Lunes 19 de Junio de 2017

Redacción

Luis Cordero Vega

Actuación policial en Temucuicui

Días atrás Carabineros ingresó a la comunidad Temucuicui y utilizó gases lacrimógenos para dispersar a quienes objetaban su presencia. El problema es que en su interior había una escuela en pleno funcionamiento y adultos que esperaban atención médica. El resultado, una vez más, fueron menores afectados por una intervención policial desproporcionada. El Ministerio del Interior ordenó una investigación ante estos hechos, que no son aislados.

En 2012, la Corte Suprema, en tres ocasiones, cuestionó el proceder de la policía en la misma comunidad y advirtió que debía respetar los derechos de los menores que allí se encontraban. Fue a favor de ellos que se ordenó adoptar medidas que no afectaran sus garantías en el futuro. Algo similar ocurrió en 2014, cuando Carabineros actuó violentamente contra dos niños mapuches —de 10 y 14 años— que grababan un operativo policial en Lumaco. El reproche de la Corte fue que la policía había sido incapaz de respetar sus protocolos internos. En 2015, la Corte objetó directamente la desproporción de los medios empleados en la detención de tres adolescentes en la comuna de Ercilla, advirtiendo nuevamente a la policía de que sus operativos, en el caso de menores, deben ser proporcionales. Y en 2016, el tribunal superior nuevamente impugnó el actuar de Carabineros en Malleco, a consecuencia de un desalojo en que se afectaron a niños de entre 6 meses y 9 años.

La acción de Carabineros hace pocos días no puede calificarse entonces como aislado, sino que responde a un proceder sistemático, frente al cual resulta irrelevante la presencia de menores de edad. Una actuación como ésa es preocupante en un estado de derecho. Existen recurrentes explicaciones sobre la militarización del conflicto en La Araucanía. Ello justificaría para algunos el uso intensivo de la fuerza de Carabineros para enfrentar incluso los más mínimos conflictos domésticos en la zona.

Un enfoque como ése implica reconocer en el uso desproporcionado de la fuerza, sin consideración de los sujetos contra los cuales se ejerce, un costo legítimo para la imposición del orden. Una tesis como ésa olvida que naturalizar la violencia institucional del Estado sólo seguirá radicalizando un conflicto, sobre todo para quienes —como los niños de muchas de las comunidades afectadas— han sufrido directamente la represión por las demandas que sus familias consideran justas y legítimas.

¿Seguirá el crecimiento “despacito”?

Rodrigo Wagner B. Universidad de Chile

"Mientras el debate electoral se encauce hacia promesas creíbles y responsables, no parece absurdo que en 2018 el crecimiento ‘despacito' pase lentamente de moda".

Como dice la canción de moda, vamos des-pa-cito. Pero no es para alegrarse sino para preocuparse. Por un buen par de años la economía en Chile ha crecido mucho más lento que antes y eso se nota. La poca inversión también toma cara de autoempleo, por ejemplo, con más comercio ambulante en las veredas.

Los últimos tres o cuatro años ocurrió algo curioso: partíamos el año con unas proyecciones de crecimiento y seguidamente había sistemáticas correcciones a la baja, aunque asumiendo que el siguiente año sería un poco mejor. Pero resulta que el siguiente año no era mejor: seguían las correcciones y volvíamos al crecimiento "despacito". Mirando los números del Banco Central y del FMI esto se repitió los últimos tres o cuatro años, siempre corrigiendo a la baja las expectativas. Muchos vieron "brotes verdes" —como los retoños que brotan indicando el fin del invierno— pero, al parecer, las yemas se fueron muriendo congeladas. Para 2018 creo, sin embargo, que hay razones para ser un poco más optimista. Desde 2017 se ven brotes en el horizonte, pero esta vez son "brotes rojos". Y es que las expectativas de largo plazo del metal rojo han ido repuntando. Esa expectativa del cobre es lo que tira la inversión en Chile, nos guste o no.

¿Por qué importa ese precio de largo plazo, siendo que el dinero que recaudamos depende del precio actual del cobre y no del precio en 2025? Lo que pasa es que los proyectos de inversión en cobre demoran mucho. Entre que se decide una inversión y que ésta empieza dar frutos pasan unos ocho años al menos. Por eso las empresas mineras al momento de invertir están mirando sus expectativas de 2025 a 2030, tal como mostramos en un estudio con mi colega Erwin Hansen, también de la Universidad de Chile.

Recordemos que a inicios de la década esas expectativas del cobre de largo plazo estuvieron por los aires. Tanto así que era rentable hacer casi cualquier proyecto minero, y también era rentable para un maestro irse a trabajar por dos días a Antofagasta, a ampliar un local comercial. Porque si bien la minería genera poco empleo durante la operación, durante la fase de inversión "chorrea bastante" trabajo, lo que explica gran parte del boom entre 2010 y 2013. Mi impresión es que ante la ausencia de políticas pro-crecimiento claras en ese período, la bonanza de la inversión minera fue un enorme tiraje para el empleo privado formal; el mismo empleo que hoy escasea. Aunque no sé como vienen las elecciones, no es raro que el ex Presidente de esa época sea quien hoy puntea las encuestas —tal como lo dejé ver en una columna en 2014—. Especulo que el subconsciente colectivo recuerda un período de alto empleo, aunque las causas del boom tengan más que ver con lo que pasó en China que con las obras de su gobierno.

¿Cuáles son mis expectativas? Mientras el debate electoral se encauce hacia promesas creíbles y responsables, no parece absurdo que el crecimiento "despacito" pase lentamente de moda en 2018.

Las ingratas encuestas

"Las encuestas no sólo muestran un estado de la realidad, sino que pasan a formar parte de la dinámica de ésta".

Que las encuestas se equivocan no hay duda. Después de todo, operan bajo una lógica probabilística. Más aún, sabemos que las personas no dicen siempre todo lo que piensan, y hasta mienten. Ahora bien, ¿son por ello malos predictores? Sí y no. A nivel comparado hay casos de éxito —como las predicciones de Nate Silver en la elección de Obama, en 2008— y de fracaso, como los errores en la última elección respecto de Trump. Pero en este último caso pocos recuerdan que las encuestas mostraban una competencia muy reñida y que nadie contaba con la abstención de votantes claves para Clinton.

En Holanda las críticas a las encuestas fueron severas. Pero, si se las observa con detención, mostraron las tendencias de los resultados finales: la caída del partido gobernante y su leve ventaja respecto del resto, el aumento de la extrema derecha con una llegada en segundo lugar, el aumento de la democracia cristiana, y, lo central, un escenario político fragmentado.

En general, olvidamos que, dependiendo de las metodologías de muestreo (probabilístico, cuotas, etc.), los tipos de encuestas (cara a cara, telefónica, web o correo), el tamaño (y posibilidad de estimar el error) y el tipo de preguntas, algunas sí pueden arrojar resultados más cercanos a la realidad.

Cualquiera sea el caso, lo concreto es que las encuestas son más que una foto del momento; no sólo muestran un estado de la realidad, sino que pasan a formar parte de la dinámica de ésta. Es decir, en razón de ellas se toman decisiones, ya sea para revertir las tendencias o para asentarlas. Luego, es obvio que los resultados de una medición hoy pueden cambiar mañana. Pensemos lo que significó la entrada de Beatriz Sánchez en el escenario electoral o la de Alejandro Guillier hace menos de un año. A ello debemos agregar la dificultad de estimar el porcentaje final que votará o la ocurrencia de hechos fortuitos, como ocurrió en España, en 2004, con el atentado en Atocha.

Pero más allá de los tecnicismos, y de su éxito o fracaso, la mayoría de las veces las encuestas resultan ingratas en la contienda electoral. Los candidatos que no logran consolidarse las evalúan como innecesarias; los que no consiguen revertir el resultado o van en segundo lugar consideran que no dicen nada, y los que van a la cabeza tienden a ser triunfalistas o moderados. Las encuestas incomodan y, aunque los analistas saben que expresan un estado de la realidad, la que en ocasiones cuesta cambiar, políticamente resulta más efectivo devaluar su impacto. A falta de otros métodos de estimación, sin embargo, son inevitablemente necesarias. A través de sus resultados debemos evaluar su reputación.

VOLVER SIGUIENTE