Viernes 8 de Junio de 2018

Nelly Richard

“Sobran artistas y curadores, pero faltan críticos”

La presencia de esta intelectual de 70 años es única en Chile: ella instaló la figura de la crítica cultural que se dedica a detectar y desarmar las trampas de los discursos dominantes. Acaba de lanzar el libro “Arte y política”, que recopila algunos de sus textos.

Por Catalina Mena

No tiene facebook ni twitter: ninguna red social. “Las considero demasiado invasivas”, explica. Una distracción que atentaría contra su productividad, porque Nelly Richard no para un minuto de pensar, escribir y publicar. Pero además no necesita vivir online para estar al tanto de los debates que circulan. Para eso, asegura, cuenta con fieles amigos informantes que le transmiten los contenidos editados.

Desde los 80, Nelly Richard se consagró como una agente de peso en el medio del arte. Durante cuarenta años ha realizado muchas curatorías –entre ellas la Bienal de Venecia 2009--, ha practicado la docencia, ha dado conferencias y ha publicado innumerables textos de arte. Su aporte a este campo le valió, en 2017, ser la primera en obtener el Premio a la Difusión y Desarrollo de las Artes Visuales, Carmen Waugh, que reconoce su trayectoria. Pero, mucho más allá de ese ámbito, tanto dentro como fuera del país Nelly Richard es valorada como una pensadora que ha cuestionando sistemáticamente las ideas que han ido dominando la cultura chilena en distintos momentos, para denunciar contradicciones y violencias y ofrecer nuevas perspectivas que emancipen la cabeza y el cuerpo. Ha escrito más de 10 libros anticipándose a temas que hoy están en plena discusión, como los determinismos sexuales y de género, el feminismo, las manipulaciones de la memoria post dictadura y, en general, todo lo que atañe a las estrategias discursivas del poder.

En agosto sacará otra publicación que reúne una serie de ensayos bajo el título “Abismos temporales: Feminismo, estéticas travestis y teoría queer”. “Es un conjunto de textos sobre los debates feministas en torno al binarismo masculino/femenino, sobre las encarnaciones de la ‘loca' en su versión latinoamericana y su reemplazo por lo gay o lo trans en la escena internacional, sobre las tensiones locales entre las sexualidades críticas y los discursos normativos en la universidad y la política”, cuenta.

Feminista activa desde los 80, celebra la potencia insurgente del movimiento actual de mujeres, pero advierte una arremetida destinada a neutralizarlo.

—¿Qué es lo que más te preocupa, te inquieta y afecta del Chile actual?

—La arremetida de una extrema derecha que habita descaradamente la esfera pública. Basta con escuchar a José Antonio Kast o escrutar los rostros de la UDI involucrados en la historia de la dictadura para comprender la necesidad de seguir activando una política de la memoria que nos sirva de resguardo ético contra las obscenidades del presente.

—El término "neoliberal" se repite con frecuencia en tu pensamiento como un marcador de violencia. ¿En qué consiste esa violencia?

—Una de las violencias que ejerce el neoliberalismo es la de instaurar un régimen de mercantilización de los intercambios sociales que lo mide todo en función de lo rentable y lo eficiente. Los indicadores de productividad del capital desechan cruelmente lo que no rinde. El culto al éxito premia lo individual en perjuicio de lo comunitario. El manejo empresarial nos impone su racionalidad técnica de los datos y las cifras. El neoliberalismo llevó la economía a triunfar como única ciencia explicativa de la sociedad. El arte y las humanidades, el pensamiento crítico, deberían sentirse llamados a rebelarse contra este reduccionismo de lo operacional que sofoca la imaginación.

—También el neoliberalismo celebra la “diversidad”.

—Pero la coexistencia de lo diverso se festeja con un menú de opciones hecho para el consumo irreflexivo.

—¿Cómo evalúas el nuevo movimiento feminista expresado en las tomas?

—Las tomas feministas le dieron una nueva inspiración al movimiento estudiantil de 2011 que había perdido su efervescencia y, a la vez, reanudaron la memoria histórica del feminismo de los ochenta cuya energía ciudadana se había disipado. Por otra parte, desafiaron la moral sexual del conservadurismo de derecha que volvió a instalarse en pleno con Kast, la UDI y la “bancada cristiana” en el parlamento. No existe ninguna posibilidad que la “agenda mujer” de Piñera o el discurso de la “equidad de género” de la ministra Isabel Pla reabsorba el exceso libertario de las tomas feministas a través de políticas públicas de corte liberal. Se veían letreros en las tomas y marchas que decían “¡Abajo el patriarcado y el capitalismo!” y “No al servicio materno obligatorio” en rechazo al mito idealizado de la familia como entidad procreadora.

—¿Qué futuro le ves?

—Por supuesto que las tomas y marchas van a sufrir un repliegue de intensidad. La derecha ultraconservadora va a contraatacar. Se va a restaurar el orden y el control después de la insurgencia. El gobierno de Piñera va a meter una cuña entre el feminismo radical (de izquierda) y el feminismo liberal (de derecha) para dividir la comunidad de las mujeres que dicen sentirse representadas en un “nosotras”. La derecha va a reemplazar el reclamo feminista de soberanía y autodeterminación sobre el cuerpo por la legalidad de protocolos contra el abuso y por nuevos contratos de beneficios individuales dentro de un sistema empeñado en mantenerse tal cual. Pero así y todo, la magnitud de lo sucedido no va a desaparecer sin dejar rastros. Se modificó la composición de discursos de la esfera pública con la irrupción y diseminación de la palabra “feminismo”. Quedó desestabilizada simbólicamente toda una arquitectura de poderes masculinos dentro y fuera de las universidades. La señal de alarma no se va a disipar tan fácilmente.

Torcer los códigos

De extraordinaria agudeza y sofisticación intelectual (incluso hay muchos que le tienen miedo o que encuentran muy difíciles sus escritos), en los ochenta Nelly Richard adquirió un peso y liderazgo indiscutido, acuñando el término “Escena de Avanzada” para designar a la movida de arte crítico y experimental durante la dictadura, en la que participó activamente. Esta escena --que agrupaba a artistas como Carlos Leppe, Eugenio Dittborn, Juan Dávila, Carlos Altamirano y Lotty Rosenfeld-- hoy es referente obligado de la historia del arte chileno y además objeto de controversias.

A la pensadora le interesa el arte solo cuando es capaz de desarticular las representaciones hegemónicas. De eso trata su último libro “Arte y política (2005-2015)”, que acaba de salir editado por Metales Pesados. La publicación reúne y da una visibilidad inédita a obras que interrogan críticamente el entorno político y social. En un medio que se percibe como disperso y donde muchos acusan el triunfo de un arte decorativo y comercial, este libro comprueba que ha habido y siguen habiendo prácticas artísticas que operan a contrapelo del mercado. El libro también abre preguntas sobre qué es “lo político en el arte”. “Se tiende a creer que el ‘arte político' es un arte de denuncia o que debe intervenir directamente en las tramas comunitarias. Para mí, lo ‘político' puede radicar en el acto de subvertir la mirada, de alterar percepciones y comprensiones, de torcer los códigos dominantes”, señala la autora.

—Dentro del mundo del arte siempre hay discusiones en torno a la "Escena de Avanzada". Se debate qué tan válida es la denominación, qué artistas tienen derecho a pertenecer y cuáles no, incluso se te responsabiliza por las omisiones. ¿Qué piensas respecto a esa discusión?

—Me parece que el recuerdo de la Escena de Avanzada suscita una mezcla de odio y de fascinación que sigue manteniéndola vigente (aunque sea fantasmalmente) pese a los desesperados esfuerzos de algunos para aniquilarla. A la vez se multiplican los investigadores y coleccionistas que persiguen algún fetiche documental de la escena de los ochenta. Hoy se está exhibiendo en dos importantes galerías privadas a artistas vinculados a la Escena de Avanzada: Carlos Gallardo en D21, Elías Adasme en la Galería Isabel Aninat, además de una caja llamada “Pietá” sobre una performance de Leppe y Dávila de 1982.

—¿Cómo se instala la denominación “Escena de Avanzada”?

—Se oficializó después de que publiqué Márgenes e Instituciones, en 1986. El libro nunca pretendió convertirse en canon, ya que estaba demasiado consciente de su precariedad, pero contra todo pronóstico se fue convirtiendo en un referente. El libro agrupa distintas prácticas que transgreden la tradición de las Bellas Artes y que llaman a rebelarse contra el autoritarismo y la violencia imperantes. Puede ser que su recorte sea tendencioso, porque es de crítica militante y toma partido. Para quienes consideran que el recorte es arbitrario y necesitan más garantías historiográficas, hay otro libro de la época, Chile, arte actual, de Gaspar Galaz y Milan Ivelic.

—Ahora, mirado a la distancia, ¿qué te sorprende de esa escena artística?

—Su audacia conceptual, su valentía política, su rigor analítico y su desborde creativo.

—El equipo editorial con que trabajaste en tu último libro tiene en promedio 27 años ¿Cómo ha sido esta experiencia de trabajo intergeneracional?

—Hicimos un esfuerzo por rastrear escenas y figuras emergentes. Era indispensable conformar una espacio intergeneracional porque quienes colaboraron conmigo –Lucy Quezada, Mariairis Flores y Diego Parra- están conectados mucho más directamente que yo con los micro-espacios de arte joven. Lo interesante fue asumir la selección y la discusión de las obras como parte de un trabajo horizontal de cruces de experiencias y puntos de vista.

—¿Crees que hay una nueva generación de teóricos que puede revitalizar el pensamiento crítico en el medio del arte?

—Sería desolador no confiar en la aparición de nuevas voces teóricas, aunque en la actualidad me parece que, por un lado, sobran artistas y curadores y, por otro, faltan críticos que se atrevan a sostener juicios y opiniones que vayan en contra del éxito de mercado o de la comodidad institucional.

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