Miércoles 12 de Septiembre de 2018

Germán Marín, escritor:

“En cuatro años más, tú te vas a acordar de mí. Yo habré muerto”

Por Jimmy Gavilán

Germán Marín camina lento, y un tanto encorvado, tras décadas de escribir, leer y editar páginas y páginas de historias literarias. Su cuerpo resiente 84 años. Sobre todo sus ojos, dañados por cataratas que le dificultan seguir aquel ritmo sin pausas de la época en que su voz era de importancia capital en las decisiones editoriales de Penguin Random House. Aún así prepara su última pieza literaria: cuentos que no quiere dejar en sus cajones.

Está fría y nublada una mañana de septiembre en que el escritor postulado al Premio Nacional de Literatura 2018 se mueve desde su casa hasta el café Bonafide en Providencia, a un costado del Palacio Falabella.

Su casa está cerca. Germán Marín prefiere evitar grandes distancias.

“¿Te pido un favor? —pregunta con amabilidad, antes de echar a correr su memoria, cruzada por sus recuerdos como editor en Chile y en España, y como autor, su obra supera los 20 títulos— ¿Me puedes comprar cigarros? Venden en el almacén, a media cuadra, o en el kiosco”.

Tres cajetillas de Kent 8 son las que necesita para el fin de semana. Veinte cigarrillos diarios.

Una vez entregado correctamente en sus manos el mandado, y los $200 de vuelto, el escritor no fuma de inmediato. Comienza a detallar que está saliendo poco de su casa —“la última vez fue un lunes, para ir a la peluquería”— y que trabaja estos días en “Un oscuro pedazo de felicidad”, un libro de cuentos del que dice será el último, cerrando una producción literaria que comenzó en julio de 1973 con la novela “Fuegos Artificiales”.

“Por razones de salud”, argumenta.

Se toma el tiempo para explicar que este nuevo libro se nutre de relatos que fue escribiendo en paralelo a la publicación de los célebres “El palacio de la risa” (1995) o “Círculo vicioso” (1994), desempolvándolos para que no queden perdidos.

“Me olvido a veces de las cosas que hice, son varios años”, advierte, pero rememora con especial cuidado cuando de niño tuvo que interrumpir sus estudios en el Colegio San Ignacio para radicarse una temporada en Argentina por la separación de sus padres. De regreso en Chile quiso reintegrarse al recinto, pero ya no era posible. Su familia no era “tradicional”.

“Para mí fue doloroso. Era compañero de Raúl Hasbun. Jugaba muy bien fútbol, muy buen alumno él. Yo también jugaba. Veía a Jorge Edwards en el segundo piso, era de los más grandes. Estaba también Ignacio Prieto, jugador de la Católica. Había curas homosexuales. Yo lo entendí después. Un cura con apellido alemán tomaba a los niños de primero de preparatoria y los sentaba aquí (indica sus piernas). Les metía mano, yo creo. Me fui separando de la iglesia con los años hasta ser agnóstico. Yo tuve de confesor a un cura magnífico: el Padre Hurtado. Los viernes dábamos vueltas al patio conversando”.

—¿Se portaba bien Hurtado?

—Sí, era un buen tipo.

—Hay casos de acusaciones de acoso contra Herval Abreu en televisión y contra Nicolás López en cine, ¿cuándo le toca al mundo literario?

—Bueno, Villegas (Fernando), cuando yo editaba, no era muy querido. Era muy rechazado en Random. Ninguna de las chicas quería trabajar con él porque se le iba la manopla, hacía ofrecimientos. Esa era la sensación que había de él.

—En relación a las otras causas que están hoy en la agenda pública y el arte, ¿qué opinión le merece la literatura de género y la queer?

—He leído literatura feminista, especialmente las francesas y las inglesas. Virginia Woolf tiene cosas bonitas. He leído literatura homosexual. Se me olvidan los nombres, pero no me desespera no leerla.

—¿Y a los autores jóvenes que están publicando, de 30 años o menos?

—Más jóvenes, que los que yo conocí, no conozco. Los que eran jóvenes ya no son jóvenes, sabes. Eso pasa. Yo llegué hasta ahí.

—Hasta los denominados “Nenes”: Rafael Gumucio, Patricio Fernández, Matías Rivas. Pero ¿no tiene interés en las generaciones nuevas?

—A estas alturas ya no la tengo. Las curiosidades se van agotando.

“Que no sólo existan editoriales monstruos”

Tras el 11 de septiembre de 1973, el autor se exilió en México, Argentina y España. De ese tiempo data “Fuegos artificiales”, que reeditó en septiembre de 2017. Pero no por las grandes editoriales, sino por la independiente Lecturas Ediciones.

—¿Por qué este gesto?

—Aunque tenía otros interesados, me pareció prudente. Los sellos pequeños son un fenómeno cultural no sólo en Santiago, sino que en distintas capitales de Latinoamérica. Por ejemplo, en Argentina hay tres o cuatro que han funcionado muy bien, y eso me alegra. Que no solo existan estas editoriales monstruos. Editoriales como Random o Planeta tienen recursos propios como para aguantar muchas veces que uno se vaya a otro lado. No les afecta. Hay libros nacionales que yo no publicaría.

—¿Algún ejemplo de un libro con el que fracasó como editor?

—No tengo un recuerdo preciso de un libro que, elegido por mí, haya sido un fracaso. Sin embargo, aunque no hayan sido de buena venta, literariamente hay algunos que fueron muy buenos libros. Al punto de que uno de ellos, que tuvo buena crítica, pero mala venta, y que finalmente desapareció, se volvió a editar el año pasado. Un libro de Claudia Donoso (“Insectario Amoroso”). No son libros que se agoten, pero tienen una venta por goteo.

—¿Un acierto que recuerde?

—Hay un autor que vivía fuera de Chile al que le leí una entrevista y me gustó lo que dijo. Lo contacté por un amigo. Le dije que ahí estaba el germen de un libro, que lo trabajara, que me comprometía a publicarlo. Me preguntó si estaba seguro porque, de estarlo, se devolvía a Chile. “Hazlo”, le dije. Entonces se vino. Hablé con el gerente de Sudamericana en ese entonces (Arturo Infante) y me dijo que no. Que el año anterior el cura Valente trató muy mal el último libro que sacó la editorial con este autor, quedando en muy mal pie. Le pedí autorización para firmar contrato bajo mi responsabilidad. Trabajamos cerca de un año. El libro es “Memorias prematuras”, de Rafael Gumucio.

—Censuraron en los 70 “Fuegos artificiales” entre otros. Al estar usted vinculado directamente con el trabajo editorial, ¿nunca quiso saber específicamente por qué lo consideraron un “libro peligroso”?

—Cuando estaba viviendo en Barcelona, trabajaba en la editorial Labor, era subdirector de edición. En una oportunidad me llamó el cónsul de Chile en Barcelona, que era un general en retiro de Aviación. Me fue a ver para un proyecto que nunca avanzó. Él antes había ocupado un alto cargo en Quimantú. Le pregunté por qué el libro fue censurado. “No sé, fue una comisión la que se formó y que decidió”, me dijo. Se salvaron pocos. Al segundo día del Golpe iba por Avenida Las Condes en el auto de un amigo y vi en la acera una tremenda biblioteca. Tirada. Hay una foto que anda dando vueltas siempre, una fogata de libros. Eso asustó a la gente.

“No me da el pellejo”

Aunque algunos de sus libros han sido aclamados y ha recibido premios como el Municipal de Santiago (2000 y 2010) y el de la Crítica (2005), el último de ellos, “Póstumo y sospecha”, fue destrozado por la crítica literaria Patricia Espinosa en Las Últimas Noticias. Señaló que “no está al nivel de sus anteriores producciones por una serie de problemas estructurales sumado a un pésimo trabajo editorial (…) hay tal cantidad de desaciertos que más vale incluir este libro en la categoría de olvidable dentro de la obra de un gran escritor”.

“Leí la crítica que me hizo. Está equivocada totalmente. Ella se pasó. Lo que dice allí es inexacto, lo comprobé, no es verdad, si no, hubiese recibido los comentarios negativos de Gandolfo (Pedro) de El Mercurio y de La Tercera. Tengo la impresión de que esa crítica fue teledirigida”.

—¿Desde dónde?

—No te lo voy a decir. Pero ese artículo fue teledirigido.

—¿En función de sacarlo este año de la carrera por el Premio Nacional?

—No te voy a decir. No quiero.

—En un año feminista, ¿corre con ventaja para el Premio Diamela Eltit?

—Sí, seguramente. Puede ocurrir perfectamente dada la ola feminista. Depende de los criterios que tenga el jurado.

—El 2016 se le asignaron a Manuel Silva $18 millones y una pensión vitalicia de $900 mil. Si consideramos lo económico, ¿no serviría este monto para ayudarlo en su estado de salud?

—No quedo a la espera si no me lo gano. Aunque fuese para un mejor estar, no me da el cuero. No me da el pellejo. Mi estado de salud en general es negativo. Me canso con facilidad si me agito. Trabajo por las mañanas; en la tarde no puedo porque quedo agotado. Antes escribía en las mañanas, revisaba por las tardes. Era bastante duro antes para trabajar. Tengo un sentimiento de culpa por este agotamiento que me impide trabajar, que me lleva a no escribir, a casi no leer. He dejado de leer porque tengo problemas a la vista. Este es mi último libro, hasta aquí llego.

—Me cuenta que ha escrito por años, mañanas y tardes, sin falta, ¿fue necesario ser tan estricto?

—Necesario porque tenía mucho que escribir. Mucho que desarrollar. Llevo una cantidad de libros bastante profusa. Que no se te olvide que tengo una trilogía —“Historia de una absolución familiar”— que es de tres mamotretos de 500 páginas. Y fíjate que ese libro ha andado bien. Como trilogía ha sido editado cuatro veces, y son libros caros. No pensé que esto sucedería, me ha asombrado.

—¿No sería un gran reconocimiento a esta trayectoria ser el ganador del Premio este año?

—Si me preguntas si haré campaña, no. No es mi hábito hacer campaña para tenerlo. No tengo interés. Para mí lo válido ha sido haber escrito, haber publicado, que esté ahí para los lectores, y que saquen ellos sus propias conclusiones. Creo que es mucho más digno mantenerse así. Si tu me preguntas “¿crees que te vas a ganar el premio?”, yo te contestaría que no, que no lo voy a ganar, que estoy preparado para no ganarlo. No espero otra cosa. Pero eso no quita que publique el próximo año ese último libro de relatos, con premio o sin premio, como sea, libro propio y gestado a través del tiempo.

—Bueno, ¿pero el 2022?

—Mira, en cuatro años más, tú te vas a acordar de mí. Yo habré muerto. Así de claro. Soy un hombre viejo. En este momento te veo a ti, pero lo que está en torno tuyo, para mí está opaco.

—¿Ha probado con audiolibros?

—No creo en ellos. Yo creo en la lectura a través de este objeto que se llama libro. No estoy leyendo novedades, y hay clásicos que debiese volver a leer, pero no lo estoy haciendo.

—Le pregunto pensando en un doctor en literatura chileno de la Universidad de Texas: James Staig. Es joven y tiene una miopía que no puede operar. Está viendo poco, y creó una editorial con audiolibros. Se llama Leolento.

—¿Es amigo tuyo? ¿Pero se está tratando? ¿Va al médico? —pregunta de inmediato y con preocupación Marín—. Lo siento mucho, porque sé lo es cuando la ceguera te empieza a invadir. Es algo muy doloroso. Empiezas a perder un poco la noción de realidad. Se te empieza a achicar, a opacar el mundo. Qué pena, algo así le debe ocurrir a él. Lo siento mucho.

Se impacienta y pregunta si es tiempo de pedir la cuenta en el café.

“Me quiero fumar un cigarro”.

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