Jueves 21 de Diciembre de 2017

Escalar hasta la cima del Everest

Un rescate a 8.300 metros de altura

En mayo de 2016, tres alpinistas se sumaron a los cerca de 300 que han muerto al intentar la cumbre más alta. Sus cuerpos estuvieron congelados durante un año, hasta que llegó un equipo para recuperarlos.

Por John Branch, TNYT

Los funcionarios nepalíes estiman que aún hay unos 200 cadáveres esparcidos por el Everest.

Alrededor del cuerpo congelado había cinco sherpas. Usaron picos y comenzaron a golpear alrededor del cadáver para intentar desprenderlo de su tumba gélida. Removieron pedazos de nieve encima del cuerpo y los pedazos desprendidos cayeron por la montaña. Cuando, por fin, pudieron liberar una pierna y levantarla, todo el cuerpo, inerte y contorsionado, se movió –hasta los dedos–.

El sol brillaba con fuerza, pero el aire era peligrosamente frío y con poco oxígeno a más de 8.300 metros de altitud. Una columna de humo nevado no dejaba ver más allá de la cresta hacia la cima del Everest, pese a que estaba tan cerca. Cuando llegaron los sherpas con las máscaras de oxígeno sobre sus bocas y los tanques sobre sus espaldas, el único movimiento que había en la zona era el golpeteo por el viento de los bolsillos de la chaqueta del hombre muerto.

La cara y las manos expuestas se habían encogido y ennegrecido después de más de un año de estar sometidas a los elementos tan imperdonables de la naturaleza. Su traje, de color amarillo chillante, ahora era del tono de una hoja caída en otoño. La suela de sus botas daba hacia la cima. Sus brazos congelados estaban doblados en el codo, encimados sobre su cabeza y con dirección cuesta abajo. Era casi como si el hombre se hubiera sentado para descansar antes de caer hacia atrás y quedarse congelado así.

Los sherpas picaron alrededor del cuerpo y, con palabras casi indistinguibles y señas, discutieron cómo era mejor sacarlo de la montaña. Esa cara como de fantasma, con sus dientes blancos expuestos, los asustaba; prefirieron cubrir la cabeza del cadáver con la gorra de la chaqueta.

No había tiempo que perder. A esa altitud le dicen la "zona muerta" por algo. Los sherpas sabían por experiencia lo difícil que es escalar la montaña más alta del mundo. Quizá lo único más complicado es cargar el cuerpo de alguien que murió de regreso hacia abajo.

El hombre se llamaba Goutam Ghosh y la última vez que fue visto con vida fue el 21 de mayo de 2016, aunque era obvio que se volvería otro número en la cifra de fallecidos; pronto se congelaría y terminaría tan inanimado como las piedras que lo rodeaban.

Ghosh era un oficial de policía de 50 años de Calcuta y parte de una expedición condenada a la fatalidad de ocho personas –cuatro alpinistas del estado indio de Bengala Occidental y cuatro guías sherpa de Nepal– que se quedaron sin tiempo y sin oxígeno en la cima del Everest. Los guías terminaron por abandonar a los cuatro alpinistas a su suerte. Tres murieron y solo una mujer de 42 años llamada Sunita Hazra sobrevivió.

Al momento de la tragedia estaba por terminar la temporada de ascensos a la montaña. Camino a la cima en esas últimas dos noches la veintena final de alpinistas se toparon con el cadáver rígido de Ghosh en una sección empinada de piedra y hielo. Para rodearlo, ellos y sus guías, inhalando oxígeno por medio de sus máscaras y con un amarre doble a una cuerda para fines de seguridad, se quitaron sus guantes. Desamarraron sus mosquetones antes de dar un paso alrededor del cuerpo de Ghosh para volver a amarrarse habiéndolo dejado atrás.

La máxima conquista

Alrededor de 5.000 personas han alcanzado la cima del Everest, a 8.848 metros de altitud, por lo menos una vez desde que Tenzing Norgay y Edmund Hillary lo hicieron por primera vez en 1953. Y alrededor de 300 personas han muerto en el intento en la montaña desde ese año, según Himalayan Database.

La mayoría no está a la vista. Algunos han sido movidos o tirados por los peñascos o hacia recovecos, a pedidos de familias molestas de que sus seres queridos fueran usados como puntos de referencia para otros o a solicitud de funcionarios de Nepal preocupados de que ver los cadáveres desincentive el turismo.

Cada vez es más frecuente que las familias esperan poder recuperar los cuerpos. Eso puede llegar a ser más peligroso y costoso que la expedición que desembocó en la muerte del alpinista.

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