Martes 13 de Marzo de 2018

Los (nuevos)

tres tercios

Aunque Bachelet y Piñera se roten la Presidencia, no por azar recientemente se diagnosticó un nuevo ciclo político, en el que sus signos más visibles son la división de la Nueva Mayoría, la crisis de la DC y una mayor pluralidad de la derecha; pero tras ello subyace un fenómeno más profundo. Hoy comienzan a dibujarse tres proyectos políticos de largo aliento.

El primero es el del Frente Amplio (FA) y el ala izquierda de la ex Concertación: Los derechos sociales gratuitos y universales. Su foco es incrementar el aparato estatal o aplicar a la sociedad civil el mismo tipo de reglas que rigen al Estado (basta ver lo ocurrido con los colegios particular subvencionados). Y si bien el FA dice querer terminar con el neoliberalismo, se basa en una visión de los derechos del individuo que exacerba su autonomía hasta la saciedad (sólo reemplazan la mediación del mercado por la del Estado). Se trataría de un “estatismo individualista” tan paradójico como difundido en nuestra izquierda.

El segundo de los proyectos en ciernes es una especie de “liberalismo integral”, que fomenta “la libertad en todo”. La propuesta no es masiva ni sofisticada, pero cuenta con exponentes en la fragmentada centroizquierda, Evópoli e incluso un par de miembros de RN. Pese a que Amplitud o Ciudadanos han sido electoralmente marginales, las tendencias dominantes en twitter ejercen un poderoso influjo sobre nuestros hombres públicos, por lo que esta perspectiva puede crecer. Es dudoso, sin embargo, que sirva como contrapeso al FA. Más allá del tamaño del Estado, sus premisas son similares: pensar las instituciones desde la mónada aislada.

El tercero de estos proyectos, en cambio, sí puede hacer frente al FA, si adquiere mayor articulación política e intelectual. Son las diversas manifestaciones de republicanismo cristiano, con presencia a ambos lados del espectro: los desencantados de la DC coherentes con su ideario, la renovación de la UDI que impulsa Jaime Bellolio, las ideas sugeridas por el “Manifiesto por la República”, la federación que alienta el senador Chahuán. Todos ellos valoran la democracia constitucional, la economía social de mercado y algún tipo de fundamento moral (y por tanto los límites) de la vida política. El desafío acá es fijar prioridades políticas y profundizar los puntos de encuentro, comenzando por advertir quiénes son aliados y quiénes adversarios.

¿Se inicia el debate sobre la Constitución?

“Curiosamente Bachelet pretende

lo mismo que Pinochet: escribir .en piedra asuntos ideológicos para dejarlos fuera del juego democrático”.

A cinco días de finalizar su gobierno la Presidenta Bachelet envió al Congreso un proyecto de reforma constitucional. ¿Cómo entender este gesto? Su intención no es para nada evidente.

Dada la forma y el contenido de su propuesta, queda claro que con este gesto Bachelet pretendió cerrar el debate sobre el mecanismo, dándole la espalda a la Asamblea Constituyente y a quienes pretenden refundar la patria, en pocas palabras, al Frente Amplio. Pero por otra parte, al poner arriba de la mesa una propuesta constitucional, Bachelet pretende inaugurar el debate sobre el contenido de la reforma constitucional. Más aún, al ser su propuesta una de continuidad y cambio (no olvidemos que ésta se construye a partir de la Constitución de 1980), Bachelet interpela directamente a la derecha a entrar al incómodo debate constitucional. Sin embargo, el hecho de que todo el proceso constituyente, incluida la elaboración del proyecto, fuese realizado a espaldas de los partidos políticos, abre preguntas sobre la veracidad de las intenciones de la Mandataria por avanzar en esta materia. Resulta imposible iniciar un debate en materia constitucional, a cinco días de finalizar el gobierno, sin el apoyo de los partidos políticos de su coalición, y esto Bachelet lo sabe.

En relación con el contenido de la “nueva Constitución”, esta mantendría el carácter maximalista de la actual, heredando un sinnúmero de regulaciones, que perfectamente podrían estar en las leyes, y agregando nuevas. Los dos grandes cambios que introduce son el reconocimiento de la soberanía de nuestros pueblos originarios y la judicialización de los derechos sociales.

Sobre esto último, curiosamente Bachelet pretende lo mismo que Pinochet: escribir en piedra asuntos ideológicos para dejarlos fuera del juego democrático. Introducir los derechos sociales en la Constitución y entregar a los jueces de primera instancia las competencias para obligar al Estado a su cumplimiento, sin consideración de la situación económica, reduce la esfera democrática. Estos asuntos ya no se decidirán a través de las elecciones, sino que será el Poder Judicial, al margen de la democracia, quien tomará el control político al decidir sobre política pública y el presupuesto de los gobiernos.

Incluir o no los derechos sociales en la Constitución no es un debate entre quienes prefieren un Estado de Bienestar y quienes no, sino entre quienes prefieren gozar de un mayor espacio para la deliberación democrática y quienes prefieren restringirlo. La disminución de los quorums para las leyes orgánicas de la nueva constitución es un avance en la primera dirección, así como la redefinición del Tribunal Constitucional. Pero dicho avance se neutraliza, cuando aumenta el poder de los jueces sobre el del legislador.

La filosofía en Chile

“Hablando (…)

de filosofía con

un viejo profesor de derecho, me indicó, escueto: “Eso es como

tocar la flauta”.

Por momentos asoma un prejuicio extendido en Chile. A veces parece que, tal como habríamos sido país de poetas, seríamos país de filósofos. Lo cierto es que, excepciones aparte, la nuestra no ha sido tierra fértil para la filosofía. No ha ocurrido aquí lo que sucede con otras disciplinas humanistas, como la historia, cultivada con prestancia desde hace más de un siglo. Las generaciones alrededor de los cuarenta y cincuenta años son las primeras en donde se encuentran más extendidamente investigadores que cumplen estándares según los que se cultiva usualmente la filosofía.

La situación de la disciplina es, comparativamente, precaria. Súmese a eso que nuestras élites son pragmáticas; los estudios filosóficos mal vistos; los profesores de filosofía tienen escasas posibilidades de emplearse bien. Agréguese a todo lo anterior las restricciones de recursos impuestas desde el pasado gobierno y sus reformas y políticas, a las entidades de las que depende la formación de filósofos y la práctica de la filosofía: las universidades y Fondecyt.

Tal contexto contribuye a la creación de un campo propicio para que la filosofía se transforme en asunto de carreras “residuales”, segunda opción, una especie de etéreo antro autocontenido, solventado principalmente por el esfuerzo de contadas casas de estudios superiores, el romanticismo político de muchachos de izquierda y los ímpetus de jóvenes de colegio católico que quieren reafirmar su fe.

Hablando una vez de la carrera de filosofía con un viejo profesor de derecho, me indicó, escueto: “Eso es como tocar la flauta”.

Tocar la flauta se parece, efectivamente, mucho a la filosofía. Y en lo que se parecen radica, precisamente, su importancia. Ambas son actividades inútiles. No sirven para otra cosa. O sea, sirven, pero al modo de efectos secundarios: quien piensa intensamente es usualmente menos banal que quien usa la mente con ligereza; quien palpa la belleza de los sonidos goza con una hondura habitualmente menos distraída que la del fanático de red social. Y los filósofos pueden clarificar y los flautistas dar contento con sus melodías melancólicas.

Pero lo relevante no es eso. Lo significativo, lo que importa de verdad, tanto para el flautista cuanto para el filósofo, es la experiencia misma del tocar la flauta y del filosofar. Son experiencias que producen una intensificación de la vida, por el esclarecimiento sobre la situación existencial, por la vibración estética que se ejecuta, y a tal punto que valen la pena por sí mismas. En esto se diferencian mucho de lo demás: tienen significado por ellas mismas y no por otra cosa. Por eso son inútiles; lo útil es lo que se busca para conseguir otra cosa.

Constatar la situación concreta —precaria— de la filosofía en nuestro país, lo mismo que su significado vivencial, son el punto de partida para pensar las condiciones de producción y reproducción requeridas por ella en Chile.

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