Viernes 10 de Noviembre de 2017

Crónica

Marcelo Sánchez Fundación San Carlos de Maipo

Confianza

La confianza es necesaria para construir con legitimidad los acuerdos básicos de convivencia. Confianza para gobernar, para liderar, para servir. Más aún, la confianza traspasa el espacio de la política a uno más íntimo: la relación con la comunidad, con los vecinos, con la comunidad de una iglesia, en el colegio, en el diálogo entre padres e hijos. Confiar se basa en la experiencia y en la esperanza. Por esto que es importante hacerlo no sobre una ilusión sin historia sino con la capacidad de evaluar permanentemente el sustento de dicho acto de confianza. De allí que es relevante avanzar en transparencia del Estado y de las instituciones, y mejorar la trazabilidad de recursos e impactos.

Nuestro país debe trabajar fuertemente para que más sectores se involucren en el desarrollo de nuevos y mejores mecanismos de transparencia, fortaleciendo la confianza pública. Chile es uno de los países que tiene menor confianza social en el mundo: apenas el 12,4% de personas afirma que se puede confiar en la gente (World Value Survey, 2014). Encuestas de opinión pública señalan también una decreciente confianza en instituciones como Gobierno, parlamentarios, Iglesia, entre otras (CEP, 2016; Encuesta Bicentenario, 2016).

Las organizaciones de la sociedad civil han debido enfrentar este desafío haciendo evidente cómo gestionan su organización, quiénes están detrás de ella, sus formas de financiarse, cómo utilizan los recursos, cuál es su metodología, cuáles son sus resultados, entre otras.

La buena noticia es que existen 234.502 organizaciones sociales en Chile. La tasa de 13 organizaciones por cada mil habitantes duplica la tasa australiana y casi triplica la de EE.UU. Cerca del 50% han sido creadas desde 2006, lo que manifiesta un elevado dinamismo. En este contexto, la Fundación Lealtad Chile está aportando a la promoción de buenas prácticas y rendición de cuentas de las organizaciones sociales en base a nueve estándares de transparencia y buenas prácticas de gestión. Ello es clave para la creación de confianza en el donante y sus decisiones respecto a la organización o proyecto a apoyar.

En los próximos días, junto al Cefis de la UAI, se darán a conocer los hallazgos de la investigación "Visión y Prácticas de los Donantes en Chile". Ésta ratifica que para el desarrollo de la filantropía e inversión social es fundamental generar confianza mediante herramientas que validen y visibilicen la capacidad de gestión de las organizaciones sociales.

El humano irracional

Felipe Edwards Del Río

En la economía, la idea de que las emociones afectan a nuestra capacidad para razonar tiene una historia larga".

¿Por qué votamos por quien votamos? ¿Por qué compramos lo que compramos? Suponemos que votamos o compramos por la opción que nos parece mejor. Entre economistas, hasta hace poco, ésa era una regla aceptada casi universalmente. A partir de la década de 1950, académicos neoclásicos de la Universidad de Chicago como Milton Friedman y Gary Becker llegaron a dominar el debate sobre cómo funcionan las economías en base a su percepción de las personas como "actores racionales"; es decir, que saben lo que prefieren entre distintas opciones y toman decisiones para obtener la mayor utilidad posible de ellas.

Por supuesto, sabían que no todas las personas decidían en forma lógica, pero creían que la mayoría sí lo hacía, y aquellos que actuaban en contra de su propio bien lo hacían en forma aleatoria y no afectaban el resultado final. Reinaba el modelo del homo œconomicus.

Estas presunciones les parecieron extrañas a dos psicólogos de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Amos Tversky y Daniel Kahneman (Premio Nobel de Economía en 2002). No describía las reacciones que observaban en su país en los turbulentos años 70. Al investigar, descubrieron que no tomamos decisiones como si fuéramos expertos en estadística. Usamos estimaciones al ojo, o según nuestra experiencia, más que un análisis formal de racionalidad. Generalmente estas simplificaciones mentales nos sirven muy bien, pero a veces engañan.

Un ejemplo es lo que llamaron la "heurística de disponibilidad": mientras más fácil nos resulta recordar un fenómeno, pensamos que es más habitual. ¿En EE.UU. hay más homicidios o suicidios con armas de fuego? La mayoría respondería que hay más homicidios, cuando en realidad los suicidios con armas son alrededor de dos veces más frecuentes. Los asesinatos, especialmente unos masivos como los de Las Vegas y Texas, reciben amplia cobertura en los medios de comunicación, mientras que los suicidios usualmente no tienen visibilidad. Casos como éstos, en que la información pública destaca sólo una parte de la realidad, nos hacen temer excesivamente algunos eventos y ante otros sentir una despreocupación injustificada.

De la misma forma, nuestra intuición nos lleva a valorar algo que es nuestro sobre algo del mismo valor que no tenemos ("efecto dotación"); emocionalmente tendemos a dejar las cosas como están en vez de cambiarlas ("sesgo del statu quo") o, cuando calculamos riesgos, valoramos algo que ya tenemos sobre otra cosa de igual o mayor valor por la cual la podríamos cambiar ("aversión a la pérdida").

No es una coincidencia que Tversky y Kahneman fuesen psicólogos. En los años 1930, Kurt Lewin fundó la especialidad de psicología social, que mide científicamente el comportamiento de las personas como una función de su entorno. Un experto en la manipulación de masas, Adolf Hitler, lo intuyó al proponer que el secreto de la propaganda era restringirse a pocas ideas y repetirlas sin cesar.

En la economía, la idea de que las emociones afectan a nuestra capacidad para razonar tiene una historia más larga. Economistas clásicos del siglo XVIII los antecesores de los "neos" no dudaban de que la pasión juega un rol fundamental en nuestras decisiones. En su "Teoría de los sentimientos morales", Adam Smith escribió que en el hombre "sus pasiones son muy propensas a engañarlo; a veces lo impulsan y otras veces lo seducen a violar todas las reglas que él mismo, en sus horas tranquilas y sobrias, aprueba".

Esa vieja creencia está cobrando nueva vida. El último premio Nobel en Economía, Richard Thaler, aplicó las teorías de Tversky y Kahneman para compensar nuestras irracionalidades predecibles y así mejorar nuestras vidas. Si la heurística de disponibilidad hace temer excesivamente lo que es poco probable, Thaler aboga por el empleo de "un pequeño empujón", como hacer presente otros riesgos más altos, lo que puede ayudarnos a tomar las precauciones que correspondan. Barack Obama y James Cameron los emplearon en decenas de servicios públicos. Nuestra ley sobre etiquetado de alimentos sigue el mismo principio.

Thaler y otros practicantes de estos empujones los llaman "paternalismo libertario". Son libertarios porque, aun cuando los empujones afectan el pensamiento inconsciente, siempre deben permitir la posibilidad de tomar distintas opciones a las sugeridas. No se puede presumir que, en su paternalismo, el Estado siempre sepa lo que nos conviene, como individuos o como una sociedad.

Las mismas herramientas pueden ser empleadas para manipular nuestros valores, preferencias y deseos. El fundador de Amazon, Jeff Bezos, informó a sus socios que se benefician de unos 70 millones de empujones generados por el sitio cada semana. Campañas políticas, y el Kremlin, emplean una norma equivalente para influir en los sentimientos de grupos específicos y así alterar los resultados de elecciones.

¿Sabemos por qué tomamos las decisiones que tomamos? Probablemente no. Y será más difícil dilucidarlo en la medida en que los mecanismos del pensamiento reciban cada vez más empujones en múltiples direcciones, no siempre bien intencionados.

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