Sábado 9 de Febrero de 2019

Hora de almuerzo

Como en todo ritual tejido en torno a la comida, el matpakke noruego es mucho más que comida”.

Soledad Marambio

El primer día de escuela de nuestra hija fue, como todos los primeros días de escuela de hijas e hijos, un gran acontecimiento en la línea de tiempo de la historia familiar. Queríamos prepararnos con anticipación. Llevábamos menos de un mes en Noruega, no hablábamos la lengua, estábamos nerviosos, el padre, la madre, la hija. Nos concentramos en elegir una buena lonchera, linda, práctica, una botella de agua, una mochila y ya. No había mucho más que preparar. Acá no se usan uniformes, tampoco hay que comprar cuadernos, libros, lápices, nada. La escuela se encarga de todo, en nombre de la kommuna , es decir, del Estado. Por eso, y porque somos latinoamericanos, pusimos nuestra energía debutante en el almuerzo de cada día: pasta con vegetales, tarta de zapallitos italianos, pescado y arroz, mandando a nuestra hija a clases con un poco de casa en la espalda. Después de la primera semana nos pidió que no le mandáramos más comida. Quería sándwiches, como el resto de sus compañeritos.

En 1932, cuando Noruega era aún un país pobre y la Gran Depresión recorría el mundo, el gobierno organizó el llamado “desayuno de Oslo” para garantizar que todos los niños en edad escolar tuvieran acceso por lo menos a una comida saludable al día. Las escuelas repartían dos rebanadas de pan con mantequilla, queso, un vaso de leche, media manzana y media naranja. Austero, nórdico. Entre septiembre y abril, durante la oscuridad y el frío, a esto se le sumaba una cucharada diaria de aceite de hígado de bacalao. Durante el verano, alguna verdura. Después del fin de la Segunda Guerra, el “desayuno de Oslo” dejó de ser preocupación gubernamental. Pero los niños de los años 30, convertidos en madres y padres y acostumbrados a una rutina alimenticia que los había acompañado durante crisis y guerras, hicieron tarea propia el reproducir esos almuerzos para su prole. Nacía así el matpakke —literalmente, comida en un paquete—, toda una institución noruega hasta el día de hoy. Está en todos lados, en las escuelas, universidades, oficinas, construcciones, en las mochilas durante las caminatas de los domingos (el día en que casi todo el mundo sube a la montaña). El matpakke , evolución de ese “desayuno de Oslo”, es una serie de sándwiches abiertos, o, para decirlo de otra manera, dos o tres rebanadas de pan con algo encima, separadas por cuadrados de papel. Todo eso, va envuelto, a su vez, en un papel más grande, un paquete. Lo que se puede untar en estas rodajas de pan está normado por la tradición: mantequilla, queso, caviar o paté de tubo, jurel en salsa de tomate. Algunos innovadores ponen encima rodajas finísimas de pimientos dulces o de pepinos frescos. Para acompañar, leche en las escuelas y cantidades alucinantes de café en todos los demás escenarios. Un almuerzo rápido, barato, igualitario. El matpakke se come al mediodía, tranquilamente, en media hora. Nunca en la oficina, sino en alguna sala común, conversando, mirando de reojo —nosotros, los nuevos, inmigrantes que a veces traemos ensaladas y otras novedades— lo que se pone una y otra vez, día tras día, sobre el pan.

Como en todo ritual tejido en torno a la comida, el matpakke es mucho más que comida. Tiene que ver con un estilo de vida, con no perder tiempo preparando, esperando en una fila, limpiando o pensando ¿qué almorzamos hoy? Tiene que ver también con yo como lo mismo que tú y nos cuesta tres pesos, en un país donde comer afuera se paga muy caro y se deja sólo para las grandes ocasiones. Comer liviano, poco y rápido, se entiende también en un lugar donde a las tres de la tarde la gente sale del trabajo, única manera de, en invierno, aprovechar un poco de luz antes que caiga la noche larga y, en verano, la mejor manera de aprovechar esos días que se estiran hasta la medianoche.

Como nuestra hija es un poco chilena, un poco argentina y otro poco gringa, su almuerzo va y viene como nostalgia de inmigrante. Después de que nos pidió parar con las comidas caseras comenzamos a prepararle sándwiches —cerrados, no abiertos— de mantequilla de maní con mermelada, que hasta hace poco eran su desayuno favorito. Al lado, pimientos dulces, pepinos, queso o yogurt. Hasta que un día se aburrió de la mantequilla de maní. Como no le gusta casi nada más en el pan, volvimos a cocinar para su almuerzo. Lo mínimo: couscous con garbanzos, porotos o vegetales, a veces, huevos duros. Al lado siguen yendo los pimientos dulces y el queso (ya se aburrió de los pepinos y el yogurt). A veces, cuando la vamos a buscar la encontramos comiendo de su lonchera —no hemos adoptado todavía el paquetito de papel— con algunas compañeritas noruegas que agarran con los dedos, felices, las legumbres y el couscous que hemos cocinado. Les encanta mi almuerzo, nos dice nuestra hija, orgullosa.

Menú de verano

Marco Antonio de la Parra

Hay lectores que usan el verano para el superventas y otros que buscan novedades. Hay los de lecturas escasas y los maniáticos voraces, como el suscrito, que calculan un promedio de un libro diario bajo el sol y mezclan de todo.

Partí con “Serotonina”, de Michel Houellebecq, que no sé si es el mejor aperitivo. Novela áspera, amarga, seguidilla de desventuras de un narrador escéptico con un trasfondo que mezcla el porno duro, la desgracia amorosa, los negocios de los quesos normandos, la colección de armas de un aristócrata y un final tenso y duro, todo bañado en el uso de un antidepresivo que anula la libido y deja impotente además de producir náuseas. El libro actúa también así y sabe agrio. No sé si es lo mejor de Houellebecq, pero a sus seguidores les gustan estas experiencias fuertes.

Una grata sorpresa es “Noches insomnes”, de Elizabeth Hardwick, intelectual y periodista neoyorquina, alguna vez esposa de Robert Lowell. Especie de biografía a trazos, de esos textos que obligan a la pausa ante la calidad y agudeza de la frase, recorre el mundillo de los escritores del Nueva York desde los 50 a los 70, con algo de jazz y preguntas sobre lo que era ser comunista en NY.

Otros sabores trae “Nevada”, de Claire Faye Watkins, cuentista norteamericana traducida de manera notable por María José Navia. Una colección de relatos intensa, desde lo sórdido hasta lo sublime. Nevada es su paisaje y sus personajes, aventureros que van desde el segundo de Charles Manson hasta el laberinto emocional de Las Vegas, con un tono muy logrado.

En lo hispánico, la argentina María Gainza, de quien conocíamos ya “El nervio óptico”, publica ahora “La luz negra”, una particular novela alrededor del mundo de la falsificación de arte del más alto nivel. Los papeles de una subasta y los escritos de un proceso legal enriquecen una narración precisa, exquisita y elegante como sus personajes.

Plato de fondo en esta primera semana el encuentro con un peso pesado, Edward Bunker. “No hay bestia tan feroz” es una de las más duras novelas criminales que he leído. La historia de Max Dembo, viviendo su libertad condicional en Los Ángeles, tras ocho años de cárcel, intentando inútilmente reformarse, tiene todo eso que busca el amante de las novelas policiales escritas desde el punto de vista del maleante y no del detective. Un menú contundente, pero que abre el apetito a nuevas lecturas.

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