Jueves 18 de Octubre de 2018

Raúl Perry M.

Fundación San Carlos de Maipo

Violencia y delincuencia, ¿qué hacer y qué no?

Tengo un hijo de 12 años, y lo amo como un padre ama a su hijo. Verlo reírse me hace sentir pleno. Por eso, me resulta complejo imaginar lo que pasa con otros niños de 13 años que se han visto involucrados en conflictos delictuales o en actividades violentas dentro de sus escuelas. ¿Qué habría sido de mi hijo en otras circunstancias? ¿Habría seguido una trayectoria más compleja? ¿Habría tomado las mismas decisiones?

Los hechos de violencia y delincuencia protagonizados por preadolescentes nos han llamado poderosamente la atención este año. Hasta ahora, lo que hemos visto como reacción de la autoridad es el endurecimiento de las normas: más atribuciones para expulsar a los alumnos de los colegios, penas más duras para los niños, niñas y adolescentes reincidentes e incluso algunos intentos de rebajar la edad de imputación legal.

Hoy la investigación en ciencias sociales y salud nos ha entregado valiosos antecedentes para enfrentar problemáticas complejas de conductas y desarrollo de las personas. Sabemos que no da lo mismo qué hacemos, e incluso, que hacer algunas cosas puede ser peor que no hacer nada. En ese contexto, el estudio de la U. de Edimburgo sobre más de cuatro mil niños y niñas, por más de diez años, permitió establecer que un niño que ha delinquido y que no es detectado por la policía tiene siete veces menos posibilidad de seguir conductas delictivas a los 22 que otro niño que es detenido y que entra en un recinto de justicia adolescente.

Otro elemento que nos entrega la ciencia tiene que ver con la prevención. Gracias a programas preventivos universales podemos reducir efectivamente problemas como la violencia. Ahora, los programas que mejor trabajan la capacidad de mejorar la convivencia de niños y niñas deben aplicarse a nivel preescolar. ¿Tenemos hoy en día la capacidad de generar una agenda larga que aborde una prevención hecha en serio?

En estos temas no existe una bala de plata. Se requiere un enfoque a largo plazo y basado en la mejor evidencia científica disponible para asegurar que niños y niñas felices en su primera infancia puedan llegar a ser hombres y mujeres capaces de contribuir al país y de dar inicio a nuevas generaciones.

El “pueblo” según la izquierda

“¿Cómo explicar este éxito del populismo de derecha radical, desde Trump a Orban, pasando por Bolsonaro y Salvini?”.

Alfredo Joignant

Es evidente que la derecha en todas sus variantes está atravesando por una fase de increíble éxito electoral y, probablemente, cultural. Ello contrasta con el declive de la socialdemocracia en los países del norte (excepto en Portugal, y tal vez en el Reino Unido), el desfonde del populismo de izquierda en América Latina (exceptuando el caso mexicano, de veras interesante, de AMLO) y el retroceso de la izquierda clásica en Chile y del PT en Brasil (Uruguay es inexportable). Ni siquiera el futuro de la izquierda colombiana tras la última elección altera las coordenadas de lo que ya es una tragedia: hay riesgos de extinción.

Esto va en serio. El problema de la izquierda, a secas, además de la corrupción, es no entender las claves de lo que Nadia Urbinati aborda como “fenómeno populista”, el que literalmente explosionó según John Judis. Estas son las claves del extravío: Uno, es el fenómeno no es portador de un idéntico proyecto ideológico en todas partes (no tiene por qué ser de izquierda o de derecha, aunque es la derecha radical la que mejor lo encarna); dos, en el origen hay un sentimiento de abandono dirigido a quienes se esperaba fuesen protectores de los más desfavorecidos, incluso cuando estos salían de la pobreza, y tres, prevalece una retórica de crítica a las élites, al establishment , personalizada en un liderazgo fuerte que se le suele calificar de “carismático” (como si este adjetivo fuese evidente).

¿Cómo explicar este éxito del populismo de derecha radical, desde Trump a Orban, pasando por Bolsonaro y Salvini? Pues bien, por nombrarlo sin tapujos: la inseguridad, el temor a la inmigración, un sentimiento de abandono, rabia hacia las élites, aburrimiento del discurso sofisticado de la socialdemocracia hacia los grupos que ella misma edificó (las clases medias educadas), lo que a poco andar se transformó en caldo de cultivo para una cultura hostil a la idea de derechos sociales universales.

¿Alguien tiene alguna duda de que en el movimiento No+AFP prevalece un interés por aumentar las cuentas individuales e, inconfesablemente, un desprecio por la solidaridad?

Es tal el error de apreciación de la izquierda sobre el pueblo que ella pretende representar que bien vale la pena reproducir un tuit de Jorge Baradit que Pablo Simonetti no pudo descifrar: “Si tratan de denunciar a Bolsonaro por homófobo, racista, xenófobo y antifeminista… sepan que son ésas las razones que lo están llevando al poder. Cuando se olvidan de los pobres y los reemplazan por estas luchas… Los pobres se buscan otros líderes”. Es más: es fruto de esa confusión hacer oposición ruda al proyecto Aula Segura, promover una asignatura de “derechos humanos” o denunciar la desidia gubernamental por el matrimonio igualitario. Todas estas cosas hay que hacerlas, pero, guste o no, nada de esto les interesa a los chilenos, y sólo apasionan a quienes somos de izquierda.

Krassnoff, el hijo

“Con las renuncias o destituciones hacemos pasar

por familiar un conflicto entre

la institución y

la sociedad”.

El reciente episodio Krassnoff ilustra de manera perfecta la forma en que entendemos la responsabilidad. Habiendo perpetrado un acto que ofende a las formalidades debidas en el seno del Estado, Krassnoff, hijo de Krassnoff y nieto de cosacos, fue desvinculado del Ejército. Antes de entrar en las raíces trágicas de este particular drama familiar es necesario revisar la costumbre de deshacerse de los cuerpos incómodos. El Ejército, igual que la Iglesia, procede en pasar a retiro, enviar a casas de reposo o destituir a aquellos dignatarios que por sus actos inconvenientes, se vuelven insostenibles en el seno de la institución. A partir de ese momento, la discusión se centra en si las renuncias deben ser más o si la cantidad de expulsados es suficiente.

Aceptar renuncias o destituir es una manera de reconocer la transgresión y a la vez, delimitar el alcance del conflicto. Decir que echar a un coronel o a un obispo es barrer la basura bajo la alfombra puede parecer excesivo. Pero efectivamente se barre el conflicto entre el Estado y las leyes de la lealtad familiar, y se elude debatir el límite tolerable a la solidaridad filial al interior del Estado. De esa manera pasamos por familiar un conflicto entre la institución y la sociedad.

Este no es el caso de Antígona buscando un entierro digno para su hermano traidor. Este es un conflicto que simula la oposición entre lealtades familiares y estatales para esconder los profundos quiebres que afectan al Estado en materias sensibles. La definición del deber de un soldado, los límites de la obediencia debida y el sentido de las instituciones son cuestiones que se pasan por alto, nubladas por el escándalo y el sacrificio expiatorio.

Aquí se ha usado al coronel Krassnoff para castigar un gesto que refleja, no una opinión, sino la pasión solidaria que anima al conjunto de la fuerza militar. Es el Ejército el que se expresa homenajeando a sus hermanos caídos. Los cursos de DD.HH. no rozan el compromiso fraternal y la complicidad sublime de los que están dispuestos a morir juntos. Ningún desprendimiento de oficiales capturados y ninguna proclamación de apego al Estado de Derecho alcanzan a raspar la coraza de las instituciones que combaten a los enemigos de Dios o de la Patria. No se le puede pedir al Ejército que abandone a sus “caídos”, sino que los reeduque. Ese proceso no estará dirigido a los ex integrantes sino a toda la institución y apuntará a renovar su cultura y reconstruir su orgullo, reconociendo los encadenamientos de malas razones en los crímenes cometidos y tolerados por la institución.

El Ejército, como la Iglesia, debe redefinir sus procedimientos, sus deberes, sus estructuras de poder y el sujeto al que responden. La carrera por los despidos no resuelve la inadecuación de estas instituciones. Una sociedad democrática más cohesionada solo puede estar basada en verdades que incluyan la discusión pública de nuestros errores fatales.

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