Miércoles 30 de Mayo de 2018

Guerras perdidas

“Antietam parece una vasta planicie mortuoria, con pastizales que se extienden por millas y corridas interminables de lápidas”.

El último lunes de mayo, Estados Unidos celebra “Memorial Day”, feriado que recuerda a los soldados que murieron en combate. Los noticieros suelen mostrar viñetas de personas que recuerdan a familiares caídos en Irak, Afganistán o alguno de los otros países donde pelea el ejército estadounidense.

Aproximadamente, una de cada diez personas sin hogar en el país es un veterano de guerra. Son alrededor de 40 mil ex soldados que duermen en albergues, bajo puentes, en sus autos o en la calle. Ello ocurre en un país cuyo gasto militar —610 mil millones de dólares en 2017— supera al de los siguientes siete países combinados —China, Rusia, Arabia Saudita, India, Francia, el Reino Unido y Japón— que más gastan en defensa.

Justamente el lunes pasado visité Antietam, sitio de la batalla más cruenta de la Guerra Civil estadounidense, donde el 17 de septiembre de 1862 cerca de 23 mil soldados murieron, fueron heridos o desaparecieron. El paseo me recordó la escena final de la película “J'Accuse” (1938), del director francés Abel Gance, en la cual soldados muertos en la Primera Guerra Mundial se levantan de sus tumbas en el cementerio de Douamont y marchan en oposición a un inminente nuevo conflicto. En su libro “Ante el dolor de los demás”, Susan Sontag describe esta escena en que “la vasta planicie mortuoria vomita sus multitudes”. Antietam también parece una vasta planicie mortuoria, con pastizales que se extienden por millas y corridas interminables de lápidas.

El sitio de la batalla entre el general Robert E. Lee, del Ejército Confederado, y el general George B. McLellan, del Ejército de la Unión, atrae a miles de turistas cada año. Las disputas que originaron la guerra pueden haber sido oficialmente superadas, pero siguen prestas a levantarse como los soldados del filme de Gance. Basta pasear por la avenida principal de Sharpsburg, pueblo vecino a Antietam, con sus banderas confederadas en restoranes y casas, y su calle que lleva el nombre del general Lee.

Hace unas semanas, fui con mi hija a una “feria científica” organizada por distintos colegios de la región. En ella, alumnos de básica exhiben sus experimentos y, supervisados por profesores, construyen pequeños robots motorizados. La feria cierra con un espectáculo que atrae a la mayor parte del público a estos encuentros: una batalla de robots similar a las luchas de sumo. La competencia es por eliminación y consiste en que los robots deben sacar a otros de un círculo marcado en el suelo. El ganador este año fue el “General Lee”, construido por un grupo de niños de un colegio de Maryland. Que el ganador haya sido bautizado así tal vez habría causado polémica en una ciudad progresista como Nueva York. Por el contrario, en estas regiones donde es más frecuente ver banderas confederadas en autos y casas, es una pequeña batalla cultural de una guerra que aún no se da por perdida.

Salud mental y primera infancia

El Gobierno, en sus primeros meses, ha puesto la primera infancia dentro de sus prioridades. Es una buena noticia, ya que es en ese período en el que se adquieren las habilidades, tanto cognitivas como no-cognitivas, que sientan la base para el desarrollo futuro del niño.

Existe amplia evidencia sobre el impacto positivo de las políticas públicas orientadas a este período de la vida —apropiadamente diseñadas y ejecutadas— en diversos resultados futuros. La evidencia internacional muestra que la inversión en infancia temprana, entre otras cosas, aumenta los logros educacionales en la etapa escolar, lo cual a su vez amplía oportunidades laborales, y también reduce comportamientos de riesgo, como embarazos adolescentes y conductas delictivas.

Entonces, para el diseño efectivo de políticas públicas enfocadas a la primera infancia, se vuelve relevante analizar los factores que afectan el desarrollo infantil temprano. Algunos de ellos son el entorno del niño, como características en su hogar, el acceso a establecimientos de cuidado infantil y educacionales, así como el acceso a servicios de salud.

Respecto a este último, sabemos también que el estado de salud de la madre durante el embarazo tiene un efecto en la salud del niño cuando nace. Pero no sabemos tanto respecto del rol que juega la salud mental de la madre en el embarazo. En un estudio reciente encontramos que, si una madre es expuesta a altos niveles de estrés durante su embarazo, esto afecta negativamente la capacidad del niño de desarrollar habilidades cognitivas y aumenta sus problemas conductuales en los primeros tres años de vida.

Chile es un país con alta incidencia en problemas de salud mental, particularmente entre mujeres. A pesar de la larga historia de políticas de salud pública orientadas hacia la salud física de las madres y sus hijos en el período prenatal, el Estado está al debe en la cobertura de problemas de salud mental.

Nuestros resultados indican que la salud mental en el embarazo juega un rol crucial en el desarrollo de los niños. Por lo tanto, las políticas públicas orientadas a mejorarla —tanto en la población general como en particular en mujeres en período gestacional— deberían ser también una prioridad en la agenda de primera infancia.

Rabia ingenua o sentido común

“Pedir lo imposible puede sonar excitante, pero también da lugar al desgaste y, peor aún, a un desierto de vacío”.

Una mejor comprensión del movimiento “feminista” debe partir por entender que se trata de un movimiento contracultural, y en consecuencia no es claro que existan respuestas institucionales formales que lo aborden. La razón es simple: las instituciones formales emergen en contextos culturales específicos, en los que determinadas prácticas culturales soportan prácticas institucionales. Luego, las respuestas pueden enfrentar un déficit resolutivo permanente.

¿Esto significa que no se puede hacer nada? En modo alguno. Por el contrario, existen respuestas, pero desde lo que está dado en dichas instituciones. Por ejemplo, si la garantía de igualdad es universal, lo propio es garantizarla y, por tanto, aplicar la ley para que el ejercicio de derechos de las mujeres no sea conculcado.

Ahora bien, más complejo es lo que ocurre a nivel de la vida cotidiana y del lenguaje. El miedo a la sanción es una fuente importantísima de autorepresión de nuestras conductas. El temor a transgredir las normas sociales es una de las fuentes de la culpa, la que cuando se hace permanente se expresa en malestar con la cultura predominante (Freud). Una transición de los estándares de lo correcto e incorrecto —lo que estaría teniendo lugar— también podría dar lugar a un estado de malestar, sólo que hacia los modelos contraculturales, cuando estos no encajan adecuadamente o contravienen el sentido común. Qué mejores ejemplos que lo que ocurre en el humor cotidiano, en los llamados de atención de un profesor a un alumno, la reprensión a un amigo o amiga, etc. La diferencia entre lo que puede ser llamado sexista o discriminatorio y lo que no lo es, en muchas ocasiones, es muy tenue.

Si el objetivo es eliminar espacios arbitrarios de discriminación, se deben distinguir los alcances de lo que resulta apropiado de lo que es absurdo. Pedir lo imposible puede sonar excitante, pero también da lugar al desgaste y, peor aún, a un desierto de vacío. Por cierto, eliminar expresiones tales como “seguro, está en sus días” y símiles no devenga grandes esfuerzos.

Todo proceso civilizatorio —como señala N. Elias— naturalmente excluye conductas que son higiénica y estéticamente inaceptables, tales como escupir en la calle y otras peores, como resultado de la autocoacción y respeto. Pero de allí al abuso en la sospecha de sexismo en conductas que de suyo no lo son, o que son el reflejo de que somos prisioneros de esa jaula que es la cultura, existe una gran diferencia, y el peligro de terminar en el descrédito. Por ejemplo, la insistencia en que se deje de emplear el término “discapacitado”. Un movimiento que quiera avanzar efectivamente en generar cambios reales enfrenta la disyuntiva política entre la rabia ingenua y el sentido común.

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