Jueves 21 de Septiembre de 2017

Redacción

Verónica Campino Fundación Chile Mujeres

Hombres detrás

del voto femenino

Es interesante analizar la historia para entender los cambios y valorar (o no) los avances realizados. A dos meses de una elección presidencial con dos candidatas presidenciales mujeres, comprender la trayectoria del voto femenino se vuelve casi un imperativo. El 8 de enero de 1949, el Presidente Gabriel González Videla firma la Ley Nº 9.292, que otorga a las mujeres la posibilidad de hacer uso de su ciudadanía y votar en igualdad de derechos. Esta ley es promulgada luego de un intenso debate legislativo que culmina con un oficio firmado por el entonces presidente del Senado, Arturo Alessandri Palma, que establece el derecho femenino universal a votar.

El esfuerzo y la perseverancia de muchas valientes mujeres lograron algo que hoy resulta evidente. En 1945, Gabriela Mistral recibe el Premio Nobel de Literatura, siendo la primera mujer latinoamericana en lograrlo. Paralelamente, convertidas en una fuerza política considerable, las mujeres refuerzan su influencia por la ampliación de sus derechos ciudadanos, representadas en Chile por el Movimiento por la Emancipación de las Mujeres de Chile (MEMCh). La primera elección presidencial con voto femenino universal ocurre en Chile en 1952, resultando electo Carlos Ibáñez del Campo.

Sin embargo, es evidente que este avance no se habría logrado sin la ayuda de muchos hombres —que en esa época contaban con el monopolio total del poder político—, comenzando por los ya mencionados.

De acuerdo a las memorias del Congreso, el entonces senador Horacio Walker —en la sesión ordinaria del 20 de junio de 1945— expresa lo "indispensable" que es la incorporación de la mujer a la ciudadanía política, por cuanto contribuye al 51 por ciento de la población. Añade que "su papel actual en la colectividad, la situación de Chile ante los tratados y convenios internacionales y nuestra posición frente a los países hermanos de América nos aconseja hacerlo".

Resulta interesante reflexionar acerca de la importancia de avanzar en diálogos y acuerdos entre mujeres y hombres, sin importar el color político ni la condición económica. Ahora bien, debemos pisar el acelerador y no seguir reaccionando a convenios internacionales o a una mala situación relativa con respecto a nuestros vecinos. La historia ha demostrado que en Chile, cuando existe convicción, los buenos resultados llegan como consecuencia.

La desigualdad política

Alfredo Joignant

"Estas desigualdades se aprecian en la mediocre electividad de candidatos que adscriben a determinadas categorías sociales".

En tiempos en los que abunda el gargarismo igualitario sobre la participación política (todos-somos-iguales-al-momento-de-votar-o-protestar, de un extraño irrealismo), es importante tomar nota de la gran paradoja de la actividad política que tiene lugar en un campo debidamente organizado, como el chileno. Si el campo político es un espacio en cuyo seno tienen lugar actuaciones de los agentes que lo habitan, ello se debe a que la competencia descansa en reglas comunes del juego que terminaron siendo asimiladas por todos. La paradoja comienza allí donde se inician las luchas que tienen lugar en este espacio de contienda común, puesto que las prácticas mediante las cuales se compite se justifican apelando al ideal democrático y liberal de la igualdad de oportunidades, una doctrina que los hechos se encargan de desmentir una y otra vez.

Las desigualdades de la competencia política no sólo se refieren a las ventajas de incumbencia de las que gozan los primeros ocupantes del campo (quienes a su vez formatearon el devenir del campo a partir de sus intereses, sin que ello supusiese un concepción diáfana y cínica del futuro que les era conveniente), sino también a un cúmulo de sesgos que se aprecian en la mediocre electividad de candidatos que adscriben a determinadas categorías sociales. Es sabido que las mujeres, así como los hombres de color, los obreros y campesinos, los jóvenes y los agentes que carecen de diplomas, esto es un conjunto de grupos que se encuentran sistemáticamente subrepresentados, se ven desfavorecidos en la relación que ellos establecen con el campo político: ya sea en el momento de participar en él (votando o protestando), o derechamente para ingresar a él en calidad de agentes del campo.

De lo anterior se sigue una forma de divorcio entre las reglas políticas y la selección social de quienes son favorecidos por ellas. Si este divorcio se ha sostenido durante tanto tiempo, esto es a lo largo de toda la historia del sufragio universal, ello se debe a que han primado en el entendimiento de la vida del campo las razones políticas en desmedro de sus lógicas sociales. ¿Qué significa triunfar en una elección con sufragio universal? Conquistar la mayor cantidad de adhesiones individuales, en la más completa indiferencia por quienes componen esa mayoría y concurren a sufragar, a sabiendas de que no todos los individuos y grupos votan por igual.

Eso es lo que explica que, en coyunturas de reforma de los sistemas electorales que suponen redistritaje o alteración de las fronteras de los territorios, el temor de quienes se oponen y la crítica a estas ingenierías institucionales se refieran a los posibles efectos políticos, y rara vez a los fundamentos sociales sobre los que descansa. Las diferencias de léxico son relevantes, ya que criticar reformas institucionales por razones de etnia o clase se aviene mal con la retórica igualitarista dominante en el campo, sin la cual los fundamentos de la competencia democrática se desmoronarían.

Amor de Chile

"Quiero a Chile como a un padre borracho y golpeador. Cerca suyo viví las primeras experiencias que importan en la vida".

Amo a Chile con un amor intenso y herido. Para quien lea con escepticismo estas líneas, hago presente que yo elegí vivir en Chile. Decidí venirme arrastrando a mi familia a una aventura sin retorno en busca de arraigos añorados y de pertenencias sociales y culturales que sobrevivían apenas bajo las arenas del desierto. Pronto verás borradas las flores de septiembre, me dijo un poeta.

Mi amor de Chile no es incondicional. El día que llegué del exilio y escuché hablar en chileno, en el centro de Santiago, se me gatilló un ataque de pánico que me impidió caminar y que apenas me dejaba respirar. Tuve que sentarme en cuclillas, con la espalda apoyada en la iglesia de los Agustinos y esperar. Tengo dos o tres dilemas con los Quincheros. Por una parte, era el sonido que daba una solemnidad romántica a los bandos militares. La voz engolada y hostigosa de las mismas tonadas que me enseñó mi padre hacía juego con la satisfacción insultante de los voceros del Gobierno. Pero el romanticismo de la infancia, el de la "niña de los ojos claros", no ha dejado nunca de conmoverme.

Quiero a Chile como a un padre borracho y golpeador. Cerca suyo viví las primeras experiencias que importan en la vida; los olores, las canciones, los amores y los juegos, el paisaje, la cordillera y el sentido carnal de lo majestuoso, las comidas y las gentes concretas; la apabullante presencia de la pobreza. Quiero a Chile como un campo de batalla en que el valor se mide por la invención de una vida nueva, más justa y alegre.

Detesto el narcisismo chileno. Cómo decirles que el terremoto en México no es sobre los chilenos; que la mención insistente en nuestra ingeniería antisísmica no hace más que avergonzarnos en momentos en que se nos impone un querer de solidaridad y desprendimiento. Cómo decirles a los periodistas chilenos que los dramas que reportan no tratan sobre ellos. Que es una impudicia sobreponer sus rostros y sus egos al dolor de los que sufren. Es una usurpación de la imagen, un robo del afecto de los espectadores. Lo que hacen las cadenas televisivas nacionales ofreciéndonos el testimonio monótono e inagotable del narcisismo patrio es un acto que resulta repugnante.

Amo a Chile a pesar del nacionalismo. El concepto de nación bajo el cual fuimos perseguidos, separados y reprimidos, es parte del nudo que debemos desatar si queremos una reconciliación que valga más que una fiesta. La nación como memoria institucionalizada no puede sustituir a su pueblo. La democracia consiste en hacer un lugar a la depuración de las viejas estructuras erosionadas por su tiempo en el desierto y dejar espacio a los amores que vendrán y a las experiencias nuevas que tal vez se presenten. El amor es así, crítico, arrebatador e injustificado.

VOLVER SIGUIENTE