Martes 15 de Mayo de 2018

El espíritu y la máquina

“La derecha más recalcitrante y ‘maquinal' se ve desafiada por otras en las cuales el ‘espíritu' parece soplar”.

“Espíritu” y “máquina”, así pueden llamarse dos polos entre los que se desenvuelve la actividad política. La política es “espíritu”, ánimo lleno de ideas capaces de provocar conversiones, de convencer, de estimular a la comunidad, la aparición de vínculos compartidos, de amistades cívicas, de elevar la vista hacia el interés de la totalidad, de la patria, del otro. Y es, a la vez, mecanismo, dispositivo, de campaña y partidista, la técnica del proselitismo, de los cargos que se obtienen y las trenzas y martingalas que es posible articular. Ambos se necesitan.

El “espíritu” tiene que encarnar, para volverse eficaz. La “maquinaria” sin “espíritu” pierde su vitalidad y termina sucumbiendo en la desazón y la corrupción. Un mecanismo muy “espiritualizado”, sin embargo, puede perder el rumbo republicano e inclinarse hacia el fanatismo.

En nuestra política hemos experimentado los dos excesos. En los años sesenta, el “espíritu” irrumpió sin mediación, la iluminación de visionarios acabó por arrasar la pradera, las instituciones parecieron cáscaras corruptas y se despreció su capacidad de orden y cauce.

Con el avance de la transición, en cambio, la “máquina” tendió a predominar. El “espíritu” fue apagándose, de lado y lado. Mauricio Redolés le cantó a esta jugada. “Murió porque no, murió porque sí, murió pa' que voh no estuvierai ni ahí”, así le ocurrió a Gaete, en “¿Quién mató a Gaete?”

Pasó el tiempo y la Concertación, perdido el “espíritu” y derrotada, cedió el poder a una centroderecha donde, hacía décadas ya, era la “máquina” y no el “espíritu” lo que venía predominando. O algo así como el “espíritu de máquina”, el empresario orgánico, ese de MBA y praxis exitista, que les donaba a sus políticos preferidos.

Los problemas de desbalance comenzaron a acentuarse. En medio de la más testaférrica “máquina” de la Nueva Mayoría —la “G-90”— hubo un conato de “espiritualismo”, con Peñailillo. Luego, en la pose de oligarquía arrepentida, con Eyzaguirre ilustrando a los apoderados de colegios subvencionados sobre su arribismo. Y en los “espiritualizados” de la izquierda más extrema surgieron las “máquinas”, como alegó Alberto Mayol.

Hay otra descompensación que puede ser relevante. La derecha más recalcitrante y “maquinal” se ve desafiada por otras —una socialcristiana, una nacional, una liberal centrista— en las cuales el “espíritu” parece soplar. No es el puro “espíritu vengador”, ígneo y deslumbrante. Estamos hablando de centroderecha. Pero es un movimiento significativo en la medida en que viene a introducir en el metálico economicismo de los ganadores algo de la llama de la que pende el significado de la política. Son movimientos que conectan con la historia larga del país y su pensamiento político, y quieren proyectarse al futuro allende la mentalidad de clase.

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