Sábado 27 de Octubre de 2018

Masificar la evidencia

Marcelo Sánchez

Fundación

San Carlos de Maipo

Un significativo encuentro dio inicio a un proceso que pretende avanzar en promover la evidencia y los resultados como factores que gatillen la inversión pública: el lanzamiento del Primer Contrato de Impacto Social, gestionado por Fundación San Carlos de Maipo en conjunto con las fundaciones Mustakis, Colunga, Viento Sur y Larraín Vial, y que ejecuta la Fundación Crecer Con Todos para su Programa Primero Lee , que es el programa elegido para que sea gestionado bajo el modelo de pago contra resultados, orientado a mejorar los niveles de comprensión de lectura en niños y niñas de NT2 (kínder), 1° y 2° básico.

En este modelo de gestión, inversionistas privados financian el capital de trabajo para implementar el programa durante 3 años. En la medida que se logran los resultados esperados, las fundaciones pagan a los inversionistas el capital aportado más una tasa de interés. En este caso los inversionistas son convocados por Doble Impacto, entidad que promueve la banca ética. También participa Social Finance, de Reino Unido, creadores en el mundo del mayor número de Bonos de Impacto Social.

Esta experiencia busca crear el ecosistema y promover el aprendizaje para la solución de problemas públicos en base a la evidencia, y en donde los resultados cuenten con una métrica precisa asociada a una teoría de cambio a la base que signifique un impacto efectivo en el tiempo. Las aplicaciones que se derivan de este sistema permiten incorporar decisiones de riesgo, como traer un programa o diseminarlo en la política pública, sin afectar la inversión del Estado en esa decisión, donde la escalabilidad de una iniciativa innovadora se realiza luego de acreditar los resultados, a través de un Contrato de Impacto Social, momento en que el riesgo es asumido por el sector privado. Bajo esta modalidad, el Estado puede replicar y dar la cobertura que los privados no pueden y los privados pueden invertir en Innovar, asumiendo el riesgo que muchas veces el Estado está limitado para asumir. Con esta lógica podemos ir revirtiendo una realidad que afecta a la oferta pública, que es la escasez de programas con evidencia, que den garantía de resultados a la población y que, finalmente, permitan que los recursos del gasto público lleguen a quienes más lo necesitan con calidad y oportunidad.

Sobre el sueño

No sé qué habrá pasado con las noches y los sueños de Venturini, quien murió en 2015, cuatro años después de publicado

«Los rieles»”.

Soledad Marambio

En nuestro primer otoño escandinavo nos cuesta despertar. A mí siempre me ha costado. Lo mismo nuestra hija, pero mi esposo, que siempre ha madrugado, ahora también tiene el sueño largo. Las noches aquí ya casi llenan los días. El sol sale a las 8:40 y se pone a las 6 de la tarde y se irá yendo más pronto y regresando cada vez más tarde, hasta el solsticio. Parece que aquí el sueño se nos ha hecho más espeso, más profundo, no porque estemos durmiendo más horas que antes de nuestra mudanza sino porque tal vez la noche acá es más oscura o prolongada. O sólo otra, distinta, que ahora aprendemos a habitar.

Una forma de habitar la noche es cargándola de sueños, como el de anoche, mi primer sueño nórdico. Había una casa en la montaña, rodeada de nieve, por la que corrían muchas niñas y niños que hablaban noruego. Yo no podía encontrar a mi hija entre ellos. Un sueño hacia el miedo. Anne Carson escribió un elogio al sueño, en el que celebra su condición de atisbo hacia lo incógnito, lo irreconocible, lo oculto, lo desconocido. Allí habla de como un analista lacaniano podría decir que una, uno, el durmiente, puede viajar en dirección al sueño y despertar en una realidad aún más real que la que nos rodea o, como alternativa, puede moverse hacia fuera, lejos del sueño. Dos direcciones, dos formas distintas de despertar.

La argentina Aurora Venturini en su último libro, “Los rieles”, habla de un sueño del que quiere alejarse porque ya estuvo despierta en él. Pero antes de hablar del sueño de Venturini hay que hablar de ella, de los noventa años que tenía cuando comenzó a escribir “Los rieles” y del accidente que precedió al libro. Venturini, quien se convirtió en algo así como una estrella literaria en 2007, cuando a los 85 años ganó con “Las primas” el premio Nueva Novela de Página/12, se cayó de la cama casi a los noventa. Tal vez se despertaba recién. Se rompió demasiados huesos como para contarlos y terminó internada. Ya en el hospital cayó en coma, en un sueño enfermo que, según cuenta en el libro, habría sido producido por un error médico, según la gente de hospital, o, según ella, por envenenamiento a manos de una asistente después desaparecida con rumbo al sur de la Argentina.

En ese coma, Venturini soñó hondo. Tres días con sus noches, dice. En ese sueño visitó el infierno. Vio al demonio, a mujeres que se consumían eternamente en el fuego y se rebeló contra la muerte. El diablo le dijo que estaba muerta y ella gritó que no lo estaba. “Estás muerta hace tres horas”, dijo y ella contestó que no. “Estás muerta hace 16 horas”, insistió el diablo, y ella que no. Así hasta que salió del coma. Venturini despertó y aprendió de nuevo a comer, a caminar, a hablar. Recordó también el miedo. Hasta entonces, dormir había sido placentero, pero después de ese viaje al infierno no quería cerrar los ojos por temor a despertarse entre las llamas. Ella, escribió, no había soñado el infierno, sino que había estado allí, despierta, tres días y tres noches. Había viajado en dirección al sueño.

Ese miedo a despertar en el fuego trajo a otros miedos desde el fondo de la memoria. El primero, el que la niña Venturini le tenía al hombre que cargaba en los bolsillos arena para arrojar en los ojos de los niños que no se dormían antes de medianoche. Ella temía cerrar sus ojos y volver a abrirlos para encontrarse con el hombre de la arena parado al lado de su cama. Entonces se convirtió en una niña de ojos abiertos en la noche, hasta que cumplió los ochos años y se olvidó del miedo. Dice que no sintió esa angustia de nuevo sino hasta después del coma, cuando encontró al hombre de arena vestido de médico esgrimiendo un termómetro entre los enfermos despiertos en medio de la noche. Entonces Venturini le temía al médico, a la fiebre, a las posibles puertas del sueño hacia el infierno. Ella y el arenero. Ella y la muerte. La niña y la vieja unidas por lo temible.

No sé qué habrá pasado con las noches y los sueños de Aurora Venturini, quien murió en 2015, cuatro años después de haber publicado “Los rieles”. Tal vez habrá soñado su propia cura para el miedo, como Carson cuenta que buscaban hacer los enfermos que llegaban al templo de Asklepios en Epidauros. Buscaban, seguramente, un trozo de eso desconocido que se mueve en la noche, en nuestras cabezas, a nuestro alrededor. Incógnito, inconsciente, como sea que llamemos a lo que se despierta en lo oscuro.

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