Viernes 1 de Septiembre de 2017

Redacción

Verónica Campino Fundación Chile Mujeres

¿Cuotas o convicción?

A propósito del caso de Trinidad Parra —quien ha admitido que su partido le dio un cupo para postular al Senado sólo para cumplir con la Ley de Cuotas—, vale la pena reflexionar acerca de las herramientas efectivas para aumentar la participación femenina en Chile. La Ley de Cuotas aprobada en 2014 apunta a lograr un nivel más equitativo en la distribución de cargos de elección popular. Tristemente, vemos que el efecto ha sido más bien acotado, y los mismos dirigentes de los partidos admiten que son pocas las candidatas competitivas.

En la experiencia internacional, el caso de Francia es especialmente interesante. El partido de Emmanuel Macron, En Marche!, presentó el mismo número de candidatos hombres y mujeres en las últimas elecciones. De los parlamentarios elegidos por En Marche!, el 47% fueron mujeres, aumentando así a 39% la representación femenina en la Asamblea Nacional. Este resultado no se debió a una ley, sino a la convicción respecto a la importancia de otorgar oportunidades a hombres y mujeres en igual proporción. En una reciente entrevista, Macron contaba que se dio cuenta de que su partido estaba siendo conformado únicamente por hombres blancos, y no era un reflejo del país que aspiraban representar. Ese día, dijo, entendió que la política en Francia había sido formada por hombres y para hombres, y se convenció de que ello debía cambiar.

En Canadá, el Partido Liberal —del Primer Ministro Justin Trudeau— presentó 105 candidatas mujeres al Parlamento (31,1% del total), lo que no es una cifra demasiada alta pero cercana a la que tanto ha costado implementar en Chile. Sin embargo, eligió a 50 de ellas (47%). Trudeau ha declarado una y otra vez que es un convencido de la necesidad de otorgar mayores oportunidades a las mujeres, y se autodenomina "feminista". El partido Nueva Democracia, en cambio, presentó 145 candidatas, sin embargo solo 18 de ellas fueron elegidas (12%). Es decir, bajo la realidad chilena el Partido Liberal no habría cumplido con la ley de cuotas mientras su competidor sí, siendo que el primero logró elegir a 32 candidatas más.

Ambos casos muestran que para lograr cambios culturales es fundamental la convicción, quizás hasta por sobre la imposición. Si elegimos líderes convencidos de la importancia de otorgar equitativamente oportunidades a tanto hombres como mujeres, estaremos pavimentando el camino hacia una sociedad más sana, equitativa y justa.

Publicidad

La violencia del padre

Felipe Edwards Del Río

La imagen de Sam Shepard: lacónico, buenmozo, capaz de cabalgar rumbo al desierto en cualquier minuto y, con su silencio, proyectar un pasado lleno de profundas heridas".

Al editor del New York Tribune, Horace Greeley, se le atribuye el consejo "vaya al Oeste, joven, vaya al Oeste y crezca junto a la nación". Desde la independencia de Estados Unidos, el Oeste de Norteamérica representó un terreno disponible para la agricultura y ganadería, la posibilidad de un nuevo comienzo, el escape de la muchedumbre, desempleo y corrupción de las ciudades en el Este. Se popularizó la idea de que el destino manifiesto de la nueva república era de poblar y civilizar desde el Atlántico al Pacífico.

Pero esa imagen del Oeste era más fantasía que realidad. España ya había colonizado Texas, Nueva México y California en los siglos 17 y 18, y en el terreno supuestamente despoblado habitaban centenares de tribus indígenas, algunas autóctonas y otras desterradas del Este.

A partir de la década de 1960, el cowboy solitario con sus reses y el pistolero anónimo que defiende a un pequeño pueblo de los rufianes habían pasado de moda. El Oeste comenzó a ser visto como un lugar de injusticia y rudeza, conquistado gracias a una guerra contra México y escenario de violencia brutal entre soldados e indios, así como entre vaqueros y agricultores. El western había cambiado del John Wayne de "Río Rojo" al Dustin Hoffman de "Pequeño gran hombre".

Uno de los mejores retratistas de esa nueva visión del Oeste, de la atracción por la solitud y el enorme espacio de sus praderas y montañas, así como de la intrínseca crueldad de sus habitantes fue el prolífico dramaturgo, actor y músico Sam Shepard, quien falleció el 27 de julio pasado.

Su vida fue paradójica. Era taciturno, pero escribió decenas de obras de teatro inspiradas por la desgarradora relación que tuvo con su padre. Celoso de su privacidad, se hizo famoso por su actuación en más de 50 películas y su relación de casi treinta años con la actriz Jessica Lange. Su rol más recordado fue en "Elegidos para la gloria" ("The Right Stuff"), de 1983, donde interpretó al piloto de pruebas Chuck Yeager. Por ese papel fue nominado a un Oscar y creó la imagen que tendría ante el público: lacónico, exageradamente buenmozo, capaz de cabalgar al desierto en cualquier minuto y, con su silencio, apto para proyectar un pasado que nunca revelaría, lleno de profundas heridas y violencia. Para su generación fue el epítome de cómo ser "cool".

Antes de ser actor, Shepard ganó fama como un admirado guionista y director de cine experimental, el genio del Off Off Broadway. Llegó a Nueva York en 1963, a los 19 años, inspirado por las obras de Samuel Beckett y el jazz de Thelonious Monk. Creció en un campo de paltos en California, como hijo mayor de un ex profesor y piloto de bombarderos en la Segunda Guerra. Su padre había nacido en una comunidad rural y luego estaba volando un B-24 en Rumania y el Pacífico, lanzando bombas sobre personas a quienes nunca vio. "Esos hombres volvieron de esa victoria heroica", dijo, "y estaban dañados en una forma fundamental... que todavía es un misterio. Su medicamento fue el alcohol". El trago los llevaría a la violencia patológica contra sus esposas y sus hijos. "Vi esos ataques una vez tras otra, y no sólo en mi familia" recordó.

Las primeras obras de Shepard eran caóticas, llenas de sorpresas. Pelotas de ping-pong de colores caían del cielo, actores hablaban desde tinas o se pintaban unos a otros, reflejos de una década psicodélica que no idealizó. "Para mí, los sesenta fueron nada de entretenidos", dijo. "Un sufrimiento terrible... Las cosas se caían a pedazos".

Luego de pasar cuatro años en Londres para librarse de esa locura, dedicó el resto de su carrera teatral a reproducir la experiencia de haber sobrevivido a su origen. En numerosas obras —entre ellas "Niño sepultado", que ganó el Premio Pulitzer— Shepard se enfrentó con su pasado. Retrató lo que vivió con su padre (a quién dedicó muchas de las obras) con sus borracheras, su ausencia, su rabia y su machismo temerario.

Sus obras maduras reflejan la destrucción del amor que Shepard presenció en su niñez. Reconoció que el ciclo de abuso y crueldad se repetía de generación a generación. "Es como el destino", concluyó, "como la estructura de nuestros huesos y la sangre que fluye por nuestras venas".

Shepard siempre luchó contra su propio alcoholismo. "En mis últimas obras, el alcohol está presente," dijo, "no como un tema moral, sino como un desastre". Cada cierto tiempo tenía que escaparse. Igual que a escritores del Oeste, como Wallace Stegner y Richard Ford, las praderas y montañas les daban una paz interior. Necesitaba recorrerlas en su camioneta con su perro, una caña de pesca, una guitarra, cuadernos, y un cerro de libros.

Finalmente encontró una especie de tranquilidad, entre sus hermanas, sus amistades de décadas, y sus hijos, a quienes llamaba de cualquier parte del país y con quienes sostenía largas y serpenteantes conversaciones, que podían divagar desde las esmeraldas de Hernán Cortés hasta las cruces blancas de Flandes, y frecuentemente sobre escritores y libros.

Shepard murió de ELA en su campo de Kentucky, acompañado por sus hijos y sus hermanas. Patti Smith escribió que se acostó a dormir un sueño noble y estoico: "Llovía cuando tomó su último respiro, tranquilamente, tal como él lo habría deseado. Sam fue un hombre reservado".

VOLVER SIGUIENTE