Jueves 10 de Enero de 2019

Cuando dije que Ossandón era como

el hermano menos

capaz que terminó administrando

el fundo familiar, me escribió por WhatsApp para echarme la

foca, casi ofreciéndome combos”.

Para una empresa que quiere operar en Chile, cuando gobierna la izquierda, la firma de Fernando Atria aceita la operación”.

Pablo Ortúzar (33) baja las escaleras del Instituto de Estudios Sociales (IES) con sonrisa amplia y quien lo viera por primera vez quedaría extrañado con este personaje de 1,85 de estatura, vestido con tenida outdoor más propia de boy scout —camisa manga corta y short té con leche—, que del referente en análisis social y político en que se ha transformado este antropólogo. Es uno de los chiches del think tank , y por eso esta tarde se espera lleno total en el lanzamiento de “El Federalista”, texto del siglo XVIII que defiende la Constitución de los Estados Unidos y que Ortúzar tradujo al español.

“Enfatiza en la importancia de las formas en el discurso político. Alexander Hamilton, James Madison y John Jay —los autores— decían que las formas agresivas de argumentación política eran propias de los reyes, en cambio el espacio público debía mantener formas que no intimidaran a cualquier ciudadano a participar en él. Eso exigía cierto buen trato, que no quiere decir no criticar, sino ser respetuoso cuando se hace”.

—Opuesto a la furia tuitera actual.

—Sí, porque tenemos la idea de que lo más democrático es agarrarse a chuchadas con el otro, pues cualquiera puede hacerlo. Pero eso es degenerar el espacio público: dejas de construir debate político. La mayoría del debate tuitero es irrelevante para construir cualquier cosa.

—Pero los políticos se derriten ante una andanada desde las redes sociales.

—Muchos asumieron que Twitter es un resumen de la sociedad, y no lo es. Ves agendas completas construidas para Twitter, con temas tipo transexuales veganos, con impacto en esa red social, pero en ninguna otra parte.

"Cuando Boric toma una posición, se equivoca poco"

Ortúzar nació en Inglaterra, cuando su padre estudiaba allá, y poco tiempo después de que esa nación suspendiera el Ius solis para tener la nacionalidad inglesa. ¿Conclusión? Un apátrida de origen que demoró un par de años en tener la nacionalidad chilena, cuando sus progenitores retornaron y regularizaron la situación de su hijo. Infancia y adolescencia las pasaría en el sur —variando entre Chiloé, Las Guaitecas, Puerto Varas—, pues su padre impulsaba una salmonera. “Chiloé es el lugar de Chile donde más me siento en casa, por la gente, la lluvia. Hoy vivo en un ‘Chiloé nórdico'”, dice en referencia a sus estudios de doctorado en Inglaterra, en la U. de Oxford.

—Luego estudias, en la Universidad de Chile, antropología. ¿Por qué?

—No sabía qué estudiar. Estaba entre Literatura, Historia. Y conocí a Francisca Dávalos, la hija de Bachelet, que estudiaba Antropología. Yo estaba unos días en Santiago, y fui a sapear una marcha, creo que contra la APEC. Ahí la conocí y me explicó la carrera…

—¡Perdón! ¿Qué onda Francisca Dávalos en una protesta hablando contigo de antropología ?

—¡Arrancando, de hecho...! Seguimos hablando por internet. Yo estaba en tercero medio y me gustó mucho la perspectiva de la carrera, que tenía harto que ver con mi biografía: estar desubicado, desarraigado, y mirar desde lejos la sociedad.

—Y después Derecho. ¿Por qué?

—Terminé Antropología y dije ‘es entretenido, pero tendré que trabajar en algo'. En antropología siempre estábamos en paros eternos contra el orden establecido y esas huevadas. ¡Pero a nadie le importaba qué ocurría en Ciencias Sociales! Quise entender cómo operaba el poder: había que estudiar Economía o Derecho, los dos códigos en los que se manejan quienes administran el poder. Fui a Derecho a la U. de Chile: duré tres años.

—Estuviste en el período que retrata el libro de Alfredo Jocelyn Holt, “La Escuela tomada”. ¿Es bueno su relato?

—Exagera algunas cosas, pero refleja el ambiente. Es una facultad podrida por dentro, y profesores que se orientan desde el ego. Tiene cosas interesantes —casi la única carrera en Chile que te vincula con una tradición clásica, la romana—, pero el resto... El ambiente estudiantil era mediocre. Es como mundo de almas en pena, pues muchas familias dicen “¿quieres estudiar Historia?, ¿Filosofía?; estudia primero Derecho”, porque supuestamente es lo mismo, pero mejor. Pero no es así.

—Muchos profesores se vanaglorian de ser cuna de Presidentes.

—Vi gente convencida de que querían tener poder y plata o plata. Pero la discusión política era bien mediocre, y a los cabros los convencen de que la sociedad está constituida más o menos sobre el Derecho. Como yo ya sabía que eso es falso, estaba fuera de las discusiones.

—O sea, con esto de las protestas y los paros, ¿es cierto que eras anarco?

—Sí, era anarquista.

Ortúzar relata que en Antropología militó en el Frente de Estudiantes Libertarios (FEL) —grupo que hoy está en el Frente Amplio—, y fue vicepresidente del Centro de Alumnos de Ciencias Sociales. Ahí tuvo nexos con los autonomistas, y pichangueó con Nicolás Grau y Gabriel Boric. Con este último “conversamos siempre por WhatsApp”, y considera que aunque “a veces se da algunos gustos medio adolescentes, como la polera, en sus declaraciones, cuando toma una posición, se equivoca poco”.

—De anarco a conservador, ¿cómo es el tránsito?

—Siempre he sido escéptico del Estado; por eso era anarquista y no del PS o PC. Pero el anarquismo chileno no tiene agenda, tiene una lucha más violenta, más lumpen, y quiere extender el poder del Estado. Es desmotivante. En la universidad leí mucho sobre historia de la revolución, y me fui desilusionando de la rusa, cubana, francesa: dinámicas sumamente elitistas, donde llega otra élite, toma el poder y lo usa igual. Leí a liberales, pues su crítica al poder me parecía muy convincente —Hayek, Von Mises—; pero después también me fui desencantando por la vara distinta con que miden Estado y el mercado, poniendo a este último como un espacio de libertad, casi del mundo de los hobbits, cuando en realidad es chacal y opera gracias a que el Estado estuvo primero. Terminé ahora en una especie de anarquismo conservador: ya no creo en el progreso —que la humanidad progrese moralmente— ni en la revolución, y soy muy escéptico de las estructuras de poder tanto del Estado como del mercado. También me he alejado bastante del liberalismo: con mucho beneficio de inventario acepto sus argumentos.

“Si uno vive por debajo de lo que gana, estará tranquilo”

—Tú has sido bien brutal al opinar sobre ciertos políticos. Recuerdo el “liderazgo patronal” de Ossandón.

—Es que ES un liderazgo patronal. Cuando dije que era como el hermano menos capaz que terminó administrando el fundo familiar, que en su caso es literal, me escribió por WhatsApp para echarme la foca, casi ofreciéndome combos, lo que confirmó mi tesis: no tiene carácter para ejercer los cargos a los que aspira.

—También noto tensión cuando te refieres a Axel Kaiser.

—Encarna muy bien el doble estándar para medir el poder: visión casi paranoica del Estado e ingenua de los mercados. Y cuando uno ve que eso trae aparejado beneficios económicos para quien hace esta especie de litigio público en favor de los grupos empresariales, es decepcionante. Kaiser es capaz de mucho más: Sus primeros libros —«La Fatal Ignorancia» y «La miseria del intervencionismo»— son buenos. Pero en algún punto se perdió dentro del star system liberal internacional, financiado por grupos empresariales. Él podría ser mucho más afilado en su crítica al poder, pero requiere también serlo hacia el poder económico.

—¿Y cómo evitas tú caer en eso?

—Mi viejo siempre me dijo que si uno vive por debajo de lo que gana, estará tranquilo. Evitar un estilo de vida que te hace depender de ellos, tratando de agradarlos para que para te sigan pasando plata para pagarlo.

—A otros autores que miras con sospecha...

—No es tan burdo como que llega un viejo y pasa un montón de plata. La otra pelea brutal que tuve fue con el lote de Joignant, Atria: gallos con sus hijos en el Grange o en el Santiago College y de repente los agarran en el Club Santa Martina o venden informes en Derecho a empresas. Para una empresa que quiere operar en Chile, cuando gobierna la izquierda, la firma de Fernando Atria aceita la operación. Gente que embarcó al país en reformas que involucraban transformar riesgosamente la vida de muchos, pero que a ellos no los afectaría en nada. “Yo habría mandado a mis hijos a otro tipo de colegio, pero tu sabís que los municipales son muy malos y peligrosos”, te dicen. Si fuera cierto, hay una amplia gama de posibilidades entre el municipal y el Grange: No elegiste el medio, sino que el extremo, haciendo que tu hijo se entrene como dueño del país. ¡Y, al mismo tiempo, predicas que estás en contra de que el país tenga dueño! Hay un enigma para mí: los pocos intelectuales de la izquierda que no piensan en estatismo puro y duro, como Óscar Landerretche, no son procesados por la izquierda. Compara «Vivir Juntos» (Landerretche) con «Neoliberalismo con Rostro Humano» (Atria): las propuestas del primero son muy superiores al segundo. Pero la izquierda parece no tener ninguna otra idea que hacer crecer el Estado.

—¿Donde podría mirar la izquierda?

—Es interesante el Blue Labour inglés, grupo del movimiento laborista que reivindica la sociedad civil. La construcción de poder desde abajo, no del Estado, se relaciona con lo mejor de la tradición de la izquierda chilena: Clotario Blest, Recabarren. Landerrechte pertenece a esa tradición inglesa, preocupada de lo comunitario. Pero eso la izquierda chilena, rabiosamente moderna, cuica y estatista —pese a que su experiencia estatal es casi nula, pues van a centros de salud y colegios privados—, lo tiene fuera de brújula.

“Tratan de convencer a la clase media de que el mayor peligro viene desde abajo”

—¿Y estando en Europa, cómo se vive allá la discusión del populismo?

—Es raro. Los ingleses no son un buen estándar; ya encuentran que están en un populismo insostenible por el Brexit. Sí hay más conciencia de hacer una sociología de la globalización para comprender mejor los fenómenos populistas.

—¿Algún paralelo que sirva para lo que ocurre en Chile?

—En Chile, la modernización capitalista generó una clase media amplia, con un discurso meritocrático, que goza del consumo pero basado en el endeudamiento —porque la distribución del ingreso es pésima—, lo que la hace muy precaria. En alguna medida tiene conciencia de clase: crítica tanto de la clase alta —que heredan, por tanto no se esfuerzan— y de la clase baja, que son pobres porque no se esfuerzan. La tesis política de Bachelet era que al explotar la crítica a las élites —los poderosos de siempre— construirían una mayoría social para realizar reformas políticas importantes, pero erraron en criticar la experiencia de autoconstrucción a través del consumo. Desde la derecha —en este contexto uno podría decir que puede surgir un populismo aquí—, en vez de criticar a las élites, al abuso que viene desde arriba, tratan de convencer a la clase media de que el mayor peligro que enfrentan viene desde abajo: los ladrones, los flaites, los mapuches. Y José Antonio Kast ha tenido harto éxito en eso.

—Y por otro lado, Lavín es el más valorado en la CEP.

—Lavín muestra que si apareces harto en la tele generando puras huevadas, que no caen mal, puedes terminar en las encuestas como presidenciable. Revela cínicamente cómo opera la democracia representativa en contextos de vacío político: pura imagen.

—¿Entre cosismo y populismo, tiene alguna semejanza más allá del ismo?

—No. Es como que el tipo del matinal sea Presidente. Lavín es un gallo que entretiene.

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