Lunes 29 de Enero de 2018

La disputa por la hegemonía

“Es la primera vez que la elección de ministro de Desarrollo Social ha importado más que la de ministro de Hacienda”.

El nombramiento de Alfredo Moreno en el Ministerio de Desarrollo Social (MDS) ha sido uno de los más destacados del gabinete del Presidente electo. Es la primera vez que ha importado más esa designación que la de ministro de Hacienda. Varias explicaciones pueden existir, pero una plausible es lo que este nombramiento representa en la disputa hegemónica de los próximos años en nuestro país.

El origen del MDS fue la Oficina de Planificación (Odeplan), creada en el Gobierno de Eduardo Frei Montalva, y que dependía directamente del Presidente. Durante la dictadura, y en manos de economistas gremialistas educados en Chicago, la influencia de dicha oficina fue determinante en la conformación de una política social basada en subsidios y evaluación de la inversión pública. Con el retorno a la democracia esa oficina pasó a constituir un ministerio sectorial (Mideplan), pero, al alejarlo del centro de gobierno, tuvo escaso protagonismo. Tanto así que existieron iniciativas para eliminarlo. En la primera administración de Piñera, sin embargo, cambió su denominación a Desarrollo Social; tuvo como ministros a dos íconos asociados al gremialismo, Felipe Kast y Joaquín Lavín, y, como símbolo de la importancia que mereció para la derecha, sus oficinas fueron instaladas en el Palacio de la Moneda.

Con la segunda administración de Bachelet, el MDS fue reclamado por el Partido Comunista (PC), dejó de poner énfasis en los subsidios y ha conformado su política sobre un modelo de protección social en base a derechos sociales, discurso que ha sido el ideario de la Presidenta Bachelet. Por eso no es trivial que una de las primeras reuniones que tuvo el Presidente electo con un ministro sectorial fuese justamente con el titular de Desarrollo Social. La fotografía de Piñera y el ministro Marcos Barraza es una síntesis de la importancia estratégica de este ministerio.

Por ese motivo, el nombramiento de Moreno es también el símbolo de que en ese lugar estará la disputa por la hegemonía cultural y política frente a la centroizquierda. Será allí donde se diseñarán y ejecutarán las propuestas esenciales de esta nueva administración pensadas en la clase media, un programa electoral que se traduce en un modelo de seguridad social para ese sector que ha sido clave en sus resultados electorales desde 2009.

Pero Moreno no es un hombre de partido. Como Jorge Alessandri, el ícono electoral de la derecha del siglo XX, fue ministro y presidente de la Confederación de la Producción y del Comercio (CPC). Proclive a lecturas de simple divulgación sobre los impactos que las tecnologías tienen en la sociedad, debe entender que la política social no es filantropía ni responsabilidad social de las empresas. Su gestión también será evaluada por el conflicto mapuche. Y un eventual triunfo de la hegemonía política de la derecha puede ser el suyo también.

Piñera II y el relato

Abraham Lincoln dijo hace más de 150 años que en su país la opinión pública es todo. Hoy tiene más razón que nunca, ya que la capacidad de generar una visión compartida en la sociedad determina el margen de maniobra de los gobiernos. Ésa fue una de las principales falencias del primer mandato de Sebastián Piñera: una lectura errada de cómo las personas forman su opinión sobre los asuntos públicos. Especialmente se le criticó la supuesta falta de relato, un hilo discursivo que diera sentido a su acción.

Pero Piñera tiene un relato ahora y lo tuvo también en su primer periodo: derrotar el subdesarrollo y la pobreza, avanzar hacia una sociedad de seguridades, oportunidades, y valores como la vida, familia, libertad, igualdad de oportunidades y justicia.

Sus problemas en esta materia fueron de expectativa y efectividad. Transmitió una confianza desmedida en los resultados que podía lograr, pero la opinión pública no se formó sobre la base de ese relato, sino de su reputación personal: exitoso, ejecutivo, eficiente, trabajador. Mientras los problemas eran concretos (crecimiento, rescate de los mineros, reconstrucción), esto no le trajo grandes problemas. Pero en 2011 los estudiantes cambiaron la agenda, dieron fuerza a la idea de desigualdad y creció la percepción de que todos merecemos una tajada mayor del crecimiento. Frente a eso, su relato resultó inefectivo y sus atributos parecieron desacoplados de los tiempos.

Hoy, nuevamente, lo que la ciudadanía espera de Piñera tiene que ver con aspiraciones personales más que con adhesión política, y le será muy difícil cumplir esas expectativas a pesar de los buenos indicadores que pueda lograr.

Más que un nuevo relato que dé sentido a sus acciones, lo que necesita el futuro Presidente son acciones que den sentido a su relato y le permitan ser evaluado por algo más que sus resultados. Una agenda para ganar legitimidad en sectores que hoy no se sienten representados por lo que él significa, como lo hizo Lagos con los empresarios o Bachelet con las Fuerzas Armadas. Las fronteras que necesita cruzar Piñera ya no son entre élites, sino con actores de mundos como el trabajo, indígena, regional, de la diversidad sexual y estudiantes. En su aspiración de dejar un legado de unidad para el país éste es su principal desafío y, en este propósito, el propio Piñera debe ser el relato.

¿Cómo frenar la centralización?

“¿Cómo y qué debemos hacer para que en los futuros censos veamos una distribución espacial más razonable?”.

Los resultados finales del censo 2017, entregados el mes pasado, dieron nuevas luces sobre cómo nuestro país ha ido cambiando demográfica y socialmente. Pero también dan cuenta de aspectos que se resisten a ser modificados. Uno de los más importantes es el centralismo poblacional. De un total de 17.574.003 personas, 7.112.808 viven en la Región Metropolitana (R. M.), poco más del 40% del total. Al sumar la región que le “sigue” (de lejos y en tercer lugar, pues la del Biobío tiene 2.037.414), que es la de Valparaíso (1.815.902), tenemos que en sólo dos regiones centralizadas y contiguas se encuentra más de la mitad de la población total. Esto no es nuevo, pero por eso mismo resulta aún más preocupante. ¿Cómo y qué debemos hacer para que en los futuros censos veamos una distribución espacial más razonable?

Los motivos del centralismo son conocidos y variopintos: desde la falta de incentivos económicos para invertir en otras regiones o la falta de acceso en materias fundamentales como la salud, la educación y otros ámbitos (sociales, culturales, económicos y hasta políticos), y que, más que animar a las personas a trasladarse fuera de la R. M., opera a la inversa.

La reciente finalización de la tramitación (latamente discutida) que permitirá la elección popular de los gobernadores regionales para 2020, y el necesario traspaso de competencias y atribuciones para quienes sean elegidos, parece ser una luz en el horizonte en aras de lograr alcanzar un índice de desarrollo humano parecido en las otras regiones. Al menos, tiene esa potencialidad.

Cuando uno analiza la distribución de las personas en el territorio de países más desarrollados que el nuestro se observa con claridad que las personas se distribuyen en una proporción bastante más balanceada, dado que la organización de la estructura productiva y económica así lo ha permitido. Por ejemplo, en la “región parisina” de Francia viven cerca de 12 millones de personas, de un total de más de 66 millones de personas (o sea, cerca del 18%). Las cifras de otros países europeos se asemejan bastante más a ese porcentaje que a los nuestros, algunos siendo mucho más bajos.

Con el traspaso de atribuciones a la autoridad regional tenemos la oportunidad de que las decisiones connaturales e inherentes al quehacer de una región en particular se tomen en la misma región, evitando la burocratización o el visado desde Santiago, que hace todo más lento e ineficiente. Esto será un gran paso hacia el desarrollo de las demás regiones, con mayores grados de autonomía, pero que requiere políticas públicas que la acompañen. Si la dejamos huérfana, se perderá el impulso.

Esta oportunidad es la puerta de entrada a un sinnúmero de posibilidades de desarrollo regional. Sin éste, las chances de que Chile se convierta en un país desarrollado se reducen bastante.

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