana y atardece casi a las nueve de la noche. Y aún faltan meses para que el sol se alargue, se quede rondando hasta la medianoche. Nuestros cuerpos extranjeros, inmigrantes, sudamericanos —siempre y a pesar de tantos años afuera— se confunden. Ahora escribo sentada al sol —un sol que lleva casi dos semanas sin irse, algo totalmente inusual para una de las ciudades más lluviosas del mundo— y siento el calor del verano en la piel. Sé que está fresco afuera, cinco grados, que llegarán a nueve, pero tengo ganas de salir en manga corta a comprar un helado (pienso en el helado de máquina de la panadería de siempre, en Echeñique con Loreley, donde los barquillos costaban 35 pesos hace mucho ya). Me confundo. Se confunde mi hija. No quiere ir a dormir, ¡es de día!, gritaba anoche y antenoche, como cada día de la última semana mientras le explicábamos sobre cambios de hora, de estación y sobre la cercanía con los polos. El black out ayuda. Finalmente se duerme. El búho canta. ¿Cuánto dormirán los pájaros en una noche tan corta? Tal vez son algo insomnes y por eso, también, siempre buscan la luz, el verano. Nosotros parecemos estar haciendo el viaje contrario. De invierno en invierno. Ya comenzamos a planear nuestro próximo viaje al sur, justo en medio del verano noruego, que no suele ser, por lo que nos cuentan, de esos veranos que calientan la piel.

Mientras planeamos irnos, los pájaros vuelven. Están los que parecen haberse quedado en el invierno: gaviotas, kråker y skjærer (los cuervos y las urracas, que en español me suenan a cuentos de brujas, y en noruego, a los pájaros hermosos que son) y los que han regresado a la ciudad después de tantos meses de oscuridad: cisnes, patos de diversos colores, formas y tamaños, unos pequeños que parecen gorriones, pero que tienen algo apenas distinto, un detalle que no aún alcanzo atrapar. Caminando por la montaña que está detrás de casa he escuchado otros, que todavía no distingo. Me acuerdo bien de los pájaros nuevos del país donde estuve antes, pero no mucho de los que volaban a mi alrededor cuando vivía en Chile. Palomas, gorriones, zorzales, la loica de pecho rojo que aparecía de vez en cuando camino a Las Cruces o a San Antonio. Los cisnes y pelícanos. Queltehues, perdices, chincoles, chercanes y esas aves marinas de las que nunca guardé los nombres. Ahora me da tristeza no saberlos. Tal vez por eso, como venganza contra mi indiferencia o desagravio a mi niñez, ahora busco a los pájaros de las tierras nuevas donde vivo, como si en el aire, en aprender los nombres de las aves que van y vienen, existiera también la posibilidad del arraigo.

Los animales migratorios saben mejor que ningún otro cómo hacer casa aquí y allá. Saben regresar y, por lo mismo, saben irse. Conocen el cuándo y el camino. De generación en generación, de alguna manera, siguen la ruta. Llevan un mapa en la sangre, en los ojos o en esos cerebros en muchos casos más pequeños que una guinda. Saben que deben doblar después de tal montaña, que deben comer una cierta cantidad de alimento para llegar al otro lado del viaje. Cruzan el mar, a veces se desploman en él, a veces, sobre plataformas petroleras que se convierten en lugares de descanso o refugio contra las tormentas. Luego siguen. La mayoría vuela de noche, bajo las estrellas. ¿Podrán leer las estrellas? ¿Encontrarán allí el sur o el norte? Mientras dormimos, algunas noches del año, millones de pájaros se van en la oscuridad hacia alguna otra parte, lejos. Algunos chocan contra los edificios espejados de las grandes ciudades, que los confunden con sus luces y reflejos. Millones de pájaros que llenan las veredas de Nueva York, Chicago y otras grandes ciudades enclavadas en el medio de ancestrales rutas migratorias. Pero son muchos más los que llegan, los que saltan de verano en verano, de casa en casa, persiguiendo al sol. Me imagino que algunos tendrán nombres en dos lenguas, o tres si contamos el nombre científico. Uno para cuando están, por ejemplo, en las orillas de la Patagonia, entre pastizales y ñandúes, y otro para cuando llegan a las orillas de Nueva Jersey, entre pastizales, ciervos y latas de Coca-Cola. Un poco como mi hija, que ya sabe muy bien como decir su nombre, con qué acento específico, según del lado del viaje en el que estemos.

VOLVER SIGUIENTE