Sábado 15 de Julio de 2017

Redacción

Samuel Fernández Académico Derecho U. Central

Estrategia ineficaz

Bolivia devolvió a los dos carabineros nacionales que ingresaron en su territorio. Inevitable ha sido comparar esto con lo ocurrido, hace pocas semanas, con los policías y aduaneros bolivianos, detenidos en Chile por 30 días, juzgados, y finalmente expulsados, previo pago de una multa. Sin embargo, son dos casos enteramente diferentes.

Los carabineros perseguían un vehículo que cometió un ilícito y traspasó la frontera. Los funcionarios bolivianos pretendían apropiarse de un camión en Chile y se resistieron con balas. Ambos episodios han concluido con resultados también distintos. No obstante, la sensación que dejan es ingrata. Una vez más Bolivia procura ganar un punto a su favor, aplicando el Acuerdo Bilateral entre Policías para casos fronterizos, de 2008, liberándolos por razones humanitarias, por haber escuchado a la madre de uno de ellos, y ofreciendo retomar el diálogo para ampliar este tipo de compromisos. Chile, aparece más intransigente, amparado en su legalismo. Bolivia esta vez muestra una postura flexible, conciliadora, y nosotros no.

Un error o extrema diligencia, internó casi siete kilómetros en territorio vecino a los dos policías que cumplían funciones en el lugar, y que supuestamente, conocían dicha frontera, en gran parte sin demarcar. Aunque no por ello, susceptible de ser cruzada a voluntad para perseguir delincuentes.

Todo lo que suceda, por pequeño que parezca, sabemos que será relacionado con los pleitos en La Haya. Esta ha sido la constante de Evo Morales, que todo lo vincula, no sólo con insultos y epítetos acostumbrados contra Chile, sino para sacar ventaja política o comunicacional, interna e internacional. El aprovechamiento de los dos incidentes por Bolivia, más la intempestiva oferta de diálogo lo prueban. Chile, por su parte, ha propuesto reunir el Comité de Frontera del sector.

A Bolivia, le ha resultado positiva la comparación. Nuestra aseverada estrategia para anticipar y reaccionar frente a casos similares, o para contrarrestar las acciones que rodean los pleitos ante la Corte, sigue sin lograrlo. No hemos ganado prestigio ni demostrado internacionalmente tener la razón. Tampoco aparecemos de buena fe o apoyados desde el exterior, por sobre los tecnicismos legales o reglamentarios que pocos conocen en sus alcances. En suma, una estrategia todavía ineficaz.

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¿Cachái?

Carlos Franz

¿Esas pronunciaciones nacionales son incorrectas? ¿Hablamos ‘mal' los chilenos?"

Pronunciación chilena del verbo matar: "yo máto; bohmatai; él (u'té) máta: losotromatámo'; eyo' (u'tée) mátan".

Pronunciación chilena del verbo querer: "yo kero; bohkerí; él (u'tée) kére; losotrokerimo; eyo' (u'tee) kéren".

Así se oye —a oídos expertos— cuando los chilenos decimos que matamos y queremos. Estas transcripciones fonéticas de la pronunciación chilena fueron hechas por el lingüista Rodolfo Lenz, a fines del siglo XIX.

Hoy en día basta con darse una vueltecita por las redes sociales para comprobar que nuestra pronunciación del español en Chile no ha variado tanto. Aún más: ahora la transcripción fonética —o sea la imitación escrita de cómo suena nuestra lengua— es usada por numerosas tribus cibernéticas en parte por ignorancia de la ortografía y en parte como afirmación orgullosa de nuestro dialecto.

¿Esas pronunciaciones nacionales son incorrectas? ¿Hablamos ‘mal' los chilenos?

Esas, entre otras, son las preguntas que Darío Rojas formula —y responde— en su fascinante libro "¿Por qué los chilenos hablamos como hablamos?".

El libro del lingüista Rojas intenta responder esas interrogantes de manera breve y sencilla, sin tecnicismos. Su objetivo, declarado desde las primeras páginas, es demostrarnos que "los chilenos hablamos distinto (no sólo de España, sino de casi todo el resto del mundo hispanohablante), pero no mal, y que no hay ninguna razón de peso para considerar nuestra especificidad dialectal peor o mejor que las demás."

Para probar su hipótesis, Rojas nos invita a acompañarlo en un breve pero atrayente recorrido histórico. Sintetizo brutalmente el resumen brillante de esa historia del español que hace Rojas. Como todos sabemos, el español deriva del latín que a su vez derivaría de una remota lengua indoeuropea desconocida. Ese largo proceso de transformaciones no se detuvo cuando, a finales de la edad media, el castellano se volvió la lengua predominante en la península ibérica. En la propia España, el castellano continuó evolucionando y adoptó formas distintas en diversas regiones. La variante andaluza fue una evolución del castellano. Y lo mismo ocurrió con el español hablado en América que se deriva mayormente de esa variante andaluza.

Hoy en día los lingüistas reconocen dos grandes áreas en nuestro idioma. Una es el español castellano, hablado en el centro y norte de la península, y otra es el "español atlántico", que se habla en el sur de España, las Islas Canarias e Hispanoamérica.

Ese "español atlántico" tiene, a su vez, muchas variantes, pero mantiene ciertos rasgos comunes. Por ejemplo, el seseo: pronunciamos la "ese" igual que la "zeta"( no hacemos distinción oral entre casa y caza); el yeísmo: pronunciamos igual la "y" y la "ll" (rayar y rallar se oyen iguales); el debilitamiento o franca desaparición de la "s" y la "d" en muchas palabras (como en "e'tamojodío"); el trueque de la "r" por la "l" y a la inversa (algunos dicen "bajal" por bajar y otros pronuncian "sarto" en vez de salto).

La versión chilena de ese "español atlántico" se caracteriza, además, por el voseo. Tal como en Argentina o en Centroamérica, a menudo empleamos el "vos" para decir "tú".

Ese voseo chileno, que hace medio siglo considerábamos vulgar, hoy se considera simplemente coloquial y su uso se extiende. Quizás llegará el momento en el que, como en el Río de la Plata, nuestro voseo ingresará al "habla culta" y se escribirá y pronunciará tal cual en los diarios y noticieros televisivos. En la literatura lo empleamos cada vez más.

Algunos consideran que esas constantes derivas le quitan "elegancia" a nuestra lengua. Éstos podrían consolarse argumentando que el español chileno es noblemente anticuado y cortés. Ese "¿Voh me amái o me odiái?", es nuestra manera de decir: ¿Vos me amáis o me odiáis?

Nuestra pronunciación voseante y las demás peculiaridades de nuestro español no significan que éste sea incorrecto o inferior al de España (del norte) o al de otros países americanos. Esta es simplemente nuestra manera de hablar. Y en esa manera aquí, como en todos los sitios, hay quienes hablan mejor o peor.

Darío Rojas deja para el final otro asunto que sí debería preocuparnos a los chilenos. Escribe: "El hablar bien [implica] el conocimiento de un repertorio amplio de registros que permita expresarnos de manera clara". Muchos pensamos que la carencia de léxico y la escasez de recursos gramaticales empobrecen seriamente la comunicación entre nosotros. No hay problema en decir "¿cachái?". El problema es no cachar que hay muchas maneras de decirlo.

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