Lunes 7 de Enero de 2019

Hernán Leal, montañista y empresario:

“Estuve a punto de morir, quedé colgando a mil metros del suelo”

El fundador de Fastco ha subido dos veces al Everest y ha conquistado las mayores cumbres de cada continente, pese a tener un implante de tráquea. Y lo hizo en los últimos seis años.

Por Carolina Méndez

Subir al Everest se ha transformado en una industria. Por una tarifa que va entre 40 y 60 millones de pesos, varias empresas llevan a casi cualquiera que pueda pagar hasta los 8.848 metros, dejando cada año toneladas de basura a su paso. En 2017, por ejemplo, hubo 648 llegadas a la cima. Claro que más de la mitad (329) eran sherpas. Y aunque el promedio de fallecimientos ha disminuido, seis personas murieron en el intento.

Este frenesí por conquistar la montaña más alta del mundo no ha estado exento de críticas. El periodista Jon Krakauer, en su libro “Mal de altura” (del que se hizo una película), denunció la avidez de las compañías que aceptan a clientes que ni siquiera podrían jugar un partido de tenis.

A Hernán Leal (52) no le hacen ruido estos cuestionamientos. “Me han destrozado en las redes; para muchos he llegado a la cumbre del Everest solo porque tengo plata, pero me he sacado la mugre, nadie puede subir por ti. Con más recursos solo haces la expedición más cómoda. Grandes empresarios hicieron montaña buscando nuevos desafíos y para conseguir validación de la sociedad. En Chile, ellos son mal mirados, creen que se les regaló todo y que hasta para alcanzar la cumbre más alta del mundo los subieron en andas”.

Ingeniero comercial de la Universidad Católica de Valparaíso, padre de Sofía (18) y Benjamín (15), Leal ha llegado a la cima del Everest en dos oportunidades (2017 y 2018) y en cinco años completó las siete cumbres más altas de cada continente: Kilimanjaro, Tanzania (2012); Aconcagua, Argentina (2014); Denali, Alaska (2016); Everest, Nepal y China (2017-2018); Elbrús, Rusia; Carstensz Pyramid, Nueva Guinea, y Vinson, la Antártica, en 2018. “Volvería a subir el Everest por tercera vez por la ruta del Kangshung, que es la menos usada; sería mi último ocho mil”, afirma.

Además, es el primer sudamericano –según The Himalayan Database- en alcanzar dos cumbres de 8.000 metros en la misma expedición: subió el Everest por el lado de Nepal y un día después escaló el Lhotse (8.516 metros). “Mi próximo sueño es hacer en 2020 el K2 (8.600) la segunda montaña más alta del mundo; bastante más peligrosa que el Everest”, comenta el empresario, quien sufrió una parálisis de cuerdas vocales y debió realizarse un transplante de tráquea.

Nacido y criado en Osorno, en diciembre lanzó el libro “Las montañas que llevamos dentro”. En 163 páginas, Leal cuenta cómo concretó sus sueños: crear desde cero una exitosa empresa de cobranza y telemarketing (Fastco), hoy con 2.000 empleados y sedes en Colombia, México y Perú y cómo alcanzó las cimas más elevadas del planeta. “Provengo de una familia de esfuerzo, estudié en una escuela básica pública, todo lo que he logrado ha sido con perseverancia y mucho trabajo; soy absolutamente machaca”, dice.

El empresario imparte charlas motivacionales y el año pasado creó el programa “Expedición ruta de los sueños”. Se trata de un taller que él imparte en escuelas ubicadas en zonas apartadas de Chile y en condiciones de vulnerabilidad.

“Me encanta el lujo”

Antes de que Hernán Leal comenzara a escalar en 2012, el deporte más intenso que había practicado había sido el golf. “De niño fui flacuchento, pésimo para los deportes; las montañas llegaron por casualidad”, comenta. A diez años de haber fundado su empresa de cobranza al empresario le faltaba un desafío personal. Así, en noviembre del 2011 se fue un mes a India, Nepal y Tailandia para practicar yoga, meditación y trekking . Se encerró en un claustro y aprendió con un maestro sobre budismo, islamismo e hinduismo. “Soy agnóstico y tenía un conflicto con lo espiritual, pues no me hacían sentido las religiones”, cuenta.

En ese viaje escaló en Nepal, el Poon Hill (3.200 metros), su primera montaña. Fue tal su “fascinación” que se propuso alcanzar en los siguientes cinco años la cumbre del Everest.

—Jennifer Peedom, autora del documental “Sherpa”, dice que esta etnia se ha hecho sabia en las montañas. ¿Qué aprendiste de ellos?

—A mi sherpa y amigo, Sonem, le debo haber hecho cumbre en el Everest las dos veces. Los sherpas, como budistas, me han enseñado a disfrutar de lo más simple. En la montaña se come horrible, una sopa, barra de cereales. Cuando bajas y comes pollo con arroz para los sherpas es un banquete. Me encanta el lujo, pero uno puede vivir sin auto ni hotel cinco estrellas. Los sherpas te enseñan que se puede estar en una carpa siendo feliz. Además, la montaña me enseña a recibir las pruebas de la vida.

—Como aceptar tu problema de salud, que significó un desafió adicional para subir el Everest.

—Así es, hace quince años, por razones que nadie sabe, tuve una parálisis de mi cuerda vocal derecha y casi pierdo la voz. Primero fue como una disfonía y luego empeoró. En un par de años mi voz fue solo un susurro y el dolor era constante. Para corregirla me coloqué un implante de Goro-Tex en la tráquea, mejoré la voz, pero me achiqué el ducto por donde pasa el oxígeno. Por eso, mi doctor me dijo: “No puedes subir el Everest”. Esta ha sido una de las cumbres más desafiantes que he escalado.

“En la cumbre lloré

como Magdalena”

La primera vez que el empresario escaló el Everest fue por la ruta Collado Norte en el Tíbet. “Es la más riesgosa y difícil, pues por sus condiciones no permite el rescate aéreo, ni si quiera en el campo base; desde ahí el hospital más cercano está a seis horas en auto”, explica.

Durante cinco años el empresario se entrenó mental y físicamente para completar la cumbre más alta del mundo. Se ejercitó el doble y hasta durmió en una máquina de hipoxia (que saca el oxígeno del aire). Tras haber alcanzado tres de las siete summits (Kilimanjaro, Aconcagua y Denali) partió al Everest en 2017 por un mes junto a su entrenador y guía chileno, Ernesto Olivares. El plan era estar una noche en el campo uno (7.100), otra en el campo dos (7.800) y ocho horas en el campamento tres (8.300). “Cuando llevábamos dos horas y media escalando el día del ataque a la cumbre sucedió lo que jamás imaginé. Ernesto me dijo: “Hernán no puedo seguir, no siento el pie derecho, tengo que devolverme; me preguntó si regresaba con él, pero sin dudar, seguí a la cumbre con mi sherpa”, recuerda.

Leal alcanzó por primera vez la cima del Everest el 20 de mayo de 2017. “Llegué sin oxígeno extra, pues sin querer el sherpa que bajó con Olivares se llevó el oxígeno de vuelta al campamento. Estuve en la cima media hora con mucho miedo, porque es muy angosta; caben solo tres montañistas. Las dos veces que hice cumbre puse las banderas de Chile, de Osorno y de mi empresa y lloré como Magdalena”, relata emocionado.

—Jon Krakauer, autor del libro “Mal de altura”, que narra la tragedia de 1996 donde murieron ocho personas y donde él sobrevivió, asegura que el Everest fue el mayor error de su vida, pues es extremadamente peligroso. ¿Qué te motiva a desafiar esta montaña?

—No tengo miedo, aunque confieso que este año estuve a punto de morir. Llegué con mi sherpa al campamento tres, a 7.300 metros, donde solo cabía nuestra carpa y en un pequeño espacio para dejar las cosas me desenganché. Sin cuerda fija, me saqué el primer crampón, luego el segundo y me tropecé. Me caí, quedé colgando a mil metros y mi sherpa me alcanzó a agarrar de la solapa. Hubiese llegado al campo dos en pedacitos. Nos miramos en silencio y al regresar de hacer cumbre me dijo: “¿Entendiste lo que hiciste?, un error y estabas muerto”.

—En la ruta sur, entre el campamento base y el dos, hay muchas grietas, algunas ocultas. ¿Cómo sorteaste esos obstáculos?

—Es muy complicado. Los sherpas van poniendo escaleras angostas de aluminio para atravesar enormes grietas de 100 metros. Debes cruzar 25 escaleras con tus botas y crampones, que se ponen a las botas para clavarse en el hielo y como hay muchas avalanchas, que generalmente son de día, se escala de noche. Aunque vas amarrado, si te caes te pegarás contra la pared de la grieta; muchos quedan heridos y desertan de la expedición.

—La “zona de la muerte”, la más peligrosa del Everest, son los últimos 800 metros de ascensión, donde el nivel de oxígeno es ínfimo. Muchos escaladores han sucumbido.

—Uno de los males de la altura por falta de oxígeno, es empezar a alucinar y como sientes calor te sacas la ropa. Por eso la mayoría de los que encuentran muertos están congelados semidesnudos. Este año, a 25 grados bajo cero, en los 7.600 metros vi a un ruso sentado mirando al horizonte con la vista perdida; se había sacado los guantes, quería escalar sin oxígeno. Tenía la nariz y los dedos azules; le hablé, pero no reaccionó. Cuando bajé vi sus botas en la carpa, había muerto.

—Reinhold Messer (74), considerado el mejor alpinista de todos los tiempos, describía la subida al Everest como una “ascensión macabra salpicada de cadáveres montañeros”. ¿Cómo esas imágenes no impactan tu travesía?

—Es muy fuerte, este año cuando bajé de hacer cumbre, quise detenerme, porque el descenso se hace terrible, más cansador que en la subida. Mi sherpa, entonces, me apuntó a un bulto entre las rocas, era un cadáver y me preguntó, ¿de verdad quieres descansar? Se me apretó el corazón y seguimos. Cuando veo un muerto en la montaña siento pena porque en algo él se equivocó; tomó un riesgo innecesario, no se chequeó médicamente o no entrenó bien la escalada; la falla técnica es producto de un error humano.

—Rescatar un cadáver resulta más caro que escalar, pues debes reforzar el equipo por el peso del cuerpo congelado. ¿En caso de morir en la montaña, quieres que suban por ti?

—Antes de irme al Everest por primera vez dejé mi testamento; ahí digo que si me muero en la montaña quiero que me rescaten para no convertirme en un desecho. Deseo que me cremen y mis hijos lancen mis cenizas en la cumbre del volcán Osorno.

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