Miércoles 14 de Noviembre de 2018

Estados Unidos de cara a 2020

“Fueron derrotados los gobernadores republicanos de los tres estados que le dieron el triunfo a Donald Trump en 2016”.

Gonzalo Baeza

Hace siete años, viajé a Green Bay, Wisconsin, una ciudad de 100 mil habitantes mejor conocida por su equipo de fútbol americano, los Green Bay Packers. En Wisconsin acababa de asumir como gobernador una de las estrellas jóvenes del Partido Republicano, Scott Walker, impulsado por el entonces poderoso “Tea Party”. Una de las primeras leyes que promovió Walker fue terminar con la negociación colectiva para los empleados públicos, un mazazo para el movimiento sindical del estado, que contaba con 350 mil miembros, cien mil de ellos profesores. La ley fue el primer ataque de una ofensiva conservadora emulada por gobernadores republicanos en otros estados de fuerte tradición sindical.

Junto con proporcionar millones de dólares al Partido Demócrata en época de elecciones, los sindicatos movilizan a miles de miembros para instar a la gente a votar. Es por eso que la desvertebración del movimiento sindical es una clave tan importante como el auge del populismo para entender el momento político actual del país.

En esa época, yo trabajaba para un sindicato de empleados públicos y mi misión en Wisconsin era organizar actos públicos en contra de la ley antisindical. Wisconsin vivía una suerte de insurrección popular. Miles de personas, muchas de ellas profesores de colegios públicos, se habían tomado el edificio del poder legislativo en Madison, la capital del estado.

Pese a la oposición, la ley fue aprobada. Los sindicatos de profesores perdieron 60 mil miembros y el gobernador se volvió no solo el principal enemigo del movimiento sindical sino una figura política a nivel nacional. Cuando Walker lanzó su candidatura presidencial en el 2016, la federación de sindicatos de EE.UU. (AFL-CIO, por sus siglas en inglés) emitió un comunicado de prensa de seis palabras: “Scott Walker es una desgracia nacional”.

Mucho ha cambiado desde entonces. La revolución que prometió el “Tea Party” y luego Trump no ha traído mayores réditos para el ciudadano medio en un país donde el 50% de los trabajadores gana menos de 30 mil dólares al año, cifra bajísima considerando el costo de vida. Hace unos días, la diputada socialista Alejandra Ocasio-Cortez, una de las figuras ascendentes del Partido Demócrata, se quejaba de no tener suficiente dinero para arrendar un departamento en Washington. Su dilema es el de millones de trabajadores jóvenes.

La semana pasada, Walker fue derrotado por Tony Evers, un exprofesor del sistema público que prometió restaurar los derechos sindicales. Lo mismo ocurrió con los gobernadores de Michigan y Pensilvania. Se trata de los tres estados que le dieron el triunfo a Donald Trump en 2016.

Tras la derrota de Walker, la AFL-CIO emitió otro comunicado breve: “Scott Walker fue una desgracia nacional”. Tal vez no sea la forma más elegante de celebrar la derrota de un enemigo político, pero sí es una señal de los cambios políticos en el país de cara al 2020.

Legitimar al Estado

Pablo Valderrama

Director ejecutivo IdeaPaís

Tal como señala Yuval Noah en su libro “21 lecciones para el siglo XXI”, esta suerte de ambiente civilizado en el que hoy vivimos —estado de derecho, si se prefiere— no es más que una excepción en la historia del ser humano. Si antes la política era más fuerza que diálogo —a quien buscaba anexar un territorio ajeno o cambiar al gobernante de turno le bastaba con imponer la violencia para lograrlo—, hoy reina la promesa de un Estado moderno garante del orden y la paz, quedando en él el monopolio de la fuerza. Así, ante cualquier expresión violenta en el espacio público, allí estará el Estado moderno para reprimirlo y recordarle a la ciudadanía que en esa represión radica gran parte de su legitimidad.

En esta línea, durante su discusión parlamentaria el proyecto Aula Segura —o democrática, o como algún otro publicista prefiera— fue tildado de desproporcionado, criminalizador e innecesario. ¿Cómo es posible, dijeron algunos, que el Estado pierda los estribos y siga utilizando la fuerza para resolver los problemas sociales, especialmente en menores de edad? Para peor, la iniciativa fue acusada de no solucionar integralmente el problema de la educación.

Con todo, la forma particular que esta discusión ha adoptado nos hace perder de vista que ésta no era una iniciativa educacional, sino política. El fondo del asunto no es la violencia en los colegios, sino la necesidad que tiene el Estado de reafirmarse ante la ciudadanía como garante del orden. Dicho de otra manera, el Estado moderno podrá soportar grandes divergencias políticas, catástrofes climáticas o graves crisis económicas, pero no tolerará problemas internos que pongan en duda su promesa de paz interna. El Estado, a través de este proyecto, no les habla a los overoles blancos o al mundo de la educación; le habla a la ciudadanía para recordarle que su juramento aún sigue vigente.

Así, cada vez más, el Estado buscará reafirmarse en un contexto de incertidumbre sobre el futuro. La tecnología, las redes sociales y la globalización han generado preguntas que la política no sabe responder. Y dado que el Estado sí sabe de coacción, oportunidades como éstas son gotas de certidumbre en medio de tantas dudas. Esta vez fue Aula Segura, ¿cuál será mañana?

Caricaturas y cuchillazos

“Qué decir del amor por los libros, que tiene hoy día a las editoriales chilenas en una pelea de gatos”.

Los malls que construyen nuestros reyes del retail destruyen la ciudad. Son pocos los empresarios que al construir esas moles del consumo se preocupan de aportar a la ciudad y su entorno. Dicen que lo hacen, obvio, pero suele ser falso. Epítome de esto es el Costanera Center y su ridícula y deprimente relación con el río Mapocho. Un potencial paseo peatonal (con tiendas) mirando al río y al Cerro San Cristóbal es hoy un cúmulo de autos tocando bocinas para entrar al mall . Alegatos contra esto tienen sentido, pero, en el pasado, los malls causaban otras aprensiones. En París, cuando se construyó el primer gran almacén de la historia, La Maison du Bon Marché, se generó una revolución que llenó de comentarios Francia y Europa: era escandaloso, decían sus críticos, porque se había creado un nuevo vicio, la cleptomanía.

Esta anécdota la contó Gilles Lipovetsky en una conferencia del festival Puerto de Ideas en Valparaíso. Otras parecidas relató un día antes en la UDP. Todo para dejar claras las caricaturas y causalidades baratas que abundan en los análisis críticos del capitalismo. Cuestión tan común a principios del siglo XIX como hoy. En la misma línea de no vivir idealizando, y en el mismo festival, Pedro Cayuqueo nos recordó cuán poco idílicos eran los mapuches en muchos ámbitos de la vida. También el filósofo Peter Sloterdijk, para seguir con los conferencistas, contó el lunes, en el CEP, algo parecido: sus colegas, preocupados de la búsqueda de la verdad y no del lucro, eran unos verdaderos PhD en cuchillazos cruzados, tanto hoy como hace 2.500 años. Por suerte no fui a charlas de futbolistas (quizás estarían defendiéndose de acusaciones como haber inventado las zancadillas).

Todo eso me llevó a un libro, cuyo nombre no pude recordar, pero que relataba la abundancia de insidias y traiciones que ocurrían en las orquestas musicales, ahí mismo, entre los reunidos por el arte. Para qué decir sobre el amor por los libros, que tiene hoy día a las editoriales chilenas en una pelea de gatos que les impide organizar una feria del libro unida. Lucro, dirán. Poder, quizás. Hace unas semanas se lanzó el Atlas de Aves Nidificantes de Chile, titánica labor coordinada acá por la Red de Observadores de Chile (ROC) gracias, principalmente, a la plataforma eBird, donde todos podemos registrar los pájaros que vemos y los nidos de éstos. El día del evento subí una storie a Instagram y puse el hashtag de la ROC y el de la Unión de Ornitólogos de Chile (Unorch). Recibí improperios: era un evento de la ROC y no de la Unorch, institución más antigua y con la cual se habían peleado. Yo lo sabía pero quise subirlo igual. No podemos andar peleando entre los pocos pelagatos que miramos pájaros. “Peleas generacionales”, me dijeron un día. Hasta en las mejores familias.

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