Lunes 19 de Junio de 2017

Open

En esta autobiografía escrita por el premio Pulitzer J. R. Moehringer, Andre Agassi revela una vida definida por la contradicción entre un destino impuesto y el anhelo por complacer a quienes lo han sacrificado todo por él.

Abro los ojos y no sé dónde estoy, ni quién soy. No es algo tan excepcional. Llevo media vida sin saberlo. Aun así, esta vez me parece distinto. Esta confusión me da más miedo. Es más total.

Alzo la vista. Estoy tendido en el suelo, junto a la cama. Ya me acuerdo. De madrugada me he bajado de la cama y me he estirado aquí. Lo hago casi todas las noches. Me va mejor para la espalda. Si paso muchas horas sobre un colchón mullido, siento un dolor insoportable. Cuento hasta tres, y a continuación inicio el largo y doloroso proceso de ponerme en pie. Suelto una tos, un gemido, me vuelvo hacia un lado, adopto la posición fetal y me coloco boca abajo. Espero un poco. Espero un poco más a que la sangre empiece a bombear.

Soy un hombre joven, relativamente joven. Tengo treinta y seis años. Pero despierto como si tuviera noventa y seis. Después de tres decenios corriendo a toda velocidad y deteniéndome en seco, saltando muy alto y aterrizando con fuerza, mi cuerpo ya no me parece mi cuerpo, sobre todo por las mañanas. Como consecuencia de ello, mi mente no me parece mi mente. Desde que abro los ojos, soy un desconocido para mí mismo, y aunque, como digo, no sea nada nuevo, por las mañanas la sensación resulta más pronunciada. Repaso brevemente los hechos básicos: me llamo Andre Agassi. Mi mujer se llama Stefanie Graf. Tenemos dos hijos, un niño y una niña, de cinco y tres años. Vivimos en Las Vegas, Nevada, pero actualmente estoy instalado en una suite del hotel Four Seasons de Nueva York, porque participo en el Open de Estados Unidos. Mi último Open en América. De hecho, se trata del último torneo en el que voy a participar en toda mi carrera. Juego al tenis para ganarme la vida, aunque odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión, y siempre lo he detestado.

Cuando este último fragmento de mi identidad encaja en su lugar, me pongo de rodillas y susurro: por favor, que acabe todo esto.

Y después: no estoy preparado para que acabe todo esto.

Ahora, en la habitación de al lado, oigo a Stefanie y a los niños. Están desayunando, charlando, riéndose. Mi imperioso deseo de verlos y acariciarlos, además de unas ganas inmensas de consumir cafeína, me proporcionan la motivación que necesito para levantarme, para pasar a la posición vertical. El odio me pone de rodillas; el amor me pone en pie.

Me fijo en el despertador de la mesilla de noche: las siete y media. Stefanie me deja dormir hasta más tarde. La fatiga de estos últimos días ha sido severa. Además del esfuerzo físico, está el agotador torrente de emociones desencadenado por mi inminente retirada. Ahora, alzándose desde el centro de la fatiga, surge la primera oleada de dolor: me toco la espalda. Me atenaza. Me siento como si alguien se hubiera colado en mi habitación en plena noche y me hubiera puesto en la columna una de esas barras antirrobo que se colocan en los volantes de los coches. ¿Cómo voy a jugar el Open con esa barra en la columna? ¿Tendré que suspender el último partido de mi carrera?

Nací con espondilolistesis; es decir, una vértebra lumbar se separó de la otra vértebra, se fue por su cuenta, se rebeló. (Se trata de la principal causa del llamado pie varo.) Con esa vértebra desalineada, queda menos espacio para los nervios en el interior de mi columna, y al menor movimiento mis nervios se sienten mucho más aprisionados. Si añadimos a la mezcla dos hernias discales y un hueso que no deja de crecer en un esfuerzo inútil por proteger la zona dañada, el resultado es que esos nervios empiezan a sentir algo que es directamente claustrofóbico. Y cuando los nervios protestan, reclamando el espacio que no tienen, cuando me envían señales de incomodidad, un dolor me recorre la pierna arriba y abajo, me quita el aliento y me hace maldecir. En esos momentos, lo único que me alivia es tenderme y esperar. No obstante, a veces ese momento llega en pleno partido. Entonces el único remedio consiste en alterar mi juego: balancearme de otra manera, correr de otra manera, hacerlo todo de otra manera. Pero, si lo hago, aparecen los espasmos. Todo el mundo evita el cambio; los músculos no pueden soportarlo. Si se les pide que cambien, mis músculos se suman a la rebelión de la columna, y al momento mi cuerpo entero se rebela contra sí mismo.

Gil, mi entrenador, mi amigo, mi padre de adopción, lo explica así: tu cuerpo te está diciendo que no quiere seguir haciendo lo que hace.

Mi cuerpo lleva mucho tiempo diciéndomelo, le digo a Gil. Casi tanto como el que llevo diciéndolo yo.

Pero desde enero mi cuerpo ya lo está gritando. No es que mi cuerpo quiera jubilarse; es que ya se ha jubilado. Mi cuerpo se ha ido a vivir a Florida y se ha comprado una casa adosada y unos pantalones de señor mayor. De modo que yo llevo un tiempo negociando con mi cuerpo, pidiéndole que hoy abandone su jubilación durante unas horas; mañana, durante unas horas más. Gran parte de esa negociación tiene que ver con una inyección de cortisona que, temporalmente, alivia el dolor. Aunque, de hecho, antes de que la inyección funcione, provoca su propio tormento.

Ayer me pusieron una, para que pueda jugar esta tarde. Es la tercera que me administran este año, la número treinta de toda mi carrera, y, con gran diferencia, la más temible. El médico, que no es mi médico habitual, me pidió con brusquedad que me colocara en posición. Yo me tendí sobre la mesa, boca abajo, y su enfermera me bajó los pantalones. El médico dijo que debía aproximar lo más posible la aguja de dieciocho centímetros a los nervios inflamados. Pero no podía atacar directamente, porque las hernias discales y el espolón del hueso le obstruían el acceso. Sus intentos de esquivarlos, de colarse donde quería, me hicieron saltar hasta el techo. Primero insertó la aguja. Después me colocó una gran máquina sobre la espalda para ver hasta qué punto ésta se había acercado a los nervios. Debía aproximarla, casi rozarlos con ella, me dijo, pero sin llegar a tocarlos. Si los tocaba, si llegaba a acariciarlos siquiera, el dolor sería tal que me impediría disputar el torneo. Y tal vez, también, me cambiara la vida. Así pues, la metía, la sacaba, maniobraba con ella, hasta que a mí se me saltaron las lágrimas.

Finalmente acertó. Dio en el blanco, dijo.

Y penetró la cortisona. La sensación de ardor me llevó a morderme el labio. Después sentí la presión. Me sentí impregnado, embalsamado. Empecé a notar que el pequeño espacio que alberga mis nervios en la columna se llenaba de vacío. La presión siguió aumentando, hasta que me pareció que me iba a estallar la espalda.

Por la presión se sabe que la cosa funciona, dijo el médico. Sabias palabras, doctor.

Enseguida el dolor empezó a parecerme maravilloso, casi dulce, porque era de esos dolores que uno nota que preceden al alivio. Aunque, claro, tal vez todos los dolores sean así.

Mi familia hace más ruido. Salgo cojeando hasta el salón de nuestra suite. Mi hijo, Jaden, y mi hija, Jaz, me ven y gritan. ¡Papá! ¡Papá! Saltan arriba y abajo y quieren que los coja en brazos. Me detengo y me preparo, me planto ante ellos como un mimo imitando a un árbol en invierno. Pero ellos vacilan antes de dar el salto, porque saben que su padre está delicado últimamente, que su padre se desmoronará si lo tocan con demasiada fuerza. Les doy una palmadita en la cara y les beso en las mejillas, y me siento con ellos en la mesa, a desayunar.

Jaden pregunta si hoy es el día. Sí. ¿Juegas? Sí.

¿Y entonces, después de hoy, te ‘retiras'?

Una palabra nueva que él y su hermana menor han aprendido. ‘Retirarse'. Ellos no usan nunca el participio, la usan en presente, un presente que nunca acaba. Tal vez sepan algo que yo no sé.

No si gano, hijo. Si gano esta noche, sigo jugando. Pero, si pierdes, ¿podré tener un perro? Para mis hijos, mi retirada equivale a un cachorro. Stefanie y yo les hemos prometido que cuando deje de entrenar, cuando dejemos de viajar por todo el mundo, podremos comprar un cachorro. Tal vez lo llamemos ‘Cortisona'.

Sí, colega, cuando pierda, nos compraremos un perro.

Mi hijo sonríe. Espera que su papá pierda. Espera que su papá experimente una decepción que supere a todas las demás. Él no entiende —¿y cómo seré capaz yo de explicárselo alguna vez?— el dolor de perder, el dolor de jugar. A mí me ha llevado casi treinta años entender eso, resolver la ecuación de mi propia psique.

Le pregunto a Jaden qué va a hacer hoy. ¿Ir a ver los huesos? Miro a Stefanie. Ella me recuerda que va a llevarlos al Museo de Historia Natural. Dinosaurios. Pienso en mis vértebras retorcidas. Pienso en mi esqueleto en exposición en el museo, junto con todos los demás dinosaurios. ‘Tenisaurus Rex'.

Jaz interrumpe mis pensamientos. Me ofrece su magdalena. Quiere que le quite todos los arándanos antes de comérsela. Nuestro ritual matutino. Todos y cada uno de los arándanos deben ser extraídos con precisión quirúrgica, lo que requiere concentración: introducir el cuchillo, moverlo circularmente, alcanzar de lleno el arándano sin tocarlo. Me concentro en su magdalena, y es un alivio pensar en algo que no sea el tenis. Pero cuando se la devuelvo, no puedo evitar pensar que se parece a una pelota de tenis, lo que hace que los músculos de mi espalda se agarroten, anticipándose. La hora se acerca.

Después del desayuno, después de que Stefanie y los niños se hayan despedido de mí con un beso y hayan salido corriendo rumbo al museo, permanezco sentado en silencio, y me fijo en la suite. Es como todas las suites de hotel en las que me he alojado, aunque más aún, si cabe. Limpia, elegante, cómoda; esto es el Four Seasons, o sea que es preciosa, pero sigue siendo una versión más de lo que yo llamo ‘No hogar'. Esos no lugares en los que existimos como deportistas. Cierro los ojos, intento pensar en esta noche, pero mi mente me lleva al pasado. Mi mente, estos días, posee un efecto de retroceso natural. A la más mínima oportunidad, quiere regresar al principio, porque ya me encuentro cerca del final. Pero no puedo permitírselo. Todavía no. No puedo permitirme recrearme demasiado en el pasado. Me levanto y camino alrededor de la mesa, compruebo mi equilibrio. Cuando me siento mínimamente estabilizado, me dirijo a buen paso hasta la ducha.

Bajo el agua caliente, gimo y grito. Me inclino despacio hacia delante, me toco los cuádriceps, empiezo a volver a la vida. Los músculos se destensan. La piel canta. Los poros se abren. La sangre tibia fluye más deprisa por mis venas. Siento que algo empieza a desperezarse. Vida. Esperanza. Las últimas gotas de juventud. Aun así, nada de movimientos bruscos. No quiero hacer nada que pueda sobresaltar a mi columna. Dejo que siga dormida.

De pie frente al espejo del baño, mientras me seco, me miro la cara. Ojos rojos, barba corta entrecana; un rostro totalmente distinto del que tenía cuando empecé. Pero también distinto del que veía el año pasado cuando me miraba en este mismo espejo. Sea quien sea, ya no soy el niño que empezó esta odisea, y tampoco soy el hombre que anunció hace tres meses que la odisea tocaba a su fin. Soy como una raqueta de tenis a la que he cambiado la empuñadura cuatro veces y las cuerdas, siete: ¿es exacto afirmar que sigue siendo la misma raqueta? Sin embargo, en algún rincón de esos ojos sigo viendo, vagamente, al niño que, ya de entrada, no quería jugar al tenis, al niño que quería dejarlo, al niño que, de hecho, lo dejó muchas veces. Veo a ese niño rubio que detestaba el tenis, y me pregunto cómo vería él a este hombre calvo que sigue detestando el tenis y que sigue jugando. ¿Se mostraría impactado? ¿Le divertiría verlo? ¿Se sentiría orgulloso? La pregunta me fatiga, me aletarga, y apenas son las doce del día.

Por favor, que acabe todo esto. No estoy preparado para que acabe todo esto. La línea de meta al final de una carrera deportiva no es distinta a la línea de meta al final de un partido. El objetivo es acercarse a esa línea porque, cuando te encuentras a su alcance, ésta te proporciona una fuerza magnética. Cuando estás cerca, sientes que esa fuerza tira de ti, y puedes usarla para cruzarla. Pero justo antes de situarte en su radio de alcance, o inmediatamente después, experimentas otra fuerza igualmente poderosa que te aleja de ella. Esas dos fuerzas gemelas, esas dos energías contradictorias son inexplicables, místicas, pero las dos existen. Yo lo sé porque me he pasado una gran parte de mi vida persiguiendo una, luchando contra la otra, y en ocasiones me he visto encallado, suspendido, rebotando como una pelota de tenis entre las dos.

Esta tarde. Me recuerdo a mí mismo que me hará falta una disciplina férrea para enfrentarme a esas fuerzas, y a cualquier otra cosa que se interponga en mi camino. El dolor de espalda, los tiros malos, el mal tiempo, el desprecio de mí mismo. Este recordatorio es una forma de preocupación, pero también una meditación. Algo he aprendido en los veintinueve años que llevo jugando al tenis: la vida arroja de todo en tu camino, y tu misión consiste en ir evitando los obstáculos. Si dejas que esos obstáculos te detengan, o te distraigan, no haces tu trabajo, y si no haces tu trabajo lo lamentarás de un modo que te paralizará más que un mal dolor de espalda.

Me tumbo en la cama, con un vaso de agua, y leo. Cuando se me cansa la vista, enciendo la tele. «¡Esta noche, segunda ronda del Open de Estados Unidos! ¿Será ésta la despedida de Andre Agassi?». Mi rostro aparece en pantalla durante unos instantes. Un rostro distinto del que acabo de ver en el espejo. Mi cara de los partidos. Estudio ese nuevo reflejo mío en el espejo distorsionado que es la tele, y mi angustia aumenta un grado o dos. ¿Será ése mi último anuncio? ¿La última vez que la CBS promocionará uno de mis partidos?

No logro ahuyentar la sensación de que estoy a punto de morir.

(…)

Stefanie abre la puerta y entra con los niños. Se suben a la cama y mi hijo me pregunta cómo me encuentro.

Bien, bien, le respondo. ¿Qué tal los huesos? ¡Divertido! Stefanie les da unos bocadillos y unos zumos, y se los lleva de la habitación. Han quedado para jugar con otros niños, me dice. ¿Ellos también? Ahora podré echar una cabezadita. A los treinta y seis años, mi única manera de aguantar un partido nocturno, que puede alargarse hasta más allá de medianoche, es dormir antes un poco. Además, ahora que ya sé más o menos quién soy, quiero cerrar los ojos y ocultarme. Cuando vuelvo a abrirlos, ha pasado una hora. Me digo en voz alta: es la hora. Ya no vale seguir ocultándose. Me meto en la ducha una vez más. Pero esta ducha es distinta de la que me he dado esta mañana: la de la tarde siempre es más larga, de unos veintidós minutos, minuto más, minuto menos, y no es una ducha ni para despejarme ni para lavarme. La ducha de la tarde es para transmitirme ánimos a mí mismo, para entrenarme.

(…)

De todos los deportes que practican hombres y mujeres, el tenis es el más parecido a una reclusión en régimen de aislamiento que, inevitablemente, propicia la conversación con uno mismo. En mi caso, esa charla se inicia con la ducha de la tarde. Es entonces cuando empiezo a decirme cosas, cosas locas, una y otra vez, hasta que acabo creyéndomelas. Por ejemplo, que un casi lisiado puede competir en el Open de Estados Unidos. Que un hombre de treinta y seis años puede vencer a un contrincante que apenas está entrando en su plenitud física. He ganado 869 partidos de tenis a lo largo de toda mi carrera, soy quinto en la lista de mejores jugadores de todos los tiempos, y muchos de esos partidos los gané durante esa ducha de la tarde.

Con el agua rugiendo en mis oídos —un sonido que no se diferencia mucho del clamor de veinte mil aficionados—, recuerdo algunas victorias en concreto. Son victorias que seguramente esos aficionados no recordarán especialmente, pero que a mí todavía me mantienen despierto por la noche. Contra Squillari en París. Contra Blake en Nueva York. Contra Pete en Australia. Después recuerdo algunas derrotas. Niego con la cabeza al sentir de nuevo la decepción. Me digo a mí mismo que esta noche me presento a un examen para el que llevo estudiando veintinueve años. Pase lo que pase esta noche, seguro que al menos una vez ya he pasado por lo mismo. Tanto si es una prueba física como si es una prueba mental, no será nada nuevo para mí. Por favor, que acabe todo esto. No quiero que acabe. Empiezo a llorar. Me apoyo en la pared de la ducha, y me dejo llevar.

(…)

VOLVER SIGUIENTE