Miércoles 6 de Marzo de 2019

Pamela Jiles, diputada:

“No hay diferencia entre el Congreso y la farándula”

Desprecia a la “izquierda boutique” y piensa que los políticos que dicen “los niños primero” deberían ir al Sename y adoptar a un menor vulnerable, tal como ella hizo.

Por Catalina Mena

Por estos días, la Abuela, como a Pamela Jiles le gusta que la llamen —“para erotizar la vejez”, dice— está trabajando en la labor parlamentaria, en Valparaíso. Entremedio, visita el distrito que representa desde 2017 como diputada y que incluye La Florida, La Pintana, Pirque, Puente Alto y San José de Maipo. Pero además ha estado viajando a otros lugares de Chile, respondiendo a solicitudes de encuentros con distintos grupos y personas.

Los fines de semana, eso sí, están consagrados a la familia, especialmente a los dos menores que rescató del Sename, en 2010, y en cuyo cuidado colaboran sus más cercanos. La decisión de adoptar, que define como la más radical que ha tomado en su vida, responde a un diagnóstico lapidario y triste: “Es urgente salvar del maltrato y el abuso sexual a los niños que están bajo la tutela del Estado. Ningún gobierno ha tenido la voluntad de limpiar una institución llena de vicios, porque ahí hay poderes e intereses económicos involucrados. Por ahora, la única posibilidad de rescatarlos es adoptando”, asegura.

Su tarea política se la toma en serio. Y dentro de su agenda, el tema de la infancia es el que más le preocupa. Por eso presentó una indicación a la Ley de Adopción, que entre otras cosas intenta terminar con la discriminación que se ejerce contra parejas homosexuales y personas solteras a la hora de postular a un niño. Ése es el tema al que dedica su energía, además de otra norma a la que adhirió, que sanciona el negacionismo de las violaciones a los derechos humanos entre 1973 y 1990.

Según la encuesta Cadem, del 13 de enero, en una posible primaria de la izquierda y el Frente Amplio aparece Pamela Jiles con 10%, debajo de Beatriz Sánchez, pero superando a Gabriel Boric, Giorgio Jackson y Jorge Sharp.

Cuando la Abuela no está trabajando en el Congreso —o incursionando en los medios y la televisión, que considera espacios políticos por excelencia— está rodeada de su círculo de hierro. No se junta a tomar pisco sour con las amigas, porque no bebe ni tiene amigas. “Es una paria”, dice su hijo Gastón Muñoz, recordando los dichos de su bisabuela, la feminista Elena Caffarena, quien así llamaba a las mujeres independientes, que pagaban el precio de cierta marginalidad por ser obsesivas, trabajadoras, rebeldes e incómodas.

Y sí. La Abuela tiene que saber rodearse de sus afectos, para mitigar la energía de peleas que tiene muy seguido. Pero como está acostumbrada a confrontarse, amortigua las malas vibras con el humor y el erotismo.

“Elegí ser justiciera”

“Yo tenía quince años y sufrí la más brutal experiencia de tortura y abuso sexual”, dice a través de un correo electrónico. “No hubo tiempo para victimizarse: el pueblo era saqueado, asesinado y desaparecido. Miles padecimos la tortura. Elegí ser justiciera y no víctima. Después vendría el amor, la risa, mis hijitos, la vida, la lucha colectiva”.

—¿Cómo podría comparar la posición que activa siendo diputada con la que activaba como panelista de farándula?

—No hay diferencia sustancial entre el Congreso y la farándula. Hay que decir que es indudable que sin televisión no habrá revolución. Ambos son espacios donde se disputa lo que consideramos aceptable, correcto o ético. El Congreso es un escenario ideal desde el cual instalar contracultura a través de la acción política, con un enorme alcance simbólico. Le explico con un ejemplo: después de 30 años de transición una parlamentaria, mujer, se levanta, atraviesa el hemiciclo y enfrenta a otro congresista que insulta a las víctimas de tortura. Ese hecho puede tener mayor impacto y recordación en el inconsciente colectivo que mil discursos.

—Cuando llegó al Congreso como representante del Frente Amplio dijo que venía a “subvertir el orden” y no a reproducir los vicios de la clase política. ¿Sucedió eso?

—El Frente Amplio es una coalición nueva que tiene una estética sumamente sexy y una ética en construcción, en la que sería deseable profundizar nuestro mandato de impugnar al poder y no acomodarnos a él. Seremos un proyecto político viable si no olvidamos ni por un segundo que la acción política revolucionaria implica una incomodidad manifiesta con la institucionalidad y que eso debe expresarse nítidamente.

—¿Se siente todavía representando a una fuerza política clara?

—Sería absurdo desconocer que mi votación —la segunda mayoría nacional del Frente Amplio— excede a la coalición. Para que la Abuela llegara al Congreso votó gente muy diversa. Un porcentaje relevante fue a votar por primera vez y también muchas personas que no se sienten parte de ninguna fuerza política. Yo no obedezco a ninguna cúpula, sólo al mandato del pueblo que sufre. Desde ese lugar es que pienso que el Frente Amplio será más que un mero pacto electoral sólo si logra imbricarse con esa mayoría, transformar la frustración y el enojo ciudadano en votos.

—En varias entrevistas ha dicho que tiene problemas con el concepto de la “izquierda”, aunque nunca ha explicado muy bien por qué.

—La verdad es que me da pudor hablar de “izquierda” en un país donde incluso los proyectos políticos más progresistas son de un tibio centrismo. Es un error pensar, además, que una persona o que un partido es de “izquierda” como si fuese un tipo de identidad estable. En el Frente Amplio coexisten fuerzas directamente de derecha con otras levemente progresistas con algunas otras que privilegian los intereses del oprimido siempre y sin concesiones. Yo soy muy crítica de la “izquierda boutique ”, esa impostora que desprecia a los públicos masivos y sus gustos, que le teme al pueblo, que renuncia a escuchar a quienes dice representar, que no entiende lo que dicen las masas con sus controles remotos de televisión, con sus pifias, con su malestar, con su abstención y sus gritos. La izquierda boutique desprecia la farándula con una mueca de superioridad cultural, pero no se pregunta ni por un segundo por qué la cultura popular acoge esos contenidos. Hay entre nosotros esa “izquierda” impostora, que aspira a convertirse en el nuevo partido del orden, que quiere a toda costa pactar a troche y moche con la DC en el Congreso, ser reconocida y validada por la clase política, aparecer en las encuestas, ir corriendo a La Moneda a la menor señal de Blumel. Esa izquierda boutique no tiene vocación de mayoría, hace política “de nichos”, aburguesada, aséptica, sorda. Usa al feminismo como una moda mientras reproduce estereotipos patriarcales en la práctica política, por ejemplo.

—¿Pero sigue existiendo la izquierda o la denominación misma está en crisis, como afirman algunos?

—Por supuesto que existe, pero no tanto en el Congreso. Está en la calle, en los sin monedas, entre los estudiantes y los profes, en los antros sexodisidentes, en las redes sociales, en las micros, en las pegas, en donde ocurre el dolor y la esperanza de la vida real.

“Yo soy vieja muerta de la risa”

—Le gusta que le digan “Abuela”, porque ahí siente una identificación popular afectiva. Esa denominación pone en escena la condición de “vieja”. ¿Qué piensa de ser viejo en Chile?

—Me encanta ser la “Abuela”, es un nombre que me puso el público. Así me dicen en la calle y en el Congreso. Y mi ejército de nietos me bautizó así justamente porque me convertí en un contramodelo televisivo. La Abuela se mete a un espacio donde las mujeres mayores están invisibilizadas. Es una entidad argumentativa, pensante, crítica, en medio de la ramplonería de la pantalla chilena. Una pulga en el oído para el establishment, pero que resulta inevitable porque conoce sus armas y sus códigos y juega con ellos. La “Abuela” es también un contramodelo respecto de la obligación que se nos impone de ser jóvenes y bellas y turgentes para poder existir en el atrio del mercado. Conmigo no. Yo soy vieja muerta de la risa, sin permiso me instalo vieja y subversiva. Y así relevo, pongo en primer plano, a las dos millones de matriarcas que dominan el mundo popular en Chile.

—¿Se percibe usted como una performer? ¿Cuál es el poder de la risa y el humor?

—Solo la risa nos hará libres. Yo hago performance hace décadas, de Drag King, porque subvertir el género es imperativo. Tuve un período trans en mi infancia, decidí adoptar el nombre social de Julio, raparme y vestirme de hombre. Y si bien volví a adoptar una identidad relativamente femenina, retomé la performance en mi trabajo televisivo, por ejemplo, para deconstruir al modelo hiperfemenino-decadente de las vedettes golpistas como Raquel Argandoña o Carmen Ibáñez. Y así hasta hoy fui adoptando personajes y lenguajes, usando mi cuerpo como trinchera de resistencia, donde el humor y el burlesque de la pluma hablan del erotismo sexodisidente. Es por eso que cuando el fleto-power me ve en la pantalla, aunque no diga una sola palabra, ya saben que somos cómplices de la misma resistencia. El género binario, hombre/mujer es un constructo que sirve al poder para mantenernos sumises y productives. Pero no pueden con nosotres porque nos reímos de su estupidez.

—Entonces usted no se identifica como mujer. Pero su principal trabajo es abrir espacio a las mujeres, es decir, es colocarse en el cuerpo y la experiencia de una mujer. ¿Cómo se explica eso?

—Exacto. Sólo soy mujer en cuanto una esencia estratégica, como sexo oprimido que actúa para abrirle paso a otras mujeres. Pero en verdad mi género es fluido y la finalidad de mi lucha transfeminista es que algún día vivamos en una sociedad en donde nuestra biología no nos defina como personas ni sea motivo para ningún tipo de discriminación.

—De todos los abusos que observa en Chile, ¿cuál es el peor?

—El que afecta a los niños, niñas y adolescentes vulnerados en sus derechos. Todos los días me levanto junto a mis dos hijos menores que vivieron sus primeros años en el Sename. Los miro, son sin duda lo más conmovedor de mi vida, lo mejor y lo más importante, y no puedo comprender que los políticos que dicen “los niños primero” no vayan al Sename a salvar de verdad a por lo menos uno de esos pequeñitos que están sufriendo ahora.

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