Viernes 5 de Enero de 2018

Perfil del oficial de cumplimiento

Proponerse el éxito de una firma es el anhelo de cualquier empresario, independientemente del tamaño o giro de una compañía. Por lo mismo, es natural temer a los riesgos que puedan amenazar la estrategia y la gestión de la empresa. Pero debemos tener claro que está en nuestras manos controlar esos riesgos. Nada ocurre por arte de magia. Para asegurarnos de que todo esté en orden, lejos de prácticas antiéticas y en línea con la ley, debemos ir más allá de la función del directorio. Éste es clave, pero necesita un aliado que pueda dar esa tranquilidad.

Con la ley de responsabilidad penal de las personas jurídicas y la aplicación de modelos de prevención del delito que esta norma establece —políticas, procedimientos, evaluación de riesgos, sanciones, canales de denuncia—, tenemos que considerar un cargo que garantice que los trabajadores estén alineados con una cultura de hacer bien las cosas, que estén capacitados sobre lo que dictamina la ley y que se atrevan a denunciar si ven alguna irregularidad. Debe ser alguien cercano, que inspire confianza para dar este paso sin temores.

Ese cargo del que hablo, de suma importancia, es el del “oficial de cumplimiento”. Alguien que no puede ubicarse en un escritorio aislado. En términos sencillos, puede ser visto como el acusete de una sala de clases. Pero ese concepto erróneo es el que debe evitarse; alguien tímido, y sin aptitudes de líder, no puede ser oficial de cumplimiento.

A la hora de contratarlo, las compañías deben tener en cuenta que lo más importante en ese rol son las habilidades blandas del postulante. No se necesita que estrictamente sea abogado o contador. Sólo debe conocer la ley. Debe ser una persona que esté en contacto con todos los equipos de trabajo al interior de una firma.

El oficial de cumplimiento debe contar con la suficiente autonomía, facultades y recursos para llevar a cabo sus funciones adecuadamente. Es la base para que todo esté en regla, pero no sólo de manera técnica. Como el dueño del restaurante que, además de participar en las preparaciones que se hacen en la cocina, también es la cara visible del lugar, quien se dirige a las mesas para preguntarles a las personas qué les pareció la cena para luego implementar esas observaciones. Parece muy lógico. No olvidemos que el «compliance», o cumplimiento, es sentido común.

El nuevo yo

El problema de fondo puede ser que no estemos diseñados para controlar nuestros impulsos”.

Felipe Edwards Del Río

Llegó 2018. Dimos vuelta la hoja. Como suele ocurrir para estas fechas, muchos nos propusimos metas para el año: bajar esos kilos que nos sobran, dejar de fumar, ir al gimnasio, trabajar menos y compartir más... Desde el lunes pasado empezaríamos a ser otra persona. La autodisciplina reemplazaría esa impulsividad hacia lo que nos hace mal y flojera ante lo que nos hace bien, rasgos que nos generan tanta culpa cuando nos miramos al espejo.

¿Y cómo nos ha ido? Si el “nuevo yo” se está pareciendo a la versión del año pasado, tenemos bastante compañía. En las culturas como Estados Unidos donde las autoexigencias de Año Nuevo están arraigadas hasta convertirse en un rito (equivalente a nuestras tradiciones de comer lentejas para la suerte y 12 uvas para lograr nuestros deseos), se estima que tras la primera semana —sí, el lunes próximo— 25 por ciento ya habrán abandonado sus promesas, y al concluir el año los incumplidores serán más del 90 por ciento.

¿Por qué somos tan débiles de carácter? ¿Debe ser tan complejo encontrar nuestra fuerza de voluntad?

Una cantidad impresionante de sitios web y artículos culpan al tipo de obligaciones que nos imponemos. Puede ser que estemos persiguiendo cambios que no provienen de nosotros sino de exigencias que percibimos de otras personas o de la sociedad. Otros planes para mejorarnos son demasiado imprecisos o carecen de realismo.

Entre la extensa literatura sobre buenas prácticas administrativas, un artículo de 1981 en Management Review enumera cinco condiciones para lograr metas en una empresa que podrían aplicarse hacia nuestros deseos personales.

Advierte que los objetivos deben ser específicos y cuantificables. Proponerse bajar de peso es menos eficaz que precisar 3 kilos en los próximos dos meses. Medir el progreso es importante: registrar lo que hacemos en un diario de vida o en la aplicación de un teléfono refuerza nuestro avance hacia el fin que nos hemos propuesto.

Otras recomendaciones parecen igualmente de sentido común. Los objetivos deben ser alcanzables (una exigencia poco realista está asegurada a fracasar), relevantes (algo que queremos hacer y por motivos que verdaderamente representan nuestros valores) y con plazos razonables (darse el tiempo suficiente para lograr lo que queremos y concentrarse en avances pequeños como parte de un proceso largo).

Estos consejos pueden mejorar la probabilidad de cumplir nuestras aspiraciones, pero la realidad es que aún así la gran mayoría va a fracasar. Las implicancias van más allá de un compromiso que nos hacemos al año nuevo. La disciplina, esa capacidad de controlar nuestros impulsos, nos ayuda en muchos aspectos de la vida. En la década de 1960, una serie de experimentos del psicólogo Walter Mischel comparó el desempeño de niños que podían controlar sus impulsos con otros que no eran capaces de hacerlo. A los compañeros del jardín infantil de sus hijas, Mischel les ofreció un dulce que tenían frente a ellos. Si esperaban solos en la sala sin comérselo hasta que él volviera, les entregaría un segundo dulce. Los niños que podían resistir la tentación de comerse el dulce que tenían al frente (debían esperar unos 15 minutos), es decir los que controlaban su deseo inmediato, después tuvieron mejores notas en el colegio, carreras más exitosas, fueron más sanos y más alegres. Además fueron menos propensos a ser obesos, ir a la cárcel o consumir drogas.

Aunque nos hace bien, es difícil de mantener la fuerza de voluntad en el tiempo, como lo sabe cualquiera que se haya sometido a una dieta. Según el psicólogo David DeSteno, el problema de fondo puede ser que no estemos diseñados para controlar nuestros impulsos. DeSteno piensa que el éxito en la evolución de la raza humana no dependió de nuestra capacidad de estudiar para un examen o de ahorrar para la jubilación, sino de nuestra sociabilidad. Fue la cooperación, el apoyo mutuo dentro de una tribu, lo que aseguraba beneficios para todos sus integrantes. Los favores y sacrificios personales eran devueltos con creces por otras recompensas más adelante.

Esas relaciones personales dependen de que podamos ser justos, generosos y leales. Hay que comportarse en forma altruista, pensar en otros y no en nuestros deseos personales del momento. Las contribuciones a los demás no se hacen con calculadora en mano. Ayudamos porque nos hace sentirnos bien a nosotros mismos. Son emociones —compasión, gratitud, orgullo sin soberbia— las que nos llevan a controlar nuestros impulsos egoístas. DeSteno argumenta que nos cuesta tener fuerza de voluntad por nuestro propio bien porque va en contra de nuestra naturaleza. En cambio, el impulso de trabajar por nuestra comunidad, y dar rienda a lo que Adam Smith llamó nuestros sentimientos morales, es producto de millones de años de selección natural.

DeSteno sugiere que cultivemos nuestra capacidad de sentir compasión hacia los demás, gratitud por quienes nos han favorecido y un merecido orgullo al actuar por otros en vez de por nosotros mismos. Tal vez esas emociones nos permitirán ignorar el dulce que tengamos al frente o ir al gimnasio con más ganas. Y cuando llegue 2019, posiblemente esa persona que vemos en el espejo nos caerá un poco mejor.

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