Sábado 16 de Febrero de 2019

(Viene de la página 14)

Desde hace algunos años el destacado gastrobótanico español y director de Naturalwalks, Evarist March Sarlat, viene desarrollando un trabajo con diversas organizaciones chilenas para detectar recursos naturales en distintos lugares, relevar el patrimonio local y formar a especialistas en ecoturismo e interpretación de los territorios.

Recientemente estuvo recorriendo Chile y capacitando profesionalmente a personas interesadas en el mundo del turismo y la gastronomía. Esto con el propósito de enseñar la cultura a través de la naturaleza, recordar a las personas que nuestra comida, nuestra salud, nuestra espiritualidad ha estado vinculada a ella y que hemos ido perdiendo esa conexión.

—¿Qué es el patrimonio natural?

—Cuando miramos la naturaleza no solo vemos paisajes bonitos, especias, vemos cultura. Hay muy pocos lugares donde la naturaleza no está vinculada con quienes habitan allí, por lo tanto con la cultura y cómo ellos a lo largo de los siglos los han transformado. Si yo veo sus bosques originarios de los pehuenches o los bosques de araucarias estoy viendo la cultura de toda una población. Ellos sabían utilizar la madera, los piñones, una cantidad de productos que dan sentido a la comida chilena, a una tradición histórica que existe. El patrimonio deja de ser algo que hemos utilizado y transformado como humanos para motivos muy distintos: para construir, para comer, para sanarse, para decorar, para creer en el más allá, para conectarse con los dioses y tener una cosmovisión. Eso es patrimonio.

—¿Qué destacarías de nuestro patrimonio en ese sentido?

—Chile es un país increíble en cuanto a naturaleza, con una diversidad impresionante. Tiene todo un potencial natural por descubrir. Hielo, una selva valdiviana única, la cordillera de Los Andes, el desierto, una gran costa. Más del 50% de lo que ustedes tienen aquí es único. Son el único país que tiene prácticamente un pie en la Antártica y pueden vivir desde el hielo, hasta el desierto. Para ustedes es tan normal que no se dan cuenta del valor que posee hoy, no es sólo económico sino que también se relaciona con desarrollar un potencial del territorio sin maltratarlo.

—¿Cómo lograr ese equilibrio entre desarrollo y conservar la naturaleza?

—Primero es darse cuenta del valor que lo propio tiene. Un desierto en Pan de Azúcar puede ser algo maravilloso. En cuántos lugares del mundo uno ve una fumarola estando sentado en el mar o una montaña de 5.000 metros desde la playa. En qué lugar del mundo más de la mitad de lo que está viendo sólo se da en ese sitio. Las personas tienen que entender que ese es un valor añadido especialmente en un mundo globalizado. Segundo, rescatando los valores de lo que hubo hasta hoy. Antes no existía el plástico y la gente reciclaba en forma natural, reutilizaba lo que tenía a su alrededor, no usaba más de lo que necesitaba. Son valores que hemos olvidado.

El especialista se apasiona: “Actualmente hay más personas que se interesan por el silencio, por la calidad de vida, por la salud, por la tranquilidad. Su país posee un potencial enorme en la naturaleza. Tienen que volver a mirar cómo eso es un valor para mucha gente en el siglo XXI, tanto para los propios chilenos como para los visitantes. Esto se puede desarrollar a través del turismo, de la gastronomía local, dando valor a tradiciones, porque es lo que buscan las personas cuando viajan: identidad, autenticidad. En eso Chile tiene mucha diversidad, encuentras en un mismo territorio una cocina minera que es muy distinta a la chilota, o a la mapuche, o con influencia alemana o europea en un mismo territorio. Eso es fantástico”.

Tomar lo que necesitamos

Alimentarnos de lo que nos da la naturaleza lo hemos hecho siempre dice Evarist. Sin embargo, sostiene que nos hemos olvidado que eso que vemos como exótico y espectacular, son especias silvestres que han estado toda la vida. Desde una rica-rica en el altiplano, hasta un calafate en el sur o un lihueñe.

Para el especialista en gastrobotánica “hoy tenemos otra mirada del mundo de la cocina, muy distinta y ponemos un pétalo encima o un vinagrillo en la ensalada y son otras formas, permite muchas otras aproximaciones que nunca antes en la historia habíamos tenido. Podemos usar productos para hacer una cocina más saludable o mucho más elaborada donde queremos sorprender a nuestro comensal o una más tradicional con productos como el luche que hoy están medios olvidados. Esa es la magia de lo que tenemos, con la mirada del siglo XXI podemos interpretar y usar esos ingredientes de formas muy diferentes”.

—¿Cuál es el límite en el uso de los recursos?

—La naturaleza tiene que tener dos manos. Una es la cultura con el uso de los recursos y la otra tiene que ver con los valores. Si no van unidos, estamos creando una contradicción, damos pasos atrás. No podemos abusar de la naturaleza porque ella no negocia. Si arrancamos más huiros de los que un ecosistema puede sostener, simplemente lo matamos. Si abusamos del turismo como una forma de desarrollo del territorio, muy posiblemente iremos en la dirección contraría de lo que queríamos. Hagamos lo que hacían nuestros abuelos: es tomar lo que necesitamos de la naturaleza, estamos en un momento en que no podemos negociar con la sostenibilidad. Esta desconexión con la naturaleza nos está haciendo perder la visión de que la forma que nos estamos relacionando con ella no es la más sana. Los sistemas naturales pueden ser irreversibles. Hoy es un lujo tener productos silvestres con los cuáles alimentarse, agua limpia para beber. Chile tiene esa calidad de vida Y hay que cuidarla.

Crear puentes

Para Evarist March Sarlat es importante recobrar esa conexión con lo natural y en ese sentido considera fundamental formar a especialistas en ecoturismo y en interpretación de los lugares que favorezcan ese proceso.

—¿Qué es interpretar en el mundo natural?

—Interpretar es crear un puente entre el territorio, el patrimonio y el público, especialmente en una sociedad como la de hoy que es más urbana. Ya no tenemos campesinos que nos cuenten cómo era la naturaleza vinculada a la agricultura, ya no tenemos pastores prácticamente, que nos expliquen la relación entre los animales y la naturaleza; y quedan pocos pescadores en las caletas. Necesitamos guías, personas que nos lleven, que interpreten, que nos den sentido a los lugares y que conecten a las personas para volver a crear este vínculo con el territorio, con el patrimonio natural y cultural de las personas que han vivido en esos lugares, para que quienes los visitan reflexionen, se emocionen y descubran que es lo que realmente están viendo.

—¿Cómo se da en Chile ese proceso?

—Es algo que está llegando con fuerza en el turismo más recientemente. Chile tiene un potencial muy grande en el ámbito turístico, aunque aún no se le ha sacado el rendimiento que podría tener. Muchas veces se hace un turismo de masas, no destacando el valor de lo propio y lo identitario. Se piensa en lo que quiere el turista y no en lo que se puede ofrecer como aspecto distintivo. Se puede mejorar en los servicios, en tener guías preparados. Creo que hay bastante por hacer en lo referente al desarrollo de productos creativos para que sean experiencias que realmente estén vinculadas con lo propio y no con lo que el mercado quiere. Por eso es importante formar a las personas en el ámbito del guiado, de la gastronomía, en el uso de herramientas interpretativas para hacer brillar al territorio, que puedan comprender su historia, sus paisajes, que sepan que en esos lugares han vivido personas, y transmitir que ahí está el futuro de la humanidad. Observo un interés en desarrollar un turismo distinto, de calidad, que se relacione con el territorio, con la cultura local y su rescate. Veo muchos jóvenes que les brillan los ojos con la semilla de hacer algo nuevo y de crear, más allá de copiar. Eso es un ingrediente a tener en cuenta y hay apoyarlos para que puedan desarrollarse.

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