Miércoles 12 de Julio de 2017

La nueva pelea del siglo

Gonzalo Baeza

"Si en algo ha decaído el boxeo es que ya no suele despertar el interés del público general".

Desde que Mike Tyson colgó los guantes muchos proclaman la muerte del boxeo. Algunos se quejan del excesivo número de títulos que reparten las cuatro principales organizaciones que rigen el deporte. Otros dicen que ya no atrae tanto público o que no hay peleadores tan talentosos como en otras épocas.

Considerando que en el boxeo hay al menos 17 categorías de peso y múltiples organizaciones, efectivamente hay muchos campeones. Para quienes seguimos el deporte, no es cierto que carezca de figuras o de público. Basta mencionar a sus mayores exponentes actuales como el peso pesado Anthony Joshua, que recientemente le ganara el título a Wladimir Klitschko en Wembley ante 90 mil personas, o los medianos Gennady Golovkin y Saúl "Canelo" Álvarez, dos de los peleadores activos más famosos.

Si en algo ha decaído el boxeo es que ya no suele despertar el interés del público general. La pelea del próximo 26 de agosto entre el mejor boxeador de la última década, Floyd Mayweather, y el campeón ligero de artes marciales mixtas, Conor McGregor, puede cambiar esta situación.

Para los puristas, enfrentar a Mayweather, uno de los mejores peleadores defensivos de la historia con un récord de 49-0, contra un combatiente sin experiencia pugilística, es una aberración. Olvidan que una tradición del boxeo es la pelea-espectáculo, ésa que compensa la falta de competitividad con el entusiasmo del gran público. Entre sus hitos figura la pelea en que Jack Johnson noqueó el poeta suizo Arthur Cravan en 1916 o el combate de Mohamed Alí con el luchador japonés Antonio Inoki en 1976.

Según la revista Forbes, Mayweather-McGregor podría superar a la pelea de Mayweather con Manny Pacquiao y los US$ 400 millones que recaudó en pay per view. El interés radica en el carisma de ambos peleadores (la conferencia de prensa del martes atrajo a 11 mil personas) y las dudas sobre qué puede hacer McGregor en el ring. Muy poco. Los trucos de Mayweather son conocidos, pero nadie ha sabido contrarrestarlos. Esos giros de hombro para bloquear los golpes. Ese jab que lanza por sobre el jab del rival en sincronía perfecta. Esa capacidad de amarrar al contrincante y zafarse como lo hacía Joe Louis, empujando su cabeza hacia abajo hasta crear distancia para volver a golpearlo.

A favor de McGregor están su juventud (28 años versus los 40 de su rival) y una zurda pesada que si bien puede traerle malos recuerdos a Mayweather (algunas de sus peleas más complicadas fueron contra zurdos como Zab Judah) va a tener menor impacto que el habitual (McGregor compite habitualmente con guantes de 4 onzas mientras que para este combate serán de 10 onzas).

Así como el desenlace de Mayweather-McGregor no parece incierto, el interés que ha generado no deja dudas sobre la salud del boxeo, un deporte que pese a no vivir sus mejores años aún puede cautivar a millones.

Redacción

Enrique Paris Ex presidente del Colegio Médico

Reforma al sistema público de salud

Los índices sanitarios que muestra Chile son excepcionales. Una esperanza de vida de más de 80 años, una mortalidad infantil de 7,2 por 1.000 nacidos vivos. Una tasa de atención profesional del parto de un 97%, una meta de cumplimiento de los programas de vacunación de aproximadamente el 92% a nivel nacional.

Sin embargo, nuestros compatriotas no están contentos con la salud que el Estado de Chile les está entregando. En las diferentes encuestas de opinión, salud y delincuencia se disputan los primeros lugares. ¿A qué se debe esta mala percepción?

Chile ha sufrido una transición demográfica muy acelerada y la población está envejeciendo en forma muy rápida, además la tasa de natalidad en Chile es muy baja; prontamente vamos a tener más adultos y adultos mayores que niños. Asimismo, esos adultos mayores padecen dos o más enfermedades y deben recibir varios medicamentos a la vez. Esto se relaciona con una mayor consulta por enfermedades crónicas, una mayor cantidad de hospitalizaciones, estadías prolongadas y un alto gasto en medicinas. Así las cosas, la salud pública es vista como un sistema lento (listas de espera gigantescas), con esperas que causan mucho dolor e incluso la muerte. Hay además una deuda hospitalaria nunca antes vista y un retraso en la construcción de nueva infraestructura.

Hoy, Chile sólo destina el 7,2% de su PIB a Salud, y debemos aspirar —cuando el desarrollo económico lo permita—, a llegar al 8% o 9% del PIB.

En ese contexto, es necesario continuar con la formación de especialistas y distribuirlos en todas las regiones del país, no nos podemos cerrar a la inmigración de profesionales siempre que cumplan con la legislación chilena. Debemos crear escuelas de Medicina en regiones y trabajar para que la atención primaria sea definitivamente resolutiva. También tenemos que reestablecer un organismo similar al antiguo Consejo Nacional de Salud, que fije metas a largo plazo y que cuente con representantes del Ejecutivo, entidades científicas, colegios profesionales, representantes de los usuarios y de la comunidad.

Creo que la salud de los chilenos es una obligación del Estado y un derecho que debe considerarse bajo esa perspectiva para encontrar soluciones.

Las distintas caras de la violencia en Chile

Héctor Carvacho (PUC) Mónica Gerber (UDP) Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social

"¿Aprueban la violencia las chilenas y chilenos? Depende: la aceptación (…) varía según la situación"

La violencia ha sido un recurso utilizado en todas las sociedades con distintos fines: para resolver conflictos, para establecer dominación social, para controlar a ciertos sectores de la población o para intentar cambiar el orden social imperante. Con el tiempo, las sociedades han generado mecanismos centralizados, racionales y eficientes del uso de la violencia, permitiendo una disminución global de sus niveles.

Sin embargo, distintas situaciones de violencia ocurren cotidianamente en Chile: linchamientos a personas que han cometido delitos, represión policial en manifestaciones o contra el pueblo mapuche, violencia por parte de manifestantes, violencia de género, entre otros. Estos hechos nos motivaron a estudiar las circunstancias bajo las cuales los chilenos aprueban o desaprueban el uso de la violencia en un reciente trabajo del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES). Los resultados del estudio muestran la complejidad del fenómeno de la violencia y cómo su aceptación varía dependiendo de una amplia gama de factores.

¿Aprueban la violencia las chilenas y chilenos? Depende: la aceptación de la violencia varía según la situación, el nivel de agresión y el fin buscado. Mientras existe bastante aceptación de la violencia ejercida contra personas que han cometido delitos (castigos penales y linchamientos), existe un rechazo de la violencia excesiva en el contexto de protestas (tanto de la violencia llevada a cabo por Carabineros como manifestantes) y un repudio generalizado hacia la violencia de género.

¿Quiénes aprueban más la violencia? Depende: a diferencia de lo que a veces se piensa, la violencia no parece ser un fenómeno de izquierda o de derecha, ni de clase social baja o de clase social alta. Mientras personas de izquierda justifican más la violencia que tiene el propósito de conseguir un cambio social (por ejemplo, el bloqueo de calles en huelgas), las personas de derecha aprueban más los actos violentos que buscan el control social y la mantención del statu quo (por ejemplo, castigos penales más severos y linchamientos). A su vez, mientras las personas de clase alta justifican más la violencia laboral (que un jefe le grite a un empleado), las personas de clase baja toleran más la violencia en la pareja (que un marido abofetee a su esposa).

Estos resultados invitan a estudiar las razones que llevan a justificar la violencia. Nuestros análisis sugieren que uno de los factores relevantes tiene relación con las percepciones de discriminación que sufren algunos grupos en ámbitos como educación, salud y justicia. Los grupos que perciben mayor discriminación tienden a justificar en mayor medida los linchamientos y la violencia de trabajadores para lograr el cambio social. Este resultado preocupa ya que sugiere que una sociedad que excluye y discrimina a ciertos grupos puede llevar a una mayor tolerancia de la violencia y, probablemente, a una mayor prevalencia de prácticas violentas.

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