Miércoles 12 de Septiembre de 2018

Un bufón en pose de revolucionario

Por Andrés Nazarala R.

@andresnazarala

Cuando Jean-Luc Godard se enteró de la existencia de “Godard Mon Amour” se aventuró a decir que se trata de una “idea estúpida, estúpida”. El director Michel Hazanavicius, quien en 2012 ganó un Oscar por “El artista”, usó la crítica a su favor y decidió incluir la frase en el afiche promocional. Luego declaró públicamente: “Godard es como el líder de una secta, y yo soy agnóstico”. El suizo y el francés —realizadores opuestos en todo sentido— se enfrentaban por lo que realmente parecía “una idea estúpida estúpida”: una comedia romántica, pensada para un público amplio, con un caricaturizado Louis Garrel haciendo del autor de “Sin aliento”.

Sorprendentemente, aunque los devotos del último sobreviviente de la Nouvelle Vague nunca lleguen a reconocerlo, “Godard Mon Amour” tiene sus méritos. En primer lugar, una mirada íntima a la neurosis del director, ya que se basa en “Un año ajetreado”, novela iniciática de la actriz Anne Wiazemsky (interpretada por una radiante Stacy Martin) sobre la relación que mantuvo con él cuando tenía 19 años. El libro, publicado en español por Anagrama, revisa la gloria y muerte del vínculo en el contexto de las revoluciones obreras y estudiantiles que desembocaron en Mayo del 68. Y son justamente los dos escenarios en los que se desarrolla la historia: las revueltas y la intimidad conyugal, tensionados por el compromiso de Godard con las causas sociales. “¿Cuándo harás películas divertidas?”, le preguntan dos adolescentes en una escena. “Cuando se puedan reír en Vietnam, Palestina o Yemen”, responde el cineasta. Eran los tiempos en que junto a François Truffaut sabotearon el Festival de Cannes para protestar en contra de De Gaulle; los años en que formó del Grupo Dziga Vertov, colectivo que dirigía películas mediante asambleas y decisiones grupales.

Louis Garrel demuestra sus dotes de comediante construyendo a un Godard que tiene mucho de Woody Allen; un tipo neurótico, ególatra, manipulador e inseguro que llega a definirse como “un bufón en pose de revolucionario”. Afortunadamente, Hazanavicius no evita la caricatura ni la ligereza y, visualmente, se atreve a jugar con recursos estéticos propios del director. “Godard Mon Amour” parece más una burla que un homenaje, pero a veces es necesario matar a los ídolos.

“Godard Mon Amour”. Dirección: Michel Hazanavicius. Con Luis Garrel, Stacy Martin. Francia, 2017. Duración: 1 hora 47. INTERESANTE.

Conejitas y el #MeToo

Reabre el mítico Playboy Club en Nueva York

Casi un año después de la muerte a los 91 años de Hugh Hefner, el fundador de Playboy, su legado como ícono controversial de la empresa que reivindicó la libertad sexual sigue vivo, en plena era de protesta femenina.

El Playboy Club de Nueva York, abierto en 1962, cerró hace 32 años, y es ahora que vuelve en gloria y majestad. Con el mismo espíritu de “lujo, sensualidad y exclusividad” que supieron tener los más de 30 que existieron en todo EE.UU., desde que abrió el primero en Chicago en 1960.

En 1986, el mismo Hefner debió admitir, decepcionado y molesto, que las conejitas eran “un símbolo del pasado” en The New York Times.

“La disminución del interés por los clubes y la estrepitosa caída de las membresías produjeron por entonces esa crisis, pero en Playboy insisten en que ahora hay un renovado apetito por esa propuesta. Esto ocurre incluso tres años después de que la revista anunciara la eliminación de los desnudos en sus páginas”, señala Infobae.

El Playboy Club abre oficialmente sus puertas esta noche, en 512 West 42nd Street.

“Será uno de los locales más elegantes y sofisticados del mundo”, señaló el portavoz de Playboy Enterprises, John Vlautin.

“Las seductoras conejitas, anfitrionas, meseras y servidoras de cócteles tienen una reputación mundial y bien merecida por su estilo y elegancia”. Sus trajes fueron diseñados por Roberto Cavalli.

Según informó el New York Post, la membresía más exclusiva asciende a US$ 250.000 y en junio ya habían vendido “US$ 2.2 millones en membresías”, el 45% a mujeres.

Clark Wolf, consultor de restaurantes, dijo a The Guardian que la decisión de reabrir hace “oídos sordos” al impulso por la igualdad de género.

De sangre, bromas y alienígenas vintage

Sala llena en el Festival de Toronto. El entusiasmo es efervescente. Shane Black (“Iron Man 3”) entra y los gritos se desbordan. Lanza un par de bromas y da inicio al estreno mundial de “El Depredador”. Aunque podemos suponer que el público está compuesto por férreos admiradores de la precuela de 1987, la reacción de la audiencia es siempre un buen barómetro para medir las estrategias de la industria; en este caso, el rentable negocio de la nostalgia. La reacción del público será ruidosa y apasionada, lo que, por supuesto, no convierte a “Depredador” en una buena película. Black parece entender, sin embargo, que no podemos tomarnos demasiado en serio este divertimento y lo transforma en un cóctel dinámico de sangre y bromas.

La acción se teje en tres madejas: por un lado, vemos a un soldado que se enfrenta al Depredador en una sangrienta batalla en la selva; por otro, a una científica que analiza el cuerpo del alienígena abatido y, en tercer lugar, al hijo del soldado, quien encuentra pertenencias de la criatura. Los personajes terminarán juntos en una batalla que se irá poniendo más ruidosa y explosiva hacia el final.

“El Depredador” es más de lo mismo, con el plus de que Black —quien fuera guionista de la saga “Arma mortal”— no se conforma con el despliegue vacío de efectos especiales sino que construye un entramado narrativo que tiene mucho de parodia.

“El Depredador”. Dirección: Shane Black. Con Jacob Tremblay, Olivia Munn. Canadá/EE.UU., 2018. Duración: 1 hora 47. ENTRETENIDA.

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