Miércoles 12 de Septiembre de 2018

Historia para niños

“¿De qué manera lograr su atención para que ese 18 de septiembre de 1810 sea comprendido como lo que fue: una revolución política que (…) no buscó avanzar hacia la independencia?”

Juan Luis Ossa

Hace unos días fui al curso de mi hija de siete años a hablar sobre algunos aspectos relacionados con el 18 de septiembre. No era la primera vez que lo hacía, aunque esta vez fue, al mismo tiempo, más interesante y más difícil. Enseñar historia a adultos está lleno de complicaciones, pues no existe un método único para lograr una buena comprensión del pasado y la subjetividad —no está mal que así sea— tiende a primar por sobre lo que, generalmente, se consideran verdades absolutas. Enseñar a niños de la edad de Violeta es aún más complicado, dados los distintos niveles de concentración e interés, en especial si se trata de un evento tan asentado entre nosotros.

¿Cómo explicarles que la primera junta de gobierno fue el resultado (algo inesperado) de una serie de eventos ocurridos no tanto en Chile cuanto en España y Francia? ¿De qué manera lograr su atención para que ese 18 de septiembre de 1810 sea comprendido como lo que fue: una revolución política que, a pesar de su relevancia, no buscó avanzar hacia la independencia sino consolidar una posición autonomista dentro de la monarquía española?

Tomé la decisión de hacer un juego: dividí al curso en tres grupos, representantes cada uno de Francia, España y Chile. Por supuesto, ninguno de los tres países era todavía un Estado nacional tal como se los conoce hoy, por lo que nombrarlos así ya es teleológico. Pero el punto era otro: la idea era que comprendieran los efectos de una coyuntura histórica específica —en este caso, la invasión napoleónica a la península ibérica— en un lugar periférico como Chile. Para ello, hice que los “invasores” cruzaran una frontera imaginaria dibujada en la alfombra, forzando la abdicación de Fernando VII (un niño se ofreció a representar al rey y una niña a Napoleón), así como la creación de una nueva autoridad que gobernara los destinos del imperio. Luego les pregunté cómo creían que había sido vista esta decisión por los chilenos, liderados por un niña que actuaba de Mateo de Toro Zambrano.

Para mi sorpresa, la mayoría parece haber comprendido que un cambio de autoridad no siempre es acatada de forma inmediata. Es decir, entendieron (quizás no conscientemente) que el grito “junta queremos” fue un reclamo de los vecinos de Santiago para resguardar los derechos de un territorio que contaba con una larga trayectoria autonomista. Al concluir, los reuní y les hice dos preguntas. Sus respuestas fueron, otra vez, muy estimulantes: recordaban los nombres de los principales actores y estaban al tanto de que la trama local había ido mucho más allá de Chile. Grata experiencia para un papá cuyo oficio no es del todo fácil de explicar.

Ignacio Sánchez

Rector Pontificia Universidad Católica

Fe y Razón

Se han celebrado los 20 años de la promulgación de la Encíclica Fides et Ratio, del Papa Juan Pablo II. “La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”. Con esta expresión se inicia esta carta, en la que se sintetiza el tema de la verdad, algo esencial en la vida y la historia de los hombres. El Papa respalda la capacidad de la razón humana para estar al tanto de la verdad, y demanda que la fe y la filosofía vuelvan a encontrar su unidad profunda. Fe y razón no se confunden, sino que se complementan: “Además del conocimiento propio de la razón humana, capaz por su naturaleza de llegar hasta el Creador, existe un conocimiento que es peculiar de la fe”.

Otro aspecto importante es aquel que señala que todos los hombres aspiran a la verdad acerca de su propia existencia. Dice la Encíclica: “El hombre busca un absoluto que sea capaz de dar respuesta y sentido a toda su búsqueda. Algo que sea último y fundamento de todo lo demás”. A través de los tiempos, el ser humano se ha planteado preguntas fundamentales sobre su identidad, su origen y sobre qué es lo que le sucederá después de su muerte. En la búsqueda de la verdad misma y su fundamento, la razón encuentra en la fe su apoyo más dotado de belleza.

Más adelante, se aborda la constatación de que en la época moderna se ha producido una separación entre razón y fe: “La razón, privada de la aportación de la revelación, ha recorrido caminos secundarios que tienen el peligro de hacerle perder de vista su meta final. La fe, privada de la razón, ha subrayado el sentimiento y la experiencia, corriendo el riesgo de dejar de ser una propuesta universal”.

Por otra parte, la encíclica expresa la confianza en que se puede alcanzar la verdad. Juan Pablo II indica que “el hombre es capaz de llegar a una visión unitaria y orgánica del saber. Este es uno de los cometidos que el pensamiento cristiano deberá afrontar a lo largo del próximo milenio de la era cristiana”. Y más adelante agrega: “Lo más urgente hoy es llevar a los hombres a descubrir su capacidad de conocer la verdad”.

Este año, en la UC nos sentimos interpelados por el Papa Francisco cuando nos indicó que “las universidades deben ser un laboratorio para el futuro del país”. En este trabajo, la fe y la razón nos ayudan a avanzar en el camino de la verdad.

La muerte de las zonas de sacrificio

“El escenario de la «transformación» es la única ruta que en la actualidad (…) puede mostrar una alternativa real de desenlace para esta crisis”.

Los recientes hechos de Quintero y Puchuncaví (QP) demuestran la impostergable necesidad de acabar con el concepto y la realidad de las zonas de sacrificio. La pregunta es cómo hacerlo. Pero no hay una respuesta simple, pues establece tensiones para las cuales nuestra sociedad no parece lista para enfrentar.

Para ello hay tres escenarios y, como demostraré, a estas alturas sólo tenemos un camino a seguir. El primer escenario es el del “enchulamiento”, pero éste ya no es viable bajo ninguna circunstancia. En la crisis anterior de QP, en 2011, me preguntaban cómo plantar unos árboles y pintar unos bancos para capear la ola de la crisis. Hoy, incluso la relocalización de la escuela de Puchuncaví —un poco más alejada de la zona industrial— está cuestionada por el persistente deterioro del medioambiente. Este camino de ajustes parciales y paliativos es una ruta imposible bajo cualquier punto de vista.

El escenario de la “erradicación” también ya ha sido sondeado en QP de manera no oficial, como también en otras zonas de crisis por desastres naturales. Incluso se hizo una vez, de manera oficial y fallida, en Chaitén. La evidencia de la experiencia es apabullante: No importa cuán grande haya sido la crisis, no hay espacio para pensar en aislar un territorio de las comunidades que lo habitan. Por ende, no hay ninguna señal para pensar que la solución efectiva y posible a una zona de sacrificio sea deshabitarla. Por supuesto, también es posible erradicar las industrias contaminantes, pero ello no evita el hecho de que seguirán contaminando, aunque no lo hagan en la concentración geográfica de una zona de sacrificio.

El escenario de la “transformación” es la única ruta que en la actualidad —ante los estándares de desarrollo sustentables y medioambientales, y las intenciones institucionales de un crecimiento integral ecológico— puede mostrar una alternativa real de desenlace para esta crisis. Es importante tener claro que el problema no es inventar la rueda para transformar un modelo ya muerto. El concepto y la aplicación efectiva de la simbiosis industrial reduce las emisiones y contaminantes para hacer viable la convivencia, y además ofrece otros beneficios. La simbiosis industrial se basa en un principio de economía circular, en la cual el desecho de una industria es un insumo para la otra transado mediante contratos bilaterales entre ellas.

La pionera en hacerlo es la ciudad de Kalundborg, en Dinamarca, que desde 1960 ha controlado la complejidad industrial de la región organizando las industrias en una estructura como la de una cadena alimenticia. Así las zonas de sacrificio serán una estructura de relaciones orgánicas, abarcando una gran variedad de entidades que interactúan con los recursos materiales disponibles. Puede parecer un sueño, pero existe y es real. Faltan ambición y voluntad política.

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