Miércoles 18 de Abril de 2018

Artista cinética en el Museo Ralli

Liliana Iturriaga: “Venezuela es un país para aprender a ser creativo”

Su obra, influenciada por su vida en Caracas, se instala en el espacio que celebra 25 años con dos nuevas salas.

Por Jimmy Gavilán

“Ahí tienes a Magritte, que se sentó a pintar un árbol. Yo necesito girar”.

Sentada en una banca al interior del Museo Ralli en Vitacura, la artista chilena Liliana Iturriaga puede mirar dos colecciones de surrealistas de una sola vez: la del belga René Magritte a su izquierda, y la del español Salvador Dalí a su derecha.

—A diferencia de ellos, ¿por qué decidió aventurarse en el arte cinético?

—Yo viví viendo cinetismo en Venezuela. Viví 35 años en un país donde las obras están al aire libre, donde la Universidad Central tiene piezas de Alejandro Otero, de Fernánd Leger, de Alexander Calder. El artista se inspira muchas veces en elementos de la cotidianeidad. Salir del Aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar es despedirse con una obra de Carlos Cruz Diez. El piso se mueve por completo. Son mosaicos que van de una pared al piso. En el aeropuerto, Venezuela te da la bienvenida con el movimiento cinético.

Iturriaga homenajeó en mayo del año pasado, en París, a Violeta Parra en la muestra “Ultravioleta. Un puente entre París y Santiago”. Cumple 53 años este octubre, son 10 los que lleva de regreso en Chile y dos de sus piezas acaban de ser adquiridas por el museo liderado por Haydée Milos, que celebra su aniversario número 25.

Este festejo es la excusa para abrir dos nuevas salas, que exponen arte geométrico y cinético como el de Matilde Pérez. Aunque la admira, Iturriaga no se siente influenciada por la reconocida artista chilena. Más bien lo suyo viene del país al que llegó a los 7 años, viene de Caracas y de Estado Bolívar, donde vivió junto a un río, siempre en mucho movimiento.

Recuerda sobre su llegada a Chile y los años en que expuso en el MNBA (2012 y 2017) y en la Feria de Arte Faxxi (2016): “Era muy buena para el dibujo, para el boceto. Cuando vuelvo acá algo se libera. Empiezo a tirar otras líneas. ¿Y si empiezo a trabajar con un slinky toy (el clásico resorte con forma de puente que va hacia un lado y otro)? Y pienso: ¿Y si logro capturar los movimientos de este resorte? Tomo una caja de resortes, unos 18 que están enredados, y los empiezo a estirar. Los caliento, los corto. Le digo al curador del MNBA, Patricio M. Zárate, cómo pasaba ese movimiento del salto y tratar de llevar eso al plano, y se interesó. Yo dije: «Tengo que meterme en este resorte»”.

—El viaje entre países y su propia obra reflejan “movimiento constante”. Pensar que hay personas cuya necesidad de control no soportan tanto.

—Hay personas más serenas. Ahí tienes a Magritte, que se sentó a pintar un árbol. Yo necesito girar. Mi obra no tiene nada que ver con lo estacionario. Es un “modo move”. Y no voy a parar. Yo creo que a los 80 años voy a seguir jugando con el resorte.

“Mi obra es optimista”

—Hay obras suyas en una de las clínicas de Santiago, ¿cómo ocurrió?

—Les presenté unos bocetos de arte abstracto. Me dicen: «Haz 130». Y cambié los movimientos, me encanta que la gente las mire. Es una clínica de alto tráfico. Mucha gente disfruta de mi trabajo. Yo quisiera que mi obra estuviese en La Pintana, en cualquier lado.

—¿Tiene amigos venezolanos que se vinieron acá?

—Por supuesto. Cuando hablo con mis venezolanos, se me sale mi venezolano. Cuando se me sale lo chileno, me sale lo chileno. Acá tuve una calidad de vida, cosa que no tienen en Venezuela de un tiempo acá. Chile en este momento me garantiza la calidad de vida para mis hijas y para desarrollarme como artista.

—¿Cómo ve lo que ocurre en el país que ya abandonó?

—Viví etapas de democracia y donde la democracia entró en peligro. El pueblo de Venezuela está sufriendo y si, hay arte que se crea en represión y uno puede ver tintes marcados de acontecimientos, pero mi obra es totalmente alegre. Trabajo la línea, esos movimientos sinuosos hacia arriba. Siempre tratando de transmitir belleza. Mi obra es totalmente optimista en su sobriedad, con algunos colores, la libertad de expresarse libremente sin coacción. Yo acá estoy libre para hacer lo que quiera, sin que nadie me coarte.

—¿Cómo se puede leer sensiblemente desde el arte lo que ocurre allá?

—“La Pequeña Venecia” la llamaron. Un paraíso. Venezuela es un país para aprender a ser creativo.

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