Jueves 29 de Marzo de 2018

Sichel dice adiós a su padre biológico: “Me reconocí en él y él en mí”

Hace 10 años se reencontraron. De Sebastián Iglesias pasó a Sichel, recuperando el apellido del ingeniero forestal que murió de un infarto una semana atrás. Acá, el abogado y miembro de Ciudadanos recuerda la intensa relación que le quitó lo engreído.

Por Ximena Torres Cautivo

“Yo nací como Sebastián Sichel, hijo natural; a los 3 años me reconocieron y me rebautizaron Sebastián Iglesias, y a los 30 volví a ser Sebastián Sichel, y eso que ya era conocido como Sebastián Iglesias”.

La semana pasada no fue fácil para este abogado, profesor de Derecho,“constructor de relatos políticos” y activo participante de Ciudadanos. A sus 40 años debió presidir los dos funerales de Antonio, su padre —uno en Santiago y otro en Concepción—, quien murió de manera tan fulminante como inesperada a los 60 en un bosque en Marchigüe.

Sebastián nació cuando su papá tenía 20 y su mamá 17. No está claro si su progenitor supo de su existencia “de hijo natural, que era la condición de los que nacían como yo entonces”. Tres años más tarde, su madre se casó con Saúl Iglesias, un personaje medio hippie con el que recorrió parte de Latinoamérica, etapa que partió con el niño “pasado por la libreta con el apellido Iglesias” para poder sacarlo del país, y culminó con que fuera criado por sus abuelos maternos en Concón. Fue su abuelo quien, cuando tenía 11 años, le contó que su papá biológico era un ingeniero forestal que se llamaba Antonio Sichel.

Mucho después, cuando Sebastián decidió casarse con la periodista Bárbara Encina, optó por buscarlo. Quería conocer sus orígenes. Hicieron una cita, conversaron durante horas, “fui a presentárselo a la Bárbara, pensando que quizás no lo vería más, pero nos hicimos inseparables. Me reconocí en él y él en mí. Durante los últimos 10 años lo disfruté plenamente y recuperamos el tiempo perdido. Nos veíamos cada dos semanas, porque él vive en Concepción, nos íbamos juntos a pescar, conversábamos por horas. Él me aportó un familión de 5 medios hermanos menores, donde hay colorines, rubios y morenos, nacidos de tres relaciones distintas”, cuenta, y agrega a Banya Iglesias, su medio hermana por el lado materno. “Siempre reclama porque no la menciono”.

En los dos funerales que lo tuvieron ocupado y lo dejaron estragado le tocó ser el orador principal. “Asistió muchísima gente. Mi padre era un hombre muy querido, un forestal valorado por sus pares. En Concepción, donde a mí no me conocían tanto, les impactó mucho nuestro parecido, tanto que al partir con mi discurso dije: ‘Sí, sé que soy igual a él, pero dejen de decírmelo', lo que generó muchas risas dentro de la pena entre los asistentes”.

Afirma que su biografía no llama la atención entre sus alumnos de la Universidad San Sebastián. “Ahí hay unos veinte gallos por curso con historias parecidas a la mía. Pero a la gente de la élite, que es donde he llegado a moverme profesionalmente, mi vida les impresiona mucho, porque no son cosas que se cuentan”.

—¿Qué dijo Saúl Iglesias del cambio de apellido?

—A Iglesias nunca le importó. Ya no tenía nada que ver con mi mamá, menos conmigo. No es un personaje relevante, fue un marido de mi mamá, nada más.

Relevante fue para el joven Iglesias estudiar. Llegar a la universidad. Convertirse en profesional. “La educación era para mí la gran herramienta de progreso”.

Hizo la enseñanza media en el Liceo Alexander Fleming, en Las Condes, porque él, su mamá y su hermana se habían trasladado a vivir a un campamento en Santiago. “Una de las gracias de ese liceo es que tenía estudiantes muy cuicos y otros sin un peso”. Luego, gracias a sus buenos puntajes en la Prueba de Aptitud Académica, entró a Derecho en la Universidad Católica financiado con la beca Padre Hurtado, y empezó a conocer de cerca el mundo de los trabajos voluntarios.

—Bien mateo, bien ordenado, bien inspirado, buen alumno. ¿Sería todo eso una reacción a la vida a salto de mata que viviste como niño? ¿Eras responsable y serio como reacción a que tu mamá era hippie ?

—Mi afán de convertirme en profesional tenía que ver con sobrevivir. Ser hippie sólo funciona para la gente de clase media alta o alta-alta. Yo era de clase media y de una familia disfuncional. La educación es la única herramienta que te permite salir de la vulnerabilidad del tipo que sea, y yo quería salir adelante.

“Soy un embutido político”

Hoy, Sebastián tiene un refugio en la costa entre Curicó y Santa Cruz. “Es una casita de madera a la orilla del mar, en Llico, en un terreno que compramos entre varios amigos. Ahí estuve todo febrero con mi papá. Pescábamos lenguados. Yo además buceo y saco lapas. Ahora mismo voy partiendo para allá con mis tres niños, todos hombres, de 1, 4 y 8 años. Mi señora se va mañana, porque le tocó pega. Allá me desconecto totalmente; ni siquiera funciona el celular”.

Dice que fue ideal perderse todos los llamados en torno a los preparativos de asunción del nuevo gobierno, que tenían a todo su círculo en estado de alerta durante febrero.

—¿Acaso pensabas que podrían llamarte? ¿Ofrecerte un cargo, una pega?

—Yo soy un embutido, políticamente hablando. Súper tradicional en lo que he hecho, pero súper libre en mi toma de decisiones. Un liberal genuino. Armé el sitio El Dínamo. Me salí del primer gobierno de Bachelet y nunca más quise volver. Nunca he trabajado con los gallos a los que apoyo. Mi vínculo con la DC fue gracias al ex intendente Orrego, al que me acerqué por mi vocación social y quien se distanció de mí cuando me sumé a Ciudadanos. Dejé un gran puesto en Burson-Marsteller. Soy muy libre. Y aunque me cuesta mucho aceptar cargos públicos, me gusta mucho la decisión de Piñera de armar acuerdos en temas centrales: infancia vulnerada, La Araucanía, las pensiones. Habrá que ver qué prima en su gobierno: los códigos de la política noventera o se transforma en un líder tipo Macron o Albert Rivera. El mundo cambia mucho más rápido que las ideas y Piñera está en ese dilema.

—¿Cómo pinta la cosa hasta ahora? Dime tres puntos buenos y tres malos.

—Los buenos: ha instalado una agenda de acuerdos bien hecha, lo que representa un cambio cultural importante y contrasta con la llegada de la retroexcavadora de los equipos de Bachelet. El haber nombrado al icónico Gonzalo Blumel, que es gente sin pasado, con puro presente y futuro. Y el comprender que la agenda de los ciudadanos no es necesariamente la de los políticos y estar privilegiando la primera. ¿Tres malos? Lo viejo de su gabinete, que da cuenta de que no ha buscado más allá del piñerismo puro, y una cierta confusión valórica. Por ahora no se me ocurre un tercero.

—Jorge Errázuriz, de Ciudadanos, partidario de Velasco igual que tú, se ha declarado un piñerista convencido.

—En Ciudadanos hay diferencias legítimas y buenas todas respecto de cómo posicionarnos frente al nuevo gobierno. Partiendo de la base de que todos queremos que le vaya bien, hay gente más activa en su aprobación, como Jorge Errázuriz; otros más bien críticos expectantes, como Andrés Velasco, y una mayoría, entre la cual me incluyo, que está dispuesta a colaborar desde una posición independiente que permita levantar la mano cuando haya algo malo que señalar o denunciar.

Reconoce que Ciudadanos se equivocó en su diagnóstico en las últimas elecciones, lo que, entre otras cosas, llevó a Andrés Velasco a perder en su afán de convertirse en senador por la Región del Maule. “No bastaba con situarse al centro. No comprendimos que la sociedad chilena se había desideologizado. Que las posiciones derecha, izquierda, centro, eran irrelevantes, porque la mayoría es apolítica y lo que demanda es gobernabilidad. Quieren a alguien que asegure que al país le va a ir bien”.

Aunque advierte que “no necesariamente Michelle Bachelet tiene la culpa”, es lapidario en su juicio político: “Ella creó un clima horrible, de buenos y malos. Destrozó lo que había alcanzado la centroizquierda chilena, generando un ambiente de odiosidad interna con una vocación de minoría absoluta. ‘Si no estás conmigo en todo, no estás en nada', era la divisa”.

Aunque el análisis político parece disiparle en algo la pena, el sentimiento de pérdida no lo abandona. De repente nos dice: “Mi viejo se dedicaba a las tasaciones de bosques. Estaba en eso cuando sufrió el infarto y un forestal me llamó para avisarme. Llegó muerto al hospital. Fue impresionante, porque habíamos hablado por teléfono largo rato apenas dos horas antes. Él tenía una casa bien destartalada en Freire, al lado del río Toltén, donde habíamos estado pescando. Y estuvimos planeando arreglarla”, recuerda.

—¿Qué te dejó su figura?

—La convicción de que lo verdaderamente importante es la familia. Yo siempre fui muy engreído. Me subía en un pedestal para sentirme importante, me generaba ficciones, porque cultivar el ego es lo único que te alimenta para sentirte querido cuando no tienes otra cosa. Mi mujer me ayudó mucho a trabajar eso, pero cuando lo conocí a él, eso cambió.

VOLVER SIGUIENTE