Jueves 5 de Julio de 2018

Todos somos negros

“Decir que África es la reserva atlética del mundo sería un error propio del racismo”.

Viendo jugar a Bélgica y a Francia, he recordado esa magnífica afirmación de la Constitución de Haití, promulgada en 1805 por Jean-Jacques Dessalines: “Desde ahora todos somos negros”.

Algunos cronistas han aprovechado de explayarse en su humor racista a propósito de la composición étnica de la selección francesa. “La única selección africana clasificada es Francia”. Lo cierto es que la mayoría de los jóvenes del equipo francés nacieron en Francia y en algunos casos sus familias llevan más de una generación viviendo en los suburbios de París.

Desde el punto de vista africano, la colonización europea fue una aventura desastrosa. Las barreras nacionales inventadas y las economías coloniales —incluyendo el tráfico de esclavos— crearon las condiciones de corrupción, guerras interminables, hambrunas y miseria sin medida que han caracterizado a África desde hace decenios.

El volcamiento de la población africana hacia sus antiguos colonizadores no es más que el resultado de las sucesivas crisis poscoloniales. En todos los países de Europa, dependiendo de la cantidad de la extensión de su imperio colonial, se ha consolidado una pobreza nueva que colorea los barrios, las industrias, las universidades, las protestas y los deportes. Los beneficios económicos de este “ejército de reserva” son evidentes: mano de obra barata, abundante y sin afiliaciones sociales. La inmigración no es un acto de generosidad, sino un llamado de auxilio de Europa a la humanidad.

Mirado desde su lado emergente, el deporte es un acceso a la ciudadanía y a la cohesión de los emigrantes en su nuevo espacio de residencia. Decir que África es la reserva atlética del mundo sería un error propio del racismo. África es la reserva espiritual de la humanidad inventada por Europa. En el continente más antiguo residen la inocencia y la frescura intelectual que, al parecer, renovarán a la vieja Europa.

La promesa de las migraciones no tiene que ver con el color, sino con la incomodidad y el desarraigo. Los nómades rompen con las certezas sedentarias viajando no como turistas, sino como habitantes extranjeros en cada lugar que llevan a cuestas en sus desplazamientos. Son temporeros en los emplazamientos que ocupan. Son jugadores que no dejan de moverse. Que lo hacen como cazadores y panteras, cambiando el juego de las coreografías vetustas y aburridas de sajones, anglos y eslavos.

Los migrantes que nuestra hipocresía no puede acoger ni rechazar son la fuerza vital que el país necesita para renovarse. Mujeres y migrantes son el modelo de toda vulnerabilidad; de la fragilidad y del cuidado, de la entrega y de la búsqueda de lo nuevo. En los migrantes están las “minoridades” —las minorías cualitativas— que nos abrirán el porvenir si los invitamos a jugar con nosotros.

El acertijo de la (centro) derecha

La (centro) derecha chilena se encuentra ante un acertijo: debe resolver, desde la comodidad del poder, la lucha por la hegemonía de sus distintas almas, tomando en cuenta que mantener la unidad es clave para proyectarse más allá del actual gobierno.

Giulio Andreotti, el político más persistente de la Italia de la posguerra, decía: el poder desgasta a los que no lo tienen. La interrogante es ¿poder para qué? ¿Sólo para gestionar lo existente? ¿O para crear un nuevo modelo político, económico y social, relegitimando las estructuras e intereses del oficialismo?

Para algunos lo ideal sería reeditar a la Concertación, en torno a un nuevo centro capaz de restaurar el consenso neoliberal de los años 90. Pero un requisito básico para ello es tener un diagnóstico certero sobre la sociedad en la que vivimos, e identificar a los chilenos de hoy sin prejuicios ideológicos. Así como le dieron más de un 54% a Piñera en las últimas elecciones, más de un 60% eligió a Michelle Bachelet en 2013.

¿Los dilemas son derechos versus libertades, regulación estatal versus abusos, crecimiento con igualdad o crecimiento a secas? ¿Se trata más bien de una masa sin demasiada conciencia, salvo de sus necesidades más directas, o de gente empoderada que exige lo que le corresponde? Como siempre, la realidad está llena de matices que requieren ser distinguidos con precisión. Ni siquiera basta con estudios electorales. La alta abstención hace difícil establecer parámetros certeros. Si a ello agregamos una crisis de representación que afecta al conjunto del sistema político, las conclusiones de cualquier análisis son, por decir lo menos, inciertas.

Sabemos que prima la desconfianza en las élites, que el antiguo centro está en descomposición y que la izquierda no encuentra caminos de convergencia. Politizar en medio de conductas marcadamente individuales es un desafío arduo. Pero esta situación aparentemente favorable a la cultura de la (centro) derecha, puede encerrar un espejismo que llame a confusión si prevalecen los que quieren mantenerse en el statu quo. La alternativa es el cambio, para uno u otro lado, aunque no sepamos con exactitud cuáles son esos lados. La ausencia de opciones concretas profundiza un malestar que va en aumento y nadie ha logrado clavar la rueda de la historia. Que se sepa, al menos.

¿Género en las políticas públicas?

“Un problema de políticas diseñadas exclusivamente por hombres es que la otra mitad de la realidad queda invisibilizada”.

Por décadas, en Estocolmo, cuando nevaba mucho, lo primero que las autoridades despejaban eran las carreteras principales y las autopistas. Nadie cuestionó esto hasta que una “auditoría de género” mostró que la mayoría de los accidentes ocurrían en las veredas y calles secundarias, y que la práctica perjudicaba desproporcionadamente a las mujeres dado que eran ellas las que en mayor número se trasladaban en bicicleta o a pie, por ejemplo, para dejar a los niños en el colegio. La política cambió, se sacó primero la nieve de veredas y calles chicas, y el número total de accidentes y muertes bajó.

Así con las sorpresas que trae la incomprendida “perspectiva de género” en las políticas públicas. Pensemos en un ejemplo menos exótico: los usuarios de servicios de salud mental son, en su gran mayoría, mujeres. Sin embargo, son los hombres los que más se suicidan y presentan conductas antisociales. El tipo de enfermedad mental también varía por sexo y, en realidad, por género: las enfermedades mentales no responden sólo a cuestiones biológicas sino también a construcciones culturales sobre cómo son y deben ser los sexos, las que condicionan incluso la manera en que los grupos sociales se enferman y mueren. A las mujeres se les enseña a inhibir sus emociones hostiles y se enferman por eso; a los hombres se les fomenta mostrarse dominantes y lo hacen asumiendo comportamientos violentos. Una política de salud que no atienda a estas diferencias, que no incluya la famosa “perspectiva de género”, sería una política ciega y errática.

Uno de los problemas que heredamos de políticas e instituciones diseñadas durante siglos casi exclusivamente por hombres es que la otra mitad de la realidad, la que viven las mujeres, o quedó invisibilizada o fue explicada por quienes no la han experimentado, con toda la cuota de fantasía, distorsión y conflictos de intereses que eso implica. Estos sesgos son difíciles de dimensionar, pero es urgente, para tener políticas más eficientes y justas, empezar a trabajar en ellos.

En Espacio Público iniciamos un nuevo proyecto de trabajo. Nuestra meta es aportar una metodología teóricamente sofisticada y a la vez fácil de aplicar que, de implementarse, permita visibilizar en el diseño, aplicación y evaluación de las políticas públicas el impacto que estas tienen en la vida de las mujeres, en el tipo de relaciones que se están construyendo entre los géneros y, en la eficiencia de las propias políticas. Queremos aplicar esta metodología a temas como medio ambiente, transporte, energía, educación, pensiones, política tributaria, entre muchos otros. Consideramos que es imprescindible instaurar una perspectiva de género en políticas públicas. Sólo así avanzaremos hacia sociedades realmente más inclusivas y justas, que se hagan cargo de las problemáticas de toda la ciudadanía y no sólo de una fracción de ella.

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