Viernes 19 de Mayo de 2017

Cristian Glenz, el anfitrión del segundo cónclave 3xi

Dejó la gran empresa por dirigir el Cottolengo: “Tengo la mejor pega”

El director ejecutivo del hogar de acogida fue presidente de una viña y gerente general de una agroindustrial.

Por Ximena Bravo

Lo que las fundaciones les piden a las empresas no es caridad, sino un involucramiento real para que se humanicen".

Este es un muy buen espejo de la sociedad: se refleja toda la falta de atención a los más desvalidos".

Cristian Glenz es un ingeniero civil de la Universidad Católica que llevaba una ascendente carrera empresarial: gerente general del grupo agroindustrial Invertec Foods y presidente de la viña Polkura y de la firma de ingeniería eléctrica Conecta. Pero hace un año decidió dar un vuelco a su vida laboral: dejar la empresa y saltar al mundo de las organizaciones solidarias asumiendo la dirección ejecutiva del Pequeño Cottolengo. "Decidí devolver a la sociedad, me puse a buscar una pega con sentido y encontré la mejor pega de todas", afirma Glenz.

El Pequeño Cottolengo es un hogar que acoge a niños, niñas, jóvenes y adultos en su mayoría en situación de abandono y de discapacidad intelectual severa y profunda.

—¿Por qué dejar el mundo privado por el de las fundaciones?

—Por un llamado interno, ganas de aportar más al país y de meterme en algo más social, por una serie de cosas que uno va sumando en la vida.

Una de las inspiraciones para su conversión fue Desafío Humanidad, en la que participa hace 14 años. Es una fundación que busca humanizar a las empresas y a la sociedad a través de grupos de desarrollo, talleres a empresas y eventos masivos con personajes inspiradores, como el médico de la risoterapia Patch Adams y el impulsor bangladesí del microcrédito Muhammad Yunnus. "Mi caída en Cottolengo tiene mucho que ver con esto. Tengo temas personales y familiares también —explica, sin entrar en detalles—, pero Desafío fue un gran actor".

—Y este año, ¿ha sido complejo?

—Este año acá ha sido maravilloso; el mejor trabajo que he tenido en mi vida.

De regreso

Hoy viernes, Glenz tiene un papel protagónico. Es el anfitrión de un encuentro que lo vuelve a conectar con el mundo del que viene: la cumbre 3xi, que reúne a empresarios, emprendedores, empresas B, innovadores y organizaciones solidarias, a la que convoca la Confederación de la Producción y del Comercio (CPC) junto a representantes de estos sectores.

—¿Puede generar mejores vínculos con el empresariado por su historia?

—Lo creo absolutamente, porque yo vengo de ese mundo. Lo que ha pasado en el 3xi es que las fundaciones y las empresas están mucho más cercanas, porque finalmente somos todos parte de la misma sociedad, ambos somos grupos de acción, nos gustan los desafíos. Entonces, lo que hace el 3xi es una instancia para juntarnos y hacer cosas concretas juntos y resolver temas que hasta hoy no han encontrado solución. Como los niños del Sename, por dar un ejemplo. Que las fundaciones, los empresarios, los emprendedores y las empresas B se hagan cargo.

—El presidente de la CPC, Alfredo Moreno, dijo que ustedes los habían invitado a hacer su encuentro aquí en el Pequeño Cottolengo. ¿Por qué?

—Esta fundación es una bajada al mundo duro, donde la realidad es extrema. Aquí las personas sufren fragilidad física, personas postradas o en silla de ruedas. Una fragilidad mental, que hoy es mucho más invalidante que la física. Y fragilidad social, pues la mayoría de estas personas han sido abandonadas. El Cottolengo es un muy buen espejo de la sociedad: acá se refleja toda la falta de atención a los más desvalidos.

—Que vean la realidad de los más débiles, como dijo Moreno.

—La idea es que las personas al venir se sensibilicen y se encuentren con su propia fragilidad al mirar los rostros de estas personas que están en abandono, postradas, pero que a pesar de eso son felices. Entonces el mensaje es potente: uno está preocupado de la empresa y de hacer tantas cosas, y puedo ser menos feliz que una persona que está postrada que se conforma con tan poco, con recibir una sonrisa o una visita.

—¿Se siente algo especial por ser anfitrión de un encuentro que atrae tantas miradas públicas?

—Para nosotros es un privilegio, pero nos sentimos representando a todas las organizaciones sociales. Este tercer sector tiene mucho que aportar al país, porque le resolvemos un problema a todo el mundo: al Estado, a las empresas, a los ciudadanos de a pie; y en todos los temas: la delincuencia y la drogadicción, entre otros.

—¿Qué expectativas tiene de estos encuentros?

—Que se hagan como "colleras", aludiendo un poco a Alfredo Moreno, que le gustan los caballos, en el sentido de no sólo hacer alianzas asistencialistas. Lo que las fundaciones les piden a las empresas no es caridad, sino un involucramiento real para que se humanicen, y que en el país disminuya la desconfianza que hay hacia las empresas. Si ven que determinada empresa está involucrada de verdad en una problemática país, entonces la gente al oír su nombre no sólo pensará en sus productos, sino que también la asociará a la resolución de un tema importante para la sociedad, y pensará "qué buena es esa empresa".

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