Jueves 31 de Enero de 2019

Viñalandia

“Lo que los publicistas municipales venden como «ciudad bella», The Guardian lo catalogó recientemente como un «vecindario sin alma».

El lapidario informe de Contraloría, que explica con detalle el cerro de contratos y empresas truchas que generaron el millonario déficit de Viña del Mar, refuerza la idea de que el problema del municipio es básicamente de gestión. Bastaría, en esta hipótesis, con traer a un gerente de finanzas, experimentado y probo para revertir el deterioro de la ciudad. La dificultad de fondo, sin embargo, radica en que el progreso económico de Viña del Mar parece inversamente proporcional a su desarrollo urbano y cultural.

Esa ciudad, que por décadas subestimó el potencial público de sus playas —contando con piscinas públicas a escasos metros del mar—, de un día para otro pasó a concebir la playa como su principal y casi único producto de explotación turístico y comercial. El otro es, por supuesto, el festival de la canción. Si en un comienzo la Ciudad Jardín fue conocida localmente por sus barrios, arquitectura, emprendimientos y cuna de talentos musicales, hoy se la conoce internacionalmente por la farándula, las fiestas playeras, la decadencia urbana y ahora último por la corrupción. Lo que los publicistas municipales de la calle Arlegui venden como “ciudad bella”, el periódico británico The Guardian lo catalogó recientemente como un “vecindario sin alma”.

Es preocupante, por cierto, que el municipio de Virginia Reginato, la popular alcaldesa UDI y ávida tuitera de farándula en época estival, haya devenido en una extensa red clientelar de funcionarios de jornadas imposibles, eficientes cobrando sueldos y ganando elecciones. Pero la raíz del deterioro es más profunda que la corrupción: es una municipalidad más preocupada de plantar palmeras en el bandejón central de sus estrechas avenidas que mejorar mínimamente el transporte público; más interesada en promocionar la farándula festivalera que en ampliar la oferta cultural de la ciudad; en tratar lo urbano y las zonas protegidas como un asunto de transacción discrecional de permisos al mejor postor. Un municipio que, en suma, elevó a los altares al turista en busca de una buena despedida de soltero, desplazando entonces al viñamarino como un habitante de segunda clase.

Además de una gestión limpia, Viña del Mar necesita a una alcaldesa que comprenda que la ciudad no funciona como Disneylandia. Además de turistas, hay también viñamarinos que habitan la ciudad con la nostalgia de un pasado cultural y urbano vigoroso. La sustentabilidad turística y el futuro urbano de la Ciudad Jardín no aguanta otro paño más de hoteles y departamentos de inversionistas santiaguinos para ampliar la oferta sudamericana de Airbnb, que en invierno deviene en pueblo fantasma de arriendos baratos a estudiantes de marzo a diciembre. Se requiere, por el contrario, una ciudad pensada y administrada al servicio de sus habitantes.

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