Sábado 17 de Marzo de 2018

Proponer

no es imponer

No me referiré a la crítica superficial que cuestiona las iniciativas por ser presentadas al término de un mandato presidencial. Prefiero ir al fondo de la cuestión: ¿De que qué sirven las constituciones? Para establecer las bases de nuestra convivencia. ¿Quién debe establecerlas? Nosotros. ¿Somos los mismos que en 1980? No.

Así de breve es el razonamiento que justifica el derecho y deber de los pueblos de cambiar sus constituciones. ¿O es que acaso usted desearía atar a su hijos con las amarras que escogió para enfrentar sus propios fantasmas?

Dicho lo anterior, y respecto del proyecto en sí, personeros relevantes y algunos políticos han dicho que en él no se escuchó la voz de los especialistas y que se pasó por alto a los partidos políticos. Pecado mortal, estiman ellos, para una propuesta de esta índole.

Enhorabuena, esa es justamente la virtud del proyecto de nueva Constitución. Proviene en sus ideas matrices de un ambicioso esfuerzo de participación ciudadana, alabado por la OCDE, que fue sistematizado como base para la elaboración de un texto remitido a un nuevo Congreso, escogido sin sistema binominal y en el que comparecen personajes tan disímiles como Iván Moreira y Florcita Motuda.

Que no le hagan equivocarse. Un proyecto no se convierte automáticamente en realidad. Al contrario, ubica sobre la palestra una serie de propuestas para que sean discutidas, rechazadas y perfeccionadas. Este proyecto de nueva Constitución, sin lugar a dudas, debe ser perfeccionado, inclusive rechazado en más de algún asunto. Sostener lo contrario nos acercaría a quienes piensan que la actual Carta Fundamental es una especie de verdad revelada.

Si los mismo sujetos, partidos políticos, instituciones o tecnócratas realizan una propuesta al Congreso, la deliberación pública sería meramente artificial. Entre jugadores y árbitros no existiría mayor diferencia. No obstante, si en el proyecto se consignan ideas provenientes de la ciudadanía, para que sean discutidas en el parlamento y luego sometidas a un plebiscito, tal como lo propone el itinerario de la ex Presidenta, ¿por quién redoblan hoy las campanas del descontento? ¿Por la ciudadanía o por las cuotas de influencia que este modelo les resta a los poderosos de siempre? Por eso, no se deje engañar, proponer no es imponer, es iniciar un debate.

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Racismo

Esa abundante inmigración es

un síntoma de

la buena salud

de nuestra economía y nuestra sociedad”.

Carlos Franz

Soy el orgulloso poseedor de una “callana”. Esta es una marca congénita de color azulado que aparece sobre la piel del coxis en los recién nacidos con ascendencia indígena o asiática. La “callana” —también llamada mancha mongólica— suele desaparecer a los dos años de edad. Pero en mi caso aún conservo su sombra en la mitad de mi espalda. Cuando nací, en Suiza, un doctor sabihondo quiso atribuir este marcador genético a una remota mezcla asiática en los antepasados noruegos de mi madre. Mi padre desengañó a ese médico con una frase rotunda: “No, doctor, esa mancha viene apareciendo en las guaguas de mi familia chilena durante trescientos años, desde que un abuelo español se acostó con una indígena”.

Cuando oigo de algunos brotes de racismo en Chile trato de mirarme en el espejo la nubecilla azul de mi callana.

Entre 2005 y 2015 llegaron a Chile unos 600 mil inmigrantes. Una cifra importante para un país de diecisiete millones de habitantes. Esos emigrantes vienen, sobre todo, de Perú, Colombia, Bolivia, Argentina y Ecuador. Pero en 2016 y 2017 se añadió un gran flujo migratorio haitiano: unos 150 mil ciudadanos de ese país vinieron a Chile para quedarse.

Esa abundante inmigración es un síntoma de la buena salud de nuestra economía y nuestra sociedad. Los estudios demuestran que estos inmigrantes vienen porque aquí encuentran más seguridad y más bienestar social que en sus países de origen. Pero sobre todo vienen a trabajar. Y ya los vemos laborando muy duramente por todas partes. En los campos de la prospera agroindustria, en la construcción de grandes carreteras y edificios, en los oficios mas humildes que los chilenos ahora desprecian.

Una mayoría da la bienvenida a esos nuevos inmigrantes. Sabemos que la sociedad chilena envejece a tasas alarmantes y por tanto la inmigración será la única forma de mantener estable la población y asegurarnos un progreso continuado.

Esa multitudinaria inmigración debe ser regulada. Hoy, una política migratoria indolente permite el ingreso irregular, disfrazado con visas de turismo, de cientos de miles. Esa indolencia estatal ayuda a las mafias que lucran con la trata de personas y favorece la explotación de los inmigrantes por inescrupulosos.

Sin embargo, esa necesaria regulación migratoria no debería ser un pretexto para discriminar a quienes nos parecen diferentes. Como ocurre en muchos otros sitios del mundo, la llegada de cientos de miles de extranjeros suscita recelos y miedo en ciertos sectores. Algunos le temen a la competencia y arguyen que la abundancia de mano de obra reduce los salarios. Hasta el momento, esos son temores infundados; pero también son recelos naturales y hay que responderlos informando mejor a la población.

Más preocupantes son las protestas contra la inmigración que se originan en el desprecio al extranjero, la xenofobia. Esta afluencia de inmigrantes hace aflorar en sectores minoritarios, pero gritones, un nacionalismo que apenas esconde el racismo. Prueba de ello es la alarma que algunos airean ante la reciente llegada de haitianos negros que además hablan otra lengua. Esta alarma parece racista puesto que ella no sonó del mismo modo cuando entraron cientos de miles de peruanos o colombianos.

En los últimos dos siglos de nuestra historia llegaron hasta nuestras costas sucesivas oleadas de inmigrantes europeos y de otros lares. Al igual que ahora, la mayoría de esos inmigrantes europeos eran muy pobres, apenas alfabetizados, hablaban otras lenguas y a menudo tenían otra religión. Sin embargo, poco a poco ellos se fueron mezclando con la población chilena que, en gran medida, ya era mestiza.

Todos descendemos de una revoltura de etnias. Las huestes de los conquistadores incluyeron desde castellanos y extremeños hasta andaluces más o menos moriscos. Especialmente durante el primer siglo de la conquista, esos españoles se fusionaron en Chile con una variedad de pueblos indígenas. Estudios genéticos demuestran que más de la mitad de la actual población chilena tiene sangre indígena. En nuestro país, quienes llevan los apellidos de los conquistadores más antiguos son los más proclives a ser mestizos.

Comparados con ese mestizaje nuestro, los haitianos son más homogéneos. Encerrados en la pequeña isla de Haití, los afrodescendientes recibieron menos mezclas extranjeras. ¿Deberían estos haitianos rechazar a los chilenos porque somos más mestizos que ellos?

Según los genetistas, mi “callana”, esa marca indígena cuya sombra llevo orgullosamente en mi espalda, también podría tener orígenes africanos. Mejor aún. Los indios y los negros que bailan en mi sangre les dan alegremente la bienvenida a estos nuevos hermanos.

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