Miércoles 21 de Febrero de 2018

¿Podría “Machuca” ser viable hoy?

La segregación por clases sociales en Chile sigue ocupando el escenario del debate social y político. Resulta difícil resignarse. Mientras el mito emblemático del “caso chileno”, tan bien descifrado por Andrés Wood en su “Machuca”, sigue convocando nuestras conciencias, la Ley 20.911 de formación ciudadana, promulgada hace menos de dos años, estipula “… fomentar en los estudiantes la valoración de la diversidad social…”. A más de 40 años de distancia, la “escena imposible” sigue siendo la misma. Como para Gonzalo Infante y Pedro Machuca, sigue siendo prácticamente imposible que niños y jóvenes de clases sociales distintas se encuentren en la sala de clases y, si se llegaran a encontrar, que puedan “realmente” encontrarse.

El escenario social ha cambiado bastante respecto de los años de aquel experimento educativo. Sólo refiriéndonos a las actitudes y/o creencias, la última encuesta Elsoc (Estudio Longitudinal Social de Chile), del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES), revela que el 89% de los chilenos considera que deberíamos hacer todo lo posible por igualar las condiciones de diferentes grupos sociales, y el 78% considera injusta/muy injusta la diferencia en la situación de vida entre las personas de clase social alta y las de clase social baja. La conciencia pareciera estar mucho más despierta que en otras épocas, pero el espacio del dicho al hecho es grande.

La cohesión es considerada un atributo deseable de las sociedades democráticas. Aunque los indicadores medibles de cohesión social son generalmente macroeconómicos, ella nace en la “mente” de las personas y es dentro de este micronivel donde podría tener inicio una potencial resolución a los conflictos sociales. No es suficiente con formar a ciudadanos comprometidos con la sociedad, es necesario que los mismos se pregunten ¿comprometidos con qué tipo de sociedad? Esto no se improvisa. Hay rutas y trayectorias. Comprometerse por el bien común, por una sociedad inclusiva, implicaría primeramente aprender a empatizar, a atravesar prejuicios y a comprometerse por el otro, también el socialmente, culturalmente y étnicamente distinto.

Son necesarias buenas prácticas, con evidencias medibles y replicables, que sean espacios de ejercicio de ciudadanía para la cohesión social desde edades tempranas.

A prueba de nocauts

“Pese a los escándalos de corrupción o el número exagerado de campeones, el boxeo continúa desmintiendo a los agoreros”.

“El boxeo está muerto”, dijo William Brady en 1899. Brady, entrenador del campeón peso pesado James Jefferies, se refería al estado del pugilismo en Inglaterra. Es el primer registro histórico de una sentencia de muerte del boxeo que periódicamente aparece en medios o es proclamada por algún pugilista decepcionado. Otro campeón pesado, Rocky Marciano, también anunció la muerte del boxeo poco antes de la segunda pelea entre Mohamed Alí y Sonny Liston, en 1965. Una editorial de USA Today dictó la misma sentencia poco después de la decepcionante pelea entre Floyd Mayweather y Manny Pacquiao hace tres años.

Pese a los escándalos de corrupción o el número exagerado de campeones, el boxeo continúa desmintiendo a los agoreros. Pienso en esto tras leer dos libros de reciente aparición en Argentina. Uno es “Monzón. La biografía definitiva”, escrito por uno de los periodistas de boxeo más reconocidos en Latinoamérica, Carlos Irusta.

Irusta cubrió la carrera del campeón mundial de los medianos Carlos Monzón durante sus mejores años, con peleas notables con el campeón colombiano Rodrigo Valdés o el cubano José Nápoles, que sirvió de trasfondo para el cuento de Julio Cortázar, “La noche de Mantequilla”. Su documentada biografía es a ratos la historia de la Argentina convulsionada de los años 60 y 70, y a veces una memoria del mismo autor, quien da cuenta de la admiración popular por el boxeador más destacado de Argentina, así como de su conducta fuera del ring. Pese a la cercanía profesional de Irusta con Monzón, el libro jamás cae en la hagiografía y ahonda con igual detalle en los episodios más oscuros de su vida, como la condena de cárcel por la muerte de su esposa Alicia Muñiz en 1989.

El otro libro es “La pesada herencia”, un ensayo del sociólogo Luciano Jurnet que recorre la historia de los pesos pesados de su país y analiza la dificultad de producir un campeón local en la categoría más reconocida del boxeo. Como ineludible comienzo figura el relato de la pelea entre Luis Ángel Firpo y Jack Dempsey en 1923, donde el argentino sacó del ring al estadounidense de un derechazo. La escena fue inmortalizada en un famoso cuadro del pintor George Bellows. Otro hito infaltable es la pelea en que el carismático Óscar Bonavena derribó a Mohamed Alí con un gancho de izquierda en el decimoquinto round.

¿Y qué pasa en Chile? Salvo contados episodios, como la primera pelea entre Arturo Godoy y Joe Louis, el pugilismo chileno no tiene tantas historias. Ello no significa que la disciplina no goce de un interesante pasar, pese a su escasa presencia en medios. Una excepción es el trabajo del equipo de Boxeadores.cl, que en su sitio web y programa radial no sólo rescata la historia, sino la actualidad del boxeo nacional. Quien piense que el boxeo en Chile también tiene una sentencia de muerte, se sorprendería.

Inmigrantes, chunchos y caciques

“La corrección política está llegando a niveles desconcertantes y llevando a censuras ridículas”.

Hace unos meses fui al Estadio Monumental a un recital. Ahí, una amiga, que volvía a Chile luego de varios años en Estados Unidos, quedó en shock cuando notó que el símbolo de Colo Colo era un indígena, que lucía gigante por todos los lugares del estadio. “Allá eso estaría prohibido”, me dijo. El shock se traspasó entonces a mí. “¿Cómo tanto?” —me, y le, dije—. Desgraciadamente, no era una mera especulación. Los Pieles Rojas de Washington fueron demandados por usar el nombre de una tribu nativa de ese país, ya que podía denigrarlos. Esto se inició en 1992 y no pasó a mayores. Sin embargo, en 2014, cuando la corrección política ya arrasaba Occidente, se interpuso una demanda que tomó otras proporciones y llevó el caso a la Corte Suprema.

Por suerte hace unos meses, y en defensa de la libertad de expresión, la Corte sentenció un caso similar en favor de un grupo de rock que quería seguir usando el nombre “The Slant” —algo así como “chinos”—, allanando el camino judicial para los Pieles Rojas. Es de esperar que acá no cause problemas el día que un periodista escriba: “Los Chunchos llevaron a la picota al Cacique”. Podrían ser acusados, por los próceres nacionales del buenismo y corrección política, de personificar a nuestros pájaros nativos y de utilizar prácticas ancestrales de nuestra cultura como instrumentos de burla y, peor aún si es con la figura de un líder de uno de nuestros pueblos originarios.

La corrección política está llegando a niveles desconcertantes y llevando a censuras ridículas, por ejemplo, en la literatura; a coartar la libertad de expresión en las universidades; y a evadir conflictos reales que luego terminan por explotar de mala forma. Un ejemplo de esto último en Chile: basta con que alguien levante la voz respecto a la inmigración y lo califique como un problema, para que inmediatamente un ejército de gente bondadosa y visionaria lo acuse de xenófobo. Es decir, plantear un problema que, por esta misma corrección política, fue obviado durante años en Europa —donde era mucho más problemático, por el choque de culturas del que acá no somos testigos—, implica ser xenófobo o cualquier otro descalificativo, alejando el debate de los argumentos racionales y necesarios. Pareciera ser que estos ejércitos bondadosos quieren y necesitan que esas personas sean xenófobas antes que escuchar sus planteamientos.

El inglés Roger Scruton, reclamando contra estas censuras, escribía que “cualquiera que haya estudiado el destino de los imperios (…) sabe que la tarea [de unificar jurisdiccionalmente diferentes culturas] es básicamente imposible y que supone un riesgo constante de fragmentación, tribalismo o guerra civil”. Nuestro problema es mucho menor, pero censurar la discusión mediante insultos es una táctica evasiva de la conocida “bondad explícita”, por estos días, tan de capa caída.

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