Sábado 15 de Julio de 2017

Región de Valparaíso

La Sombra, viajar hacia un enigma

La explicación racional del nombre de este lugar está clara desde la experiencia de sus habitantes, que con mucho entusiasmo hablan de ella.

Por Gustavo Boldrini

Visitar un lugar llamado La Sombra, en verano, puede resultar refrescante, un destino correcto. Pero en invierno, cuando lo único que se desea es calor y sol, no parece un acierto. Sin embargo, sea verano o invierno, este lugar es como un imán para aquellos que viajan hacia una palabra y, sobre todo, hacia la comprensión de su significado territorial.

Todo comienza sobre la Ruta 5 Norte. Pasados unos tres kilómetros del peaje Las Vegas, se toma el desvío a Romeral que lleva al cruce del río Aconcagua hacia su orilla norte, en dirección de San Felipe. Este es uno de los lugares más estrechos del Valle y la visión ciclópea de los cerros de Llay LLay, los Altos de Catemu, Vichiculén, la Campana, el Caqui… dibujan un gran nido tibio entre tanta serranía, que en este tiempo está verde y brillante.

También se puede hacer el viaje por caminos y caseríos nacidos en tiempos coloniales, saliendo desde La Calera o Hijuelas, contemplando reminiscencias de las haciendas de San Nicolás de Purutún, Bellavista, Artificio, Conchalí… hacia la Punta del Torrejón, que es una expectante altura sobre el cauce. Allí, tras una pequeña curva, el río y el camino suben hacia el este y ya se está en Romeral. A su izquierda, el viajero tendrá a la vista la cordillera de El Melón cuyas quebradas caen y se abren en amplios cajones y vallecitos. El primer lugar que aparece es Purehue y, enseguida, La Sombra, como cabeceras de estas profundas entradas a la montaña.

Encomendadas ya en el siglo XVI, casi todas estas haciendas fueron parte de la de Purutún, de aristocráticas familias, como los Iturgoyen, Azúa, Marín de Poveda; más tarde de los Cortés y Echeverría. Mediando particiones y herencias, en el siglo XIX aún quedaban ramas de los antiguos dueños, como los Echeverría Larraín y Morandé Echeverría. En el recuerdo de los actuales habitantes, resuenan los nombres de Juan Morandé y Eulogio Pérez Cotapos. Gran parte del siglo pasado, perteneció a la familia Thiermann, hasta la aparición de la Reforma Agraria. Sus antiguos inquilinos son los que hoy habitan este lugar dedicados a la agricultura de frutales (paltas, naranjos...) y chacarería (bruselas, coliflores…) o como trabajadores de viñedos y paltales.

El gran ceibo

La entrada a La Sombra está a la orilla de la carretera y contigua al río Aconcagua. Es una calle asfaltada que por alrededor de un kilómetro sube en derechura hacia el interior del cajón. Las casas están enfrentadas en una holgada continuidad que permite jardines y huertas. No las hay antiguas, pues los terremotos, desde aquel de 1965, las derribaron. Sólo quedaron la Estación Médico Rural y una bella Escuela, de 1905. Como remate de esta única calle, se alzan una palmera chilena, cuatro o cinco washingtonianas, tilos y, como un detalle creador, se distingue la ramazón de un gigantesco ceibo que será clave para entender la razón mágica de tanta sombra.

La explicación racional del nombre La Sombra está clara desde la experiencia de sus habitantes, que con mucho entusiasmo hablan de ella. Hacia el este se ubican los cerros de Llay Llay y Catemu, que tapan el sol hasta muy entrada la mañana. Hacia el oeste, la alta cordillera de El Melón, con el Caqui, el Caquicito y Potrero Alto… hacen que el sol de la tarde se esconda muy temprano. Ya está claro.

Sobre los horarios de luz no hay consenso, pues sus variaciones dependen de la época y de en cuál lugar del valle vive la persona que lo cuenta. Se habla de amaneceres a las 10 u 11 A.M. y de "sombras" entre las 4 y 6 P.M. El sol, por breve, es el causante. Pero no hay tristezas. Todos concuerdan en que esta condición no altera la agricultura y, por otra parte, por su situación encajonada existe aquí un caluroso microclima.

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