Miércoles 12 de Septiembre de 2018

Las noches infinitas en los viejos salones de pool de Santiago

Escondidos entre el comercio y barrios residenciales, aún sobreviven concurridos lugares para practicar este juego.

Por Rodrigo Garrido T.

Imposible no mirar ni imaginar qué ocurre en su interior. El inconfundible y tentador sonido de las bolas al chocar de los salones de pool atrapa. Se habla del mundo blanco y otro que esconde apuestas de ésas en las que el que gana no se puede ir hasta que pierda. También de un submundo en donde conviven mafias, drogas y otros ilícitos. Lugares impenetrables para niños y adolescentes, pues la regla histórica prohíbe el ingreso a menores de 18 años. Administradores y dueños de locales aseguran que esa mala fama le hecho daño al juego como deporte, pero no ha alejado a los asiduos.

Una hora de pool puede costar entre los 2 mil y 6 mil pesos en la Región Metropolitana. Se pueden jugar varios juegos: “Color”, “Chapita”, “31”, “Bola 8”, “Bola 9”, “Bola 10”, “Apaleado” y “Pool” o “60 y ½”, el clásico juego en el que se va eliminando las bolas, de la 1 a la 15, que —según nos dicen— sólo se juega en Chile.

City pool

Iniciamos nuestra ruta en el Pool Loreto, en el barrio Bellavista, un lugar de casi 3 décadas donde asiste un número reducido de jugadores. “Casi siempre son los mismos, gente de la Municipalidad de Recoleta, Carabineros y la PDI ”, nos dice Claudio Ortiz, su administrador. Es un galpón iluminado, de hermosas mesas de roble y ambiente ventilado, característica que distingue a los salones.

Daniel juega hace 30 años, “todos los días aunque sea un ratito”, dice y cuenta con orgullo que todos los años “juego una mesita el 31 de diciembre para matar el año viejo y vuelvo el 1 de enero para empezar el año jugando”. En este lugar no está permitido apostar, ni fumar ni beber alcohol.

Nos vamos al prestigioso Bronx, ubicado en la calle Huérfanos esquina Cueto, en el barrio Yungay. Un lugar con más de 30 años de existencia, que se conoce como “La Universidad del Pool”. Aquí llegan los “capos” de la disciplina. Hay alrededor de 13 mesas, entre las que se anotan mesas de Pool 1 match y Bola 9, en las que se realizan los selectivos nacionales para clasificar a los panamericanos. En este antiguo lugar, con olor a cigarro y trasnoche se cuentan las historias del “Pupilo”, el “Papelucho”, el “Pato Huechuraba”, la “Roca”, el Kike, el Gerald y el “Pantera”. Todos prestigiosos jugadores, alguna vez top ten en los ranking que se manejan en el circuito capitalino. “En el pool el ranking no se pierde. Si alguna vez un jugador logra estar entre los 10 mejores de Chile, probablemente muera siendo uno de los 10 mejores de Chile. Esto es jerárquico, uno puede perder una mesa, pero todos saben quién es quién aquí”, nos dice don Ulises, jugador como más de 60 años en el circuito capitalino.

Hace poco murió el “Pantera”. No tenía más de 60 años, pero “con todo lo que no durmió en su vida tenía más de 90”, nos dicen. Y es que en estos salones, los duelos son interminables, un jugador puede estar 18, 20 y hasta 24 horas jugando en forma ininterrumpida.

—¿Cuánto es lo máximo que ha visto perder a un hombre en una mesa de pool?, preguntamos.

“La dignidad”, dispara don Freddy, y recuerda el caso de un hombre que terminó rogando que le devolvieran algo de dinero para llevar alimento a sus hijos.

A don Freddy le dicen el “Charango”. Es músico y, al momento de hablar con nosotros, lleva 2 semanas sin regresar a su casa. Usa el pool como hostal, se baña ahí, duerme a ratos en alguno de los sofás que hay y al día siguiente vuelve a jugar.

Dicen que a este y otros salones van abogados, notarios, médicos, universitarios y los clásicos personajes del mundo más under del pool como “Capadores”, personajes odiados en el ambiente, pero que rondan los salones. Se caracterizan por llegar a un pool en donde nadie los conoce, juegan una mesa y pierden; luego otra y pierden. Se ofuscan, hacen toda una actuación para que el rival crea que realmente puede ganarle. De a poco comienzan a doblar la apuesta y cuando el “Capador” ve que el monto ha crecido, realiza una fuerte apuesta. De un minuto a otro, el tipo se convierte en una máquina de precisión y gana la partida casi sin ceder el turno al rival.

Se habla también de los lazarillos, porque el buen jugador de pool siempre tiene a alguien que le va a comprar, que le sostiene la chaqueta, que lo asiste. Y de los cuidadores, que son una especie de guardias privados. Los promotores son quienes estimulan apuestas y recaudan el dinero. Hay de todo en la ruta del pool.

En la calle Eyzaguirre con San Diego, está “Propool”, un lugar reconocido como el epicentro del pool en Chile y focalizado, fundamentalmente, en el deporte. Aquí se organizan competencias de la federación y varios de los clubes oficiales de pool en Santiago que no superan más de 10. Aquí nos cuentan que, mientras visitamos el lugar, dos jugadores, Alejandro Carvajal y Enrique Rojas, están disputando un campeonato mundial en China.

El tiro del millón de pesos

Entre salones hay redes de contacto y siempre se sabe qué pasa en el otro. Un video circula entre los asiduos al pool de Santiago. Se enfrentaban el número 3 contra el número 1 de Chile. El número 3 debe enfrentar un tiro imposible. La bola blanca a 20 cm de la 15, que a su vez está pegada a una banda. Todo en silencio. El jugador dispara, rebote en la banda y la bola se aloja en un hoyo al otro lado de la mesa. “Si no embocaba perdía un millón y termina ganando; el pool es así, todo cambia en un minuto”, nos dice el chico Vitto, que con 56 años ha vivido 40 jugando pool.

En la ruta de los salones hay de todo. “El Chichi”, un clásico de Av. Matta con Carmen; también el “Billiards & Coffee”, que alberga la sede del club de billar de Ñuñoa; el “River Plate”, en Manuel Montt, y muchos otros en casi todas las comunas donde tacos, bolas, hoyos y personajes pintorescos dan vida a un mundo lleno de historias asombrosas.

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