Sábado 8 de Septiembre de 2018

Los ciclistas de la zona están insertos en otro ritmo; uno con velocidad acorde a la naturaleza circundante.

A mediodía de una jornada de trabajo, aún inverna, en un largo camino de campo cercano a Quillota, se ven ciclistas pedaleando hacia acá o hacia allá… No es deporte, son trabajadores agrícolas que regresan para almorzar o que, desde sus casas, vuelven a la faena. Es evidente que allí no rige un imperativo urbano; pedalean lentos y sin estrés, alguno se detiene a comer una manzana.

De inmediato, el viajero se da cuenta de que estos ciclistas están insertos en otro ritmo; uno con velocidad acorde a la naturaleza circundante. Quizá la del agua que corre, la de los brotes que ya asoman, la de un riego todavía cauto. Como que no se necesita velocidad para podar ni esperar la cosecha, pues ésas son realidades naturales que llegan a su tiempo. ¿Lloverá otra vez?, es la única pregunta que les resuena, sin que por eso la vida se trastorne.

Entonces, a fines de un invierno, por el camino de Santa Olivia un ciclista mira, come una manzana, le da pulso a la vida y pedalea.

Calor de comunidad

Al este de La Cruz y Quillota se divisa una gran sierra de cerros y colinas muy bajos, amables, que hacen su límite por ese cardinal… De norte a sur las alturas de Pocochay, Santa Teresa, La Campanita, San Isidro, hasta San Pedro…, son una intromisión sabia de la cordillera de la Costa. En la medianía de este cordón, siguiendo la línea del pie de monte, está la calle larga de Santa Olivia. Es un lugar que, si desde 2015 protesta en contra de una subestación eléctrica —de Chilquinta— que cruzará sus terrenos agrícolas, sabe que su intimidad y vocación agrícola no deben ser invadidas por una tensión tecnológica ni económica que no nace de su suelo.

Hay algunas banderas negras. También venta de empanadas en el negocio de la señora Nancy Severin y un anuncio, repetido en varios muros, de “Pescado frito, plato único” a beneficio de Mauro Vallejos en la casa de la familia Rebolledo. Al fin, el ritmo humano de Santa Olivia, nacido desde un fundo ganadero a comienzos del siglo XX se prolongó hasta una economía agrícola altamente tecnologizada, sin perder su calor de comunidad.

Al contrario que los palteros o chirimoyeros de Quillota y la Cruz —que distan a diez minutos—, Santa Olivia supo encontrar su apropiado rubro agrícola. Aquí se optó por los cítricos —limones y naranjas— y, sobre todo, por el delicado y temprano cultivo en naves o invernaderos. Así, bajo cientos de techos plásticos, se darán tomates, pimentones, ajíes, pepinos y sobre todo flores. Por estos días se ven claveles. Más adelante habrá gladiolos y alstroamelias. También, bajo techo, en una casa en Los Morrillos, hay varios arbolitos cuajados de bábacos, un exótico fruto pariente de la papaya.

Al fin, en Santa Olivia, al adoptar la tecnología agrícola, el riego por goteo, canalización de aguas… les permitió crear un clima dentro de otro clima. Así, desde los cultivos tradicionales del valle de Quiillota, aquí se inauguraron rubros como el de la jardinería, plantas ornamentales, flores para paisajismo desde sus viveros.

La hora señalada

Olivia es oliva; pero aquí no las hubo. Y de Santa Olivia, la niña mártir del siglo IX que nació en Palermo, que vivió en Túnez e hizo milagros antes de los 13 años, poco se sabe. Menos que fue condenada a muerte por defender su virginidad. A Santa Olivia su nombre le viene desde el que tuvieron varias mujeres que desde muy antiguo, por propiedad y parentescos, estuvieron vinculadas a este terruño.

Una de ellas fue María Olivia de Concha Valdés, décima marquesa de Casa Concha; luego, doña Olivia Villalobos Arteaga, casada con Alberto Decombe Edwards, que tuvo cinco hijos, entre ellos a María Olivia Decombe Villalobos, agricultora y, como si fuese una premonición territorial, traductora de “El jardín secreto”, célebre obra de un escritor inglés, Francis Hodgson.

Todo comenzó en tiempos coloniales con la gran Hacienda La Palma, aun cuando estuvo sujeta a herencias y ventas intermedias. Hasta comienzos del siglo XX perteneció a Rafael Ariztía Lyon. Tras nuevas particiones, además de las del Fundo Santa Teresa (de Carmen Santa María de Lyon y luego de Baltazar Villalobos) nace el Fundo Santa Olivia. Don Alberto Decombe E., su propietario, es un notable hombre público y entre otras cosas se dedicará a su explotación. La Reforma Agraria, en la década de los 1960, terminará con las grandes haciendas aunque, hasta hoy, sus hijos tienen pujantes propiedades en el sector.

A lo largo de la historia, Santa Olivia nunca cambió su vocación agrícola y mantuvo una discreta presencia en el territorio vallino. Su rígida calle larga reforzó la geometría agrícola al plegarse a la del curso de las aguas, la de los cerros, la línea de la pendiente. Los canales Comunidad, Ovallino y el Waddington, más el estero de Pocochay (desde tiempos incásicos), que la cruzan de norte a sur, nutren su fidelidad a la topografía territorial.

Si alguien quiere visitar este lugar, desde la Carretera CH60, a la altura de La Cruz o Quillota, tome desvío hacia La Palma (de 3 km) y llegará hasta la bella capilla del mismo nombre, con su torre con relojes, adminículos que dan el nombre de “La Hora” al sector. Si mira hacia la izquierda ya está en Santa Olivia, y avance lentamente…

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