Miércoles 6 de Junio de 2018

La llamada de la tribu

“El cuestionamiento inteligente de las verdades absolutas es una forma de concebir el mundo que todo seguidor de las libertades individuales debería hacer suya”.

El último libro de Mario Vargas Llosa es una interesante puerta de entrada al estudio de lo que generalmente se conoce como “liberalismo clásico”. Mediante siete semblanzas de estudiosos connotados —Smith, Ortega y Gasset, Hayek, Popper, Berlin, Aron y Revel—, el autor peruano condensa lo que, para él, son las principales conquistas de Occidente: la libertad y la democracia representativa. En ese sentido, más que una autobiografía intelectual, “La llamada de la tribu” es una recopilación de ensayos políticos cuyo objetivo es hacer una defensa del liberalismo como el articulador de la sociedad moderna.

Salvo quizás Ortega y Gasset, el resto de los pensadores pueden efectivamente ser estudiados bajo el prisma del liberalismo clásico. Uno de los puntos más sobresalientes de esta lista de nombres es que, incluso Smith y Hayek, estaban interesados en cuestiones que iban más allá de la libertad y el crecimiento económico; en efecto, los unía el convencimiento de que los intelectuales deben ser escépticos ante el poder y críticos de cualquier proyecto ideológico constructivista. Donde mejor queda demostrado lo anterior es en las semblanzas de Popper y Berlin.

En el caso de Popper, el libro resalta dos cuestiones: por un lado, la muy sugerente idea de que toda verdad debe estar “sometida a la prueba del ensayo y del error, a su verificación y negación”. Esto quiere decir que una verdad puede ser “falseada”, dando paso a otra verdad, la que, con el paso del tiempo, también será puesta a prueba, ya sea por la realidad concreta o por una nueva y más plausible hipótesis de trabajo. Por otro, la crítica de Popper a toda forma de conocimiento histórico que subordine el curso de los acontecimientos a una concepción determinista del futuro (lo que él llamaba “historicismo”).

En cuanto a Berlin, no cabe duda de que Vargas Llosa siente una admiración profunda por el profesor de Oxford fallecido en 1997, incluso por sobre autores más contemporáneos como Revel. Las páginas dedicadas a la libertad “negativa” y “positiva” están muy bien logradas, así como las que refieren a las diferencias entre dos clases de personas: los “erizos” (ordenadas y sistemáticas) y los “zorros” (dispersos y a veces tumultuosos y contradictorios). El propio Vargas Llosa se declara más cercano a los “zorros”, ya que, para él, vivir en “la sombra y el desorden” puede ser menos traumático que la “claridad y el orden”.

Ahora bien, a pesar del escepticismo de Popper y Berlin, ninguno de ellos era un relativista a la usanza de Foucault o Derrida. Más bien, lo de ellos era el cuestionamiento inteligente de las verdades absolutas y unívocas, una forma de concebir el mundo que todo seguidor de las libertades individuales debería hacer suya.

¿Por qué promover equidad de género?

La lucha de la mujer por una mayor equidad de género cobra más fuerza. Chile no es la excepción. Más allá de mis simpatías con varios de los reclamos del movimiento a nivel mundial, resulta interesante pensar en uno de ellos: que más mujeres tengan acceso a ciertos trabajos que socialmente son considerados de hombres. Según la OIT (2017), en Latinoamérica alrededor del 21% de las empresas tiene a mujeres en posiciones directivas, y en el sector público la cifra alcanza al 20%.

¿Por qué deberíamos promover un acceso uniforme a ambos sexos? ¿Qué beneficios (costos) supone? Muchas restricciones al acceso de mujeres a ciertos empleos son resultado de normas sociales. Incluso en labores donde el trabajo físico juega un rol, la tecnología reduce diferencias en productividad entre géneros. Más representatividad femenina trae beneficios en términos de mayor cohesión social: una mayor parte de la sociedad se siente representada por personas afines a sus problemas. Estudios como Dezsö y Ross (2012) o Huang y Kisgen (2013) evidencian que la presencia de mujeres en puestos directivos mejora el rendimiento en el sector privado. Y en el público, la asignación de recursos y las prioridades legislativas favorecen a todos. Un mayor vínculo entre cohesión social y eficiencia económica reduce las tensiones entre grupos; por ejemplo, habría menos manifestaciones. Más cohesión social no sólo es deseable por sus efectos sobre la eficiencia, sino que podría ser deseable en sí misma.

Partiendo de que en algunas dimensiones hombres y mujeres son distintos, una participación más balanceada en el trabajo debe generar ganancias en eficiencia en términos de colaboración. Entonces, aumentar la presencia de mujeres supone traer nuevas visiones sobre cómo enfrentar los problemas particulares a cada labor. Para esto son necesarias mejores políticas. Pero no sólo se trata de hacer y pedir reformas, sino también de que hombres y mujeres reconozcamos y aceptemos que la diversidad es clave para el crecimiento de la economía, el progreso y el buen vivir. Avanzar en igualdad de género representa potenciales ganancias para todos. Es necesario que exista la voluntad de aportar en la discusión y escuchar; involucrar a los hombres es un paso importante para avanzar.

Mona Serageldin

“Desde su primera clase, es imposible no ver la ciudad con una mirada que no sea la del lugar en que hacemos nuestras vidas”.

Muchos de quienes estén leyendo esta columna —la gran mayoría, de hecho — no entenderán a qué se debe el título. La profesora Mona Serageldin nació en Egipto, donde fue a la universidad, y después realizó su magíster y doctorado en Harvard. Allí la conocí como académica e investigadora. No olvido ese primer día de clases, en 2005, cuando entró a la sala para dictar la primera clase del curso de desarrollo urbano: una señora mayor, de no más de 1.55 cm de altura, con un carro de diapositivas —cuando ya muy pocos insistían en esa tecnología—. En sus clases mostraba pacientemente cómo aplicó sus enseñanzas en ciudades de todos los continentes, en temas de desarrollo local, planificación estratégica, inclusión social y evaluación de políticas y programas públicos. Una vez que jubiló de la academia, hace 13 años, fundó el Instituto Internacional de Desarrollo Urbano en Cambridge, Massachusetts.

Allí volcó su modo integral y humano de comprender las grandes complejidades urbanas de hoy, una aproximación. Tras su reciente muerte, ése es uno de sus mayores legados. Temas como la descentralización, las finanzas municipales del desarrollo urbano, la planificación y gestión urbana participativa, la regularización de infraestructura y suelo, el microcrédito para vivienda e infraestructura, el desarrollo basado en la comunidad, la revitalización del tejido urbano histórico y la migración con sus impactos, son entre otros, son el necesario caleidoscopio para comprender la dimensión humana del desarrollo de las ciudades.

En Chile, el crecimiento de la inmigración está cambiando el rostro de nuestras ciudades. Los inmigrantes son los nuevos residentes, marcados por su resiliencia única, sujetos a la informalidad de vivienda, a una fuerte segregación y a la falta de una planificación estratégica nacional. Su vida, sus experiencias, son el rostro de una ciudad desde el dolor y desde la felicidad.

Desde ese modo de comprender las condiciones sociales, culturales y económicas, construyó puentes entre el mundo académico y la vida de las personas, los gobiernos y los privados. Esa era una de sus enseñanzas más poderosas: la investigación aplicada. Mona Serageldin comprendía a cabalidad el sentido de ésta como un tipo de estudio que emana de la observación cuidadosa en terreno, del levantamiento metódico de información, y de sus explicaciones tensionadas con la teoría. Desde aquella primera clase, es inolvidable no ver la ciudad como el lugar donde nacemos, nos educamos, trabajamos, nos divertimos, y morimos, con un rostro que tiene nombre, familia y entorno. Desde entonces la ciudad ya no es para mi un objeto estético o de datos, sino más bien —y lo relevante— un proceso de desarrollo con un objetivo ético para todos los que vivimos en ella, que podríamos llamar urbanismo humano.

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