Martes 8 de Mayo de 2018

Oposición: ¿un soplo a las brasas?

“El gobierno de Bachelet le facilitó la vida a su oposición. El actual va por las mismas”.

Los analistas coinciden: no hay oposición. La derrota bíblica de la Nueva Mayoría y la DC dejó apenas las brasas. El Frente Amplio, una incógnita. Que las varias oposiciones sean una sola —y así, el contrapeso al Gobierno— se ve más que lejano.

¿No será muy temprano para juicios tan categóricos? En abril de 2014, tras otra derrota épica, el futuro de la centroderecha pintaba similar. Pero hacia mediados de año estaba en forma. Cuando el juego recién se inicia, es más útil identificar qué condiciones pueden influir para que durante el año haya, a lo menos, una semblanza de oposición.

Una de las condiciones es una paradoja. La oposición depende de la acción del Gobierno para revivir. Oposición es reacción. Veamos en qué se manifiesta esta paradoja.

Primero, en la agenda del Gobierno. Aunque menguado, el poder de activar la agenda pública (y así a la oposición) aún lo conserva el Presidente. En 2014, la administración Bachelet, confiada en su mayoría parlamentaria, optó por el rodillo legislativo de sello antitético a la oposición. Ello gatilló la pronta rearticulación de ésta. La actual administración, en minoría en el Congreso, diseñó una estrategia inversa: una agenda legislativa mínima y sin riesgos, social y generada en comisiones externas que blinden eventuales proyectos. El lustre lo aporta la gestión y el crecimiento. La divisa: hacer circular la pelota, enfriar el partido.

Es razonable. ¿Pero es sostenible durante cuatro años sólo gestionar herencias? ¿Será suficiente confiar en el crecimiento para garantizar un segundo período? Dudoso. Materias claves para el país involucran al Congreso. El Gobierno tendría que arriesgarse con proyectos de pensiones e impuestos este año, y en septiembre debe ingresar la ley de presupuesto. Maná para la oposición.

Segundo, en la relación que el Gobierno propone a la oposición. Fiel a su estrategia de inmovilizarla, la administración Piñera mostró una cara amable y ofreció llegar a acuerdos, pero en comisiones dirigidas por el Presidente e integradas por opositores selectos. Lo que pudo parecer una ganancia, por la presencia del diputado Boric y el senador Lagos, también fue un soplo a las brasas que encendió el ánimo en la vereda de enfrente. Clásica victoria pírrica.

Así, el Gobierno no aprovecha el ahogo del adversario para forzar acuerdos, y más bien le regala un balón de oxigeno. Lo más sencillo para una oposición confusa es la relación antagónica, blanco/negro. El gobierno de Bachelet le facilitó la vida a su oposición. El actual va por las mismas, sumado a sus errores no forzados (innecesario listarlos) y conflictos sociales que escalan por un manejo insuficiente. Ofrecen al adversario la oportunidad de reunirse. Para aprovecharla no se requiere de ningún prodigio o talento excepcional. El 21 de mayo será un hito en que el Gobierno propondrá y la oposición dispondrá.

La izquierda y el joven Marx

Se cumplieron 200 años del nacimiento de Karl Marx, cuyo legado continúa siendo objeto de reflexión y polémica. Hablamos no sólo del principal referente intelectual de la izquierda, sino también de quien es concebido —junto a Durkheim y Weber—como uno de los padres de la sociología. Y aunque ambas facetas no siempre van de la mano, hay momentos en los que parecieran encontrarse el ideólogo político y el pensador que escruta la realidad. Uno de esos momentos, que nuestra izquierda haría bien en meditar, remite a la obra del joven Marx.

En 1844, el nacido en Tréveris publicó “La cuestión judía”. Más allá de su foco central (responder a un texto de Bruno Bauer titulado igual), es pertinente recordar la imagen de la sociedad burguesa que ahí dibuja Marx. En este texto él critica de modo muy agudo un mundo que considera basado en el egoísmo, y apunta contra los modernos derechos individuales y su influencia en ese cuadro. Los describe como “los derechos del hombre egoísta, del hombre separado del hombre y de la colectividad”. Así, denuncia las prerrogativas que invoca “un individuo replegado sobre sí mismo, sobre su interés privado, sus placeres privados y separado de la comunidad”.

Desde luego, los pasajes citados son interesantes no tanto por su diatriba contra el egoísmo —en principio todos lo rechazamos—, sino más bien por la conexión que Marx sugiere entre éste y la lógica de los derechos individuales, los mismos que hoy reivindicamos en las más variadas esferas de la vida social. En la medida en que esa lógica tiende a instalar a cada cual en su propia particularidad, llevada al extremo bien puede favorecer algunos fenómenos que decimos mirar con escepticismo.

Todo esto debiera interpelar a nuestra izquierda, en especial a la nueva versión que busca encarnar el Frente Amplio. Una y otra vez sus liderazgos nos invitan a superar el individualismo y a ser ciudadanos y no clientes. Al mismo tiempo, sin embargo, abrazan agendas fundadas en pretendidos derechos individuales, sin cuestionarse demasiado por su coherencia ni implicancias. La pregunta es inevitable: ¿en qué lugar quedan los más débiles y vulnerables —desde los no nacidos hasta los adultos mayores— cuando se piensa la vida social a partir de aquella mónada aislada que quitaba el sueño al joven Marx?

La extensión de los barrios críticos

“Enfrentar la condición crítica de nuestros barrios implica una singular capacidad de gestión pública y de recursos del Estado”.

Las investigaciones más recientes y con avanzadas modelaciones que hemos realizado con la Cámara Chilena de la Construcción y la Corporación Pro Ciudades muestran que la extensión de los barrios críticos, y la cantidad de personas que viven en ellos a lo largo de Chile, supera con creces cualquier pronóstico. En nuestras 23 principales ciudades, estos sectores suman hectáreas equivalentes al 40% de Santiago, o a la suma de ciudades completas, como Gran Valparaíso y la conurbación de Quillota y La Calera, o, en otro caso, al Gran Concepción y Rancagua-Machalí completos.

En esa superficie, 30 mil hectáreas en total, vive más del 28% de la población de las 23 ciudades. En otras palabras, prácticamente uno de cada tres de los chilenos vivimos en las peores condiciones de nuestras ciudades.

Por ello, dar una solución a esta situación es una cuestión fundamental. Una de las primeras reacciones es darles mejor conectividad a través de un tren urbano. Si bien esta solución es muy eficaz, tiene dos grandes problemas. El primero es una capacidad de cobertura muy baja, dada la gran extensión de zonas urbanas críticas. Básicamente, sería necesario replicar una red de metro de tamaño semejante a la que tiene el Gran Santiago, es decir, casi 120 estaciones para ser distribuidas en las 23 ciudades. El segundo problema es que la evidencia muestra que apenas los hogares logran mejores ingresos, al acceder a mejores empleos, dejan —con justa razón— las zonas críticas.

Esta doble condición de vulnerabilidad obliga a tener una alta creatividad para recuperar los barrios. Las mejoras posibles en la conectividad son buenas, entendiendo que no es posible resolver ese problema en el corto plazo. También debemos entender las dimensiones en que hay mayores diferencias de estos barrios con las zonas urbanas deseables. Hay, especialmente, dos tipos de equipamientos esenciales y tremendamente segregados: la educación, en sus diversos niveles, y la salud, en diversas complejidades. Ambos servicios deben mejorar de manera notoria, en estándares y posibilidad de acceso, para disminuir las brechas existentes. Pero estas también son dimensiones a solucionar en el mediano plazo.

Mientras realizamos inversiones de largo y mediano plazo, debemos tener una batería de iniciativas que atiendan las situaciones y necesidades de corto plazo. Estas son áreas verdes, buena urbanización —con calles pavimentadas y arborización—, y disminución de delincuencia. Estas iniciativas deben desplegarse de modo coordinado, lo cual requiere unidades municipales insertas en terreno, a la mano de las personas y presentes en sus vidas. Todo ello implica una singular capacidad de gestión pública y de recursos en distintos niveles del Estado. Sólo así podremos comenzar a disminuir la extendida situación crítica de nuestros barrios.

VOLVER SIGUIENTE