Sábado 12 de Agosto de 2017

En Valparaíso

Playa Ancha La obligación de mirar

Tiene la misión telúrica de resguardar al Puerto de los tenaces vientos del sur y del oeste, cosa que apenas puede.

Por Gustavo Boldrini

Seguro que Playa Ancha es el lugar que más contribuye a la cautivante fama y recuerdos de Valparaíso. La puesta de sol desde la avenida Altamirano (su costanera), el color jacinto que de soslayo se le ve al mar desde las callejuelas que se desprenden de la calle Gran Bretaña, el olor a pan a la salida del ascensor Artillería y, sobre todo el viento, general e incansable, la caracterizan. Sabido es que habiendo puesta de sol y brisas, nace la nostalgia.

Aquí la arquitectura y el paisaje son indisolubles. La prueba está en que antes de que el sector fuera llamado Playa Ancha, hubo cinco cerros que, en orden desde el mar, son el Villaseca, La Artillería, La Atalaya o Vigía, el Mesilla y el de Carretas. Pero hoy, ese conjunto que cierra la Bahía de Valparaíso por el poniente, se ve como un solo cerro.

Ascensor Artillería

Un recorrido por sus alturas debe comenzar a sus pies, en la Plaza de la Aduana Vieja. Allí se inicia la subida por el ascensor Artillería para llegar a la "estación" alta en el Paseo 21 de Mayo. La decisión es feliz pues tras unos corcoveos iniciales, el aparato comienza su lenta subida. Este es uno de los pocos ascensores que aún funcionan, y el Plan de Valparaíso se ve emerger rápido tras los barrotes de hierro de sus ventanas. Por entre los rieles y rozando la ladera del cerro, brotan los retamos, las primeras espuela de galán y algo insólito: serpenteantes plantas de alcayota que esconden sus frutos bajo anchas hojas. Arriba, un torno de metal da vueltas ruidosamente para dejar salir, uno a uno, a los pasajeros.

Cuando sucedió la guerra con España (1865) se erigió allí una unidad de artillería y su cumbre sólo era un cuartel de vigilancia. Al mismo tiempo, llegaron desde Europa funcionarios importantes (sobre todo británicos) para la banca y el comercio porteños que fueron instalándose en los cerros Alegre y Concepción. Cuando éstos se saturaron, desde 1875, Playa Ancha comenzará a recibir a los que siguen llegando. Pero será a fines del s. XIX y a comienzos del s. XX cuando, tras la construcción de cuatro poblaciones y dos avenidas —la Playa Ancha, sobre la meseta alta y Gran Bretaña, bordeando el acantilado al mar— comience a poblarse con una recién nacida clase media. Poco más tarde, se recibirá a funcionarios de la administración pública que Valparaíso demanda, los que llegarán a sus casas por el ascensor de Artillería, la calle Carampangue o la subida Villaseca.

Marinos y navegantes

Sin embargo, y como si fuese la cubierta de un barco gigantesco, Playa Ancha fue principalmente suelo para los marinos y los navegantes.

Hasta hoy, las galerías y miradores de sus casas, en orientación poniente, hablan de que sus habitantes estaban muy atentos a la bahía y al movimiento marítimo.

Mirar Valparaíso desde el Paseo 21 de Mayo es obligatorio para descubrir la lógica de su crecimiento o el nombre de sus cerros. El espacio del Paseo es compartido con una feria de souvenirs. Allí mismo está el Museo Naval, gran edificio neoclásico que desde 1893 fue sede de la Escuela Naval.

El recorrido sigue por la subida Artillería que, en cinco minutos deja a la entrada de las avenidas que recorren Playa Ancha hasta el poniente: el barrio universitario, la playa de Las Torpederas, el Cementerio y los roqueríos en donde anida el más delicado y trágico mito del cerro: la Piedra Feliz. La avenida Gran Bretaña expone los mejores vestigios de la arquitectura victoriana y romántica, inglesa o alemana: van apareciendo hermosas puertas, portones, planchas de bronce, balcones de fierro forjado.

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