Sábado 9 de Febrero de 2019

Retórica conciliadora y poco más

“No es para nada evidente que, como remarcó Trump, la economía pueda desplomarse si avanzan

las investigaciones en su contra”.

El martes último, con una semana de retraso, Donald Trump pudo al fin ofrecer ante el Congreso el tradicional discurso sobre el Estado de la Unión. El tono inicial del mensaje presidencial marcó un giro respecto de la acostumbrada belicosidad de sus palabras: convocó a sus adversarios a superar las divisiones partidarias, sanar las heridas y construir acuerdos. Pero, más allá de la retórica templada, no hubo muchas sorpresas en el contenido de su alocución: insistió en la construcción del muro en la frontera con México y, en una intervención que pareció toda una oferta de negociación, invitó a la oposición demócrata a terminar con las investigaciones que están preparando acerca del gabinete del Presidente, de su conducta tributaria y del despido del ex director del FBI, entre otros asuntos. “Si va a haber paz y legislación, no puede haber guerra e investigación. Simplemente no funciona de esa manera”, dijo.

Con la Casa Blanca bajo escrutinio de la investigación dirigida por el fiscal especial Robert Müller acerca de la denominada trama rusa, la rama de olivo que ofreció el Presidente puede ser interpretada, también, como el reconocimiento de la necesidad de un armisticio. Es cierto que los aplausos más entusiastas que recibió Trump llegaron a la hora de destacar el avance de la economía y del empleo, lo que le ha permitido a su gobierno alcanzar la tasa de cesantía más baja en los últimos 50 años. “En tan sólo dos años desde las elecciones hemos impulsado un boom económico sin precedentes”, proclamó, al tiempo que habló de un “milagro económico”. También tuvo una buena recepción a la hora de destacar el incremento del empleo femenino, ganándose el aplauso de las representantes demócratas —vestidas de blanco— que también se pusieron de pie para ovacionarlo. Pero no es para nada evidente que, como se encargó de remarcar, la economía del país pueda desplomarse si las investigaciones en contra de la administración siguen su curso.

La parte dedicada a la política exterior incluyó referencias a Irán, al retiro de tropas desde Siria y Afganistán y a la guerra comercial con China —que debe terminar de robar “nuestra propiedad intelectual”, dijo—, tuvo como sorpresa el anuncio de que los días 27 y 28 de este mes se reunirá en Vietnam con el líder norcoreano Kim Jong-un, una carta que Trump juega con evidente propósito proselitista.

La intervención del Presidente dejó en claro que ha tomado nota de que ya no controla por completo el Congreso —a diferencia de lo que ocurrió durante la primera mitad de su mandato— y sabe que ello lo pondrá en aprietos y le hará más difícil gobernar. Pero no parece dispuesto a dar su brazo a torcer y enajenar tampoco el apoyo de los electores más duros. Cuánto de la retórica conciliadora que ofreció Trump está condicionada por las circunstancias es algo que está por verse.

El camino propio de la jibia

M. Vergara

La denominada «guerra de la jibia» podría tener un desenlace inesperado. No por una resolución del Gobierno que cambie la ley aprobada en el Congreso, por un descubrimiento científico que amplíe las posibilidades del recurso o porque los bandos en disputa, artesanales e industriales, hayan arriado la bandera. Quienes han tomado el toro por las astas han sido las propias jibias, las que, quizás aburridas de tanto manoseo, han migrado en busca de aguas más calmas. Cifras del Sernapesca señalan que, en enero, el sector artesanal recogió cinco toneladas de jibia (comparadas con las 5.204 toneladas en el mismo mes de 2018), y que los industriales apenas extrajeron 44 kilos, equivalentes a… una sola jibia (comparadas con dos mil toneladas en enero de 2018). Al parecer no es falta de ganas de pescar, sino que, simplemente, jibias no hay. Usando la nomenclatura que enunció alguna vez Ramón Barros Luco, este asunto entra claramente en la categoría de los problemas que se resuelven solos.

Vicepresidente ejecutivo: Felipe Edwards del Río

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Futuro de la TV


Señor Director:

El actor Felipe Braun alerta sobre el futuro de la televisión pública, en particular TVN: “Si la gente que dirige la TV no cambia, vamos todos juntos hacia el final”. Comparto plenamente tal afirmación, como antiguo televidente y entendido audiovisualista. Por una parte el tema del financiamiento vía tandas publicitarias es un esquema agotado. Hay que invertir la óptica: no encarecer las producciones sino buscar producciones de calidad, realizadas por gente competente y con valores de mercado. Porque también muchas productoras, por abaratar costos, terminan explotando al equipo realizador. El cambio, por tanto, debiera ser estructural: no basarse en rostros, sino pensar la televisión como un bien público, que privilegia la creatividad, que levanta nuevos formatos, que se arriesga con jóvenes talentos, que el mercado laboral ofrece con abundancia.

TVN podría transformarse en una cantera de jóvenes valores, pagados adecuadamente, sin las mañas de los rostros, y con muchas ganas de crear. Que esta producción sea popular está por verse, pero a esta altura del partido no hay mucho que perder para la televisión pública. Yo no me enredaría mucho con la manoseada misión de la televisión pública, que nadie sabe a ciencia cierta. Es como preguntarse cuál es la misión de la Selección chilena. Simplemente hay que salir a jugar y apostar a la calidad: de entre muchos jugadores aparecerán los más talentosos.

Aceptar la realidad de renovación, desmontar el elefante blanco en que se ha convertido y atreverse con un nuevo esquema más creativo, menos pretencioso, menos repetitivo y, finalmente, más honesto.

Sergio Navarro Mayorga


¿Y la calidad?


Señor Director:

El Gobierno, con su proyecto de ley de “Admisión Justa”, reabrió la discusión en torno a los procesos de admisión escolar. Más allá que nos guste o no el proyecto presentado, el sistema actual no es bueno, puesto que genera dificultades no previstas, sobre todo para comunas más pequeñas, distintas al gran Santiago.

Además, han surgido y también se han reactivado proyectos como el denominado “Machuca”, para reservar cupos en colegios pagados a alumnos y alumnas vulnerables. Aquí surge la pregunta central: ¿por qué los padres y apoderados quieren elegir el colegio en que se educa su hijo o hija? La respuesta parece clara: por la calidad, el servicio educacional que el colegio presta, el proyecto educativo, entre otros.

Lamentablemente, cual sea la solución que se le quiera dar al problema de la admisión, implicará segregar. El proceso de selección siempre es favorable para unos y adverso para otros. Aquí de nuevo otra reflexión: ¿no se estará poniendo la carreta delante los bueyes? Parece más lógico mejorar realmente el sistema de educación estatal, generando estándares altos e igualitarios, donde dará lo mismo que mi hijo o hija estudie en el colegio que está al lado de la casa o cinco cuadras más allá, dado que la calidad de enseñanza que recibirá será la misma. Con ello el problema de la selección, y la consecuente segregación, desaparecen.

Hay una tarea pendiente por mejorar la calidad de la educación pública, lo que es un problema de ayer, hoy y, tristemente, aún de mañana.

Williams Valenzuela V.



Poeta



Señor Director:

La impar definición legal de playa de mar, de don Andrés Bello, es clara y poética: “La extensión de tierra que las olas bañan y desocupan alternativamente hasta donde llegan en las más altas mareas”. Sin embargo, tal vez ella podría modernizarse, de modo sutil y simple, acorde a nuestra realidad actual. Playa de mar, de lago, laguna, río o de otro cuerpo de agua que se repute bien nacional de uso público, podría así constituir: “La extensión de arena, rocas, tierra, guijarros, hierbas u otra superficie natural o artificial cualquiera, que las olas bañan y desocupan alternativamente hasta donde llegan en las altas mareas o mayores crecidas normales, o hasta donde acariciaría su espumosa y líquida mano si no lo impidiere el duro cepo de algún ingenio, construcción o barrera erigidos por mezquinos seres humanos para desecar, usurpar y asfixiar el más extenso alcance natural del generoso ósculo de esas húmedas ondas.

No deberá haber peajeros, alcabaleros, ni cobros por el paso a las mismas, ni podrá ningún altanero y villano dueño lindante vedar o estorbar el acceso a dichas playas, ni pretender que ellas fueren de su propiedad única, ambicionando para sí su goce exclusivo y despojando de su honesta delectación a otras almas humildes y merecedoras”.

Kenneth Ledger Toledo

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