Sábado 8 de Septiembre de 2018

Helen Kouyoumdjian

Vicepresidenta ejecutiva de Fedetur

Construyendo un país turístico

El turismo en Chile tiene un peso cada vez mayor en la economía nacional y se transformó en un motor de desarrollo para el país. En la actualidad, somos la principal industria exportadora de servicios, generamos 350 mil fuentes de trabajo de forma directa, y contribuimos a la descentralización y progreso de las economías locales, por mencionar algunas contribuciones.

Conformada en un 95% por pequeñas y medianas empresas, esta actividad se encuentra en una etapa de plena expansión, exhibiendo un fuerte impulso en los últimos diez años. Con 6.4 millones de visitantes extranjeros en 2017 y 20 millones de pasajeros transportados en los terminales aéreos del país durante el mismo período, la industria se encuentra en una posición expectante, porque existe un enorme potencial para continuar creciendo en la medida que aprovechemos las oportunidades que se nos presentan y las ventajas con las que contamos como destino turístico.

Estos desafíos y tareas que tenemos por delante es lo que vamos a abordar en el principal encuentro de la industria organizado por Fedetur, denominado «Summit Turismo, Chile 2018», en el que participarán importantes autoridades de Gobierno, representantes del sector y expositores internacionales.

En lo esencial, uno de los aspectos más importantes, es la necesidad de avanzar en infraestructura turística, que permita responder a esta mayor demanda de visitantes con estándares internacionales y un servicio de primer nivel, ya que este crecimiento explosivo del turismo provocó un rezago que se debe resolver.

No me refiero solo a la infraestructura pública (conectividad aérea, fronteriza o portuaria), sino que también a la privada con nuevos proyectos de inversión que permitan diversificar la oferta y aumentar la capacidad para recibir visitantes. Debemos reforzar también elementos intangibles como la hospitalidad, una cualidad en la que como gremio debemos mejorar, ya que de ello depende que los visitantes se queden con una grata impresión de su estadía.

Hemos avanzado bastante, pero aún tenemos mucho camino que recorrer para construir un país turístico entre todos, y que como actividad continúe contribuyendo al bienestar de los chilenos en términos sociales y económicos.

Orador

Esa elocuencia es improbable en nuestro estado de anemia verbal colectiva”.

Carlos Franz

“Poseemos tanto: artes y conocimientos, leyes, tesoros, esclavos, la belleza de Italia, el dominio del mundo. ¿Entonces, por qué siempre cedemos al impulso de destruir nuestro propio nido?”.

Así habla Cicerón en la obra teatral, Imperium. Veo este drama político en un teatro del West End londinense, durante un caluroso anochecer de verano. La sala está repleta; tuve suerte al conseguir una entrada. Misteriosamente, el público aclama esta obra protagonizada por romanos togados que vivieron hace dos mil años y que además ¡dura siete horas! La habitual pericia de la Royal Shakespeare Company y la astuta dramaturgia, basada en una excelente novela de Robert Harris, no bastan para explicarse ese fenómeno.

Yo creo que el mérito es de Cicerón. El mérito pertenece a la fe de Cicerón en el poder de las palabras.

Tanto la novela de Harris como este drama teatral, intercalan citas textuales de Cicerón. Éstas retratan, con una elocuencia que atraviesa los siglos, la terrible crisis social y política que destruyó a la república romana y entronizó el imperio despótico que la sustituyó.

Marco Tulio Cicerón, que vivió entre el año 106 y el año 43 a. C., fue político, abogado y filósofo. Pero sobre todo fue un orador. Sin nobleza, ni fortuna, ni poder militar, sólo gracias a su extraordinaria elocuencia, Cicerón se elevó desde la clase media provinciana hasta la cúspide de la República: llegó a ser Cónsul.

Cicerón combatió a los populistas que exigían derechos a destajo, y atajó a los conservadores que habían quitado libertades al pueblo tras cruentas guerras civiles. Contra ambos, Cicerón defendió la centenaria constitución republicana que separaba y diluía los poderes. Los senadores nobles necesitaban de los tribunos de la plebe para aprobar sus leyes. Por su parte, el poder ejecutivo de los Cónsules (siempre elegidos en pares) era muy breve y sin reelección antes de diez años. Con todas sus imperfecciones, ese orden constitucional le había dado estabilidad y poder a Roma, convirtiendo una ciudad-estado en una potencia mundial.

Sin embargo, en tiempos de revoluciones y de reacciones, la moderación puede ser la alternativa más peligrosa.

Cuanto más mediaba Cicerón, más desconfiaban de él ambos extremos. Un tribuno de la plebe consiguió enviarlo al exilio. Cuando por fin Cicerón pudo regresar a Roma, la República ya no existía. Un dictador populista, Julio César, lo obligó a dejar la política y le prohibió hablar en público. Sin quererlo, le hizo un favor.

Cicerón se retiró a su casa de campo en Tusculum. Impedido de hablar, escribió tratados de filosofía que nos guían hasta hoy. Ayudado por su amanuense, ordenó e hizo copiar el enorme archivo de sus cartas y sus discursos. Así consiguió que su elocuencia perdurara dos milenios.

Tras el asesinato de César, Cicerón quiso volver a la política. Pero en esa polarización nadie escuchaba su discurso moderado. “Muchos dicen que unas cosas son ciertas y otras falsas. Yo digo que unas son más probables que otras”. Un triunvirato, que incluía al futuro emperador Augusto, mandó matar a Cicerón.

Su cabeza y sus manos fueron cortadas y clavadas en la misma tribuna desde la que solía hablar. Los enemigos de sus palabras se vengaron de su lengua pinchándola con un largo alfiler. ¡Fue el mejor homenaje a su elocuencia!

En la obra de teatro representada en Londres, Cicerón dice: “Mis únicas armas son las palabras. César y Pompeyo tienen sus legiones; Craso tiene su riqueza; Clodius, sus pandillas en las calles. Mis soldados son mis palabras. Con el lenguaje subí adonde estoy, y mediante el lenguaje sobreviviré”.

Cicerón sobrevive en sus palabras, es verdad. Pero la elocuencia parece moribunda.

La buena oratoria es filosofía y es teatro; es una argumentación profunda expuesta de una manera tan clara como conmovedora. Conforme a Cicerón, el orador debe demostrar que tiene razón (docere) ; debe hacerlo de manera deleitable (delectare) ; y debe animarnos a la acción (movere) .

Esa elocuencia es improbable en nuestro estado de anemia verbal colectiva. Hoy los políticos, los periodistas, los curas y hasta los catedráticos, se expresan —en general— con menos eficacia que los relatores de fútbol. Los buenos discursos son sustituidos por eslóganes publicitarios, por “cuñas” televisivas y últimamente por ese picadillo verbal que es Twitter. No es descartable que esta declinación de la oratoria contribuya al desprestigio de la política. También falta a su palabra quien no sabe pronunciarla.

Poseemos tanto: artes y ciencias, riquezas y técnicas, una tierra todavía hermosa. Y sin embargo descuidamos el verdadero nido de nuestra convivencia: el lenguaje.

VOLVER SIGUIENTE