Sábado 12 de Agosto de 2017

Redacción

Marco Antonio de la Parra

El regreso del cuento

Hace algunos años corría la leyenda de que las editoriales rechazaban el cuento y sólo aceptaban novelas, de que la novela era el único camino y que incluso se abandonaba el género corto por parte de los autores, a pesar de que el trabajo de los talleres de narrativa optara en general por el relato breve. Del cuento quedaba sólo su versión mínima, el microcuento. Eso hasta que se vinieron las novelas cortas, algunas deliciosas y, de atrás, empezó a reaparecer la fuerza del cuento en gloria y majestad, con nombres que hicieron sonar campanadas como la internacionalmente exitosa Paulina Flores en "Qué vergüenza". Dicen, claro, que la editorial ya le pidió una novela, pero se empezó a hacer evidente que el cuento volvía.

Prueba de esta vitalidad son libros como "Terriers", de Constanza Gutiérrez, y "Hienas", de Eduardo Plaza. Títulos carnívoros para escrituras bien afiladas, finas, precisas.

Eduardo Plaza, considerado entre los 39 escritores menores de 40 más importantes en Latinoamérica en el encuentro de 2017 en Bogotá, crea un mundo cargado en Coquimbo, donde la región campea al elegir el paisaje geográfico y vital y los actores son menores, pequeños —de figuración y a veces incluso de edad—, relatando desde un ángulo quizás autobiográfico, o teñido de ese sabor, el abrirse al mundo de las emociones.

Constanza Gutiérrez, también con algún galardón en su pechera, decide en "Terriers" descentrar su literatura y salir de SCL para, ya sea en La Tirana, en Castro o en las regiones abiertas como una baraja, registrar el vértigo del paso de la niñez a la juventud a través del marasmo de la adolescencia. Con algunos cuentos extraordinarios como "Mowli" o "Arizona", (¿hay alguno malo en este volumen?), en sólo siete relatos se planta como una escritora de voz propia. Tal como lo hace Eduardo Plaza en "Hienas", da prueba cabal de que ha venido, pisando firme, para quedarse en el mundo de la literatura chilena. "Terriers" prefiere el final abierto, la zona no del todo concluida, congelando en la imagen final cierta melancolía que en ciertos pasajes incluye sus gotas de humor.

Libros de cien páginas, algo más, algo menos, que se merecen lectura e incluso relectura en su mirada algo oblicua, de perfil, donde la niñez duele, el mundo adulto muestra sus grietas y la juventud no perdona.

Eñe

Carlos Franz

Propongo que los contribuyentes nos rebelemos y no paguemos impuestos por aquellas actividades cuyos nombres contengan esos caracteres".

Un año no es lo mismo que un ano. Aunque a veces algunos años resulten ser como el ano, es preferible no confundir esta indispensable parte del cuerpo con un ciclo de la Tierra en torno al sol.

La buena ortografía sirve, entre otras cosas, para evitar confusiones tontas o peligrosas como ésa. Además, sirve para entendernos mejor por escrito y mantener la historia, identidad y unidad de nuestra lengua.

Sin embargo, parece que esos nobles objetivos no le importan mucho al Estado de Chile (en su actual estado). Por ejemplo, nuestro Servicio de Impuestos Internos (SII) atiende a los sufridos contribuyentes mediante un programa informático que –en muchos casos– no admite signos ortográficos propios de la lengua oficial de nuestra república. El SII nos impide usar la tilde de los acentos gráficos. Y como si esto fuera poco, el SII nos prohíbe usar una de las letras de nuestro abecedario: la eñe.

Un señor apellidado Patiño, que viva en Ñuñoa y desee emitir una boleta de honorarios electrónica por servicios de movilización de niños, se verá convertido en el "senor Patino domiciliado en Nunoa" y su boleta dirá que se dedica a la "movilizacion de ninos".

"El caracter (ñ) no está permitido", nos dice el mensaje que salta en pantalla cuando un contribuyente intenta escribir la palabra "paño" en una boleta electrónica del SII. A esta prohibición prepotente se añade la ignorancia: el SII nos imparte su orden escribiendo la palabra carácter sin tilde.

La antipatía del SII contra la indefensa letra eñe y contra las inocentes tildes no se limita a las boletas de honorarios. El Servicio de Impuestos Internos de Chile también cambia los nombres de nuestra geografía a su arbitrio. En la plataforma cibernética de este Servicio Peñalolén se llama "Peñalolen". En cambio, la XI Región del general Ibáñez del Campo sí tiene derecho al acento gráfico en la palabra Ibáñez. ¿Qué debemos pensar los ciudadanos ante esta discriminación? ¿Por qué el Estado de Chile respeta el apellido de un general y Presidente –al que apodaban "el Caballo"–, mientras que desprecia el hermoso nombre mapuche de esa comuna cordillerana?

Esa violencia ortográfica estatal es imitada por importantes corporaciones privadas en sus plataformas cibernéticas. El Banco de Chile también priva a sus clientes de las tildes. En sus estados de cuenta este banco escribe "tesoreria" y "notaria", y hasta sus propias líneas de crédito son llamadas "lineas de credito". Olvídese usted de transferir dinero a un Cristián o a una Sofía. El banco lo obligará a transferirle a Cristian o a "Sofia". Si un banco llamado "de Chile" trata así a nuestra lengua, ¿qué no harán los bancos extranjeros cuyas matrices desconocen el español? ¿Y cómo exigirles que se corrijan cuando el propio Estado maltrata nuestra lengua?

Acosado por esas dudas decidí preguntarle al Servicio de Impuestos Internos, a través de su plataforma electrónica, a qué se debe que los chilenos no podamos usar eñes ni tildes en algunas operaciones fiscales básicas. También les sugerí corregir esa anomalía.

Transcribo la respuesta completa que me envió el SII: "Al respecto, le informamos que el sistema de emisión de Boleta de Honorarios Electrónica, no permite ingresar caracteres especiales invisibles (ejemplo, al digitar se apretaron involuntariamente dos teclas) pero dañinos, tampoco pueden contener ñ o acentos".

Ante esa respuesta, Condorito se habría ido de espaldas, haciendo "plop". Pero al menos esta declaración del SII nos tranquiliza aclarándonos que para este Servicio la letra eñe no es "dañina". Sin embargo, igual nos prohíbe escribirla, sin dar razones.

Es inaceptable que el Estado de Chile –en una de sus principales funciones como es la recaudatoria– escriba mal los topónimos de nuestra geografía y obligue a algunos de sus ciudadanos a hacer lo mismo con sus propios nombres, y otras palabras normales en nuestra lengua.

¿Cómo podemos creerle al Estado cuando nos dice que empleará nuestros impuestos para mejorar la educación chilena si en el momento mismo de cobrarnos propaga la ignorancia?

¿Qué podemos hacer los ciudadanos deseñizados y destildados? Ya que el Fisco se empeña en ningunear la eñe y las tildes, propongo que los contribuyentes nos rebelemos y no paguemos impuestos por aquellas actividades cuyos nombres contengan esos caracteres.

Así la "música" y la "minería" quedarían exentas de impuestos. Los trabajos de "albañilería" quedarían eximidos del IVA. La venta de "paños", "puñales" y "rebaños" no tributaría. Y la feliz comuna de Ñuñoa quedaría exenta de toda contribución.

¡Soñemos, ciudadanos! Aunque después nuestro Estado nos obligue a escribir "sonemos".

VOLVER SIGUIENTE