Viernes 19 de Mayo de 2017

La poesía es necesaria

Jorge Edwards

Cuando escuché el discurso de investidura de Emmanuel Macron tuve una sensación de alivio. ¿Por qué? Porque hablaba de devolverle a Francia su papel en la cultura de Europa y del mundo".

Un viejo amigo brasileño, Rubem Braga, había inventado una sección en un diario de su país que se llamaba "La poesía es necesaria". Se divertía traduciendo poemas extranjeros, contando historias de poetas de todas partes, publicando alguna vez un poema suyo. Manuel Bandeira, gran poeta del Brasil de aquellos años, lo había bautizado como "poeta bisiesto": escribía un poema cada año bisiesto. Y Rubem, que fue diplomático en Chile, inauguró en Santiago un concurso de traducción al portugués de un soneto de Gabriela Mistral. Ya no recuerdo qué soneto era, pero sé que el premio consistía en botellas de vino chileno, volúmenes de poesía editada con esmero y una bonita pata de jamón, ya no recuerdo si brasileño, portugués o de las sierras españolas. Rubem desapareció hace rato, lo mismo que Manuel Bandeira y otros amigos suyos. Yo habría tenido vocación para continuar a cargo de esa sección de prensa sobre la necesidad de la poesía, pero la vida, el trabajo, los viajes, me llevaron a otra parte.

Ahora encuentro una edición ilustrada, de la editorial Reino de Cordelia, enriquecida con fotografías y cartas a la familia, de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca. Leo el libro de nuevo, por tercera o cuarta vez, y llego a la conclusión de que la poesía, en efecto, es necesaria, de absoluta necesidad, aun cuando en apariencia no sirva de nada. Los poemas que escribió Federico en sus meses de Nueva York, en la segunda mitad de 1929, en los comienzos de 1930, son enigmáticos, intensos, juguetones. Están llenos de animales fantásticos que transitan por las praderas neoyorquinas, que son de cemento y de acero: vacas, perros, lagartos, pájaros, palomas de la especie más diversa. "Un pájaro de papel en el pecho / dice que el tiempo de los besos no ha llegado", escribe Vicente Aleixandre citado por García Lorca. Sigue un poema, "Danza de la muerte", que es una danza de camellos, gatos, cisnes: "La alegría eterna del hipopótamo con las pezuñas de ceniza / y de la gacela con una siempreviva en la garganta…". Ustedes podrán decir que no entienden una sola palabra, pero la poesía no es racional, lógica, numérica. Eso es lo bueno que tiene. En eso consiste su necesidad. Si los políticos profesionales, los banqueros, los personajes misteriosos que manejan la economía del mundo, no lo entienden, vamos mal. Por mal camino. Cuando escuché el discurso de investidura de Emmanuel Macron tuve una sensación de alivio. ¿Por qué? Porque hablaba de devolverle a Francia su papel en la cultura de Europa y del mundo. Los franceses están saliendo mejor de su crisis, pensé, que muchos de nosotros. Nuestros políticos, obcecados, menores, no se atreven a hablar en esa forma.

En los poemas de Poeta en Nueva York hay una clave chilena que conocí de cerca. El libro está dedicado a Bebé y Carlos Morla, esto es, a Carlos Morla Lynch y Bebé Vicuña. Hay una fotografía de la pareja, hermosa, romántica, aérea, en la primera página. Y debajo viene una carta escrita desde Granada, en junio de 1929, en vísperas del viaje a Nueva York, por Federico a Carlos, con una nota muy chilena entre paréntesis "(mi hijo)", que es el "mijo" nuestro. Carlos Morla era el embajador de Chile en Francia en los breves años en que fui secretario de esa embajada y diplomático de carrera, en la década de los sesenta. Había sido ministro en Madrid durante la guerra y había salvado a centenares de personas de ambos bandos gracias a las leyes internacionales sobre asilo. La gente española, los amigos de Madrid, desfilaban por esa embajada en los tiempos en que fui secretario. Una vez encontré a una señora en un corredor y me dijo que era hermana de Federico. Morla, el jefe de la misión, bajaba por las escaleras con mirada triste. Llevaba terrones de azúcar para dárselos a sus perros pekineses, que lo seguían por escalinatas y salones sin descanso.

Lo curioso es que Federico escribía sus poemas de Nueva York cuando otro chileno, que después sería amigo suyo y que al final de la guerra se enemistaría con Carlos Morla, Pablo Neruda, escribía en las remotas ciudades de Rangún y Colombo los poemas de Residencia en la tierra. Ahora hago un balance interesante. Residencia y Poeta en Nueva York son dos de los libros más importantes de la poesía en lengua española del siglo XX. Ni más, puedo agregar, ni menos.

El joven Neruda, a sus veinte y pocos años, en un mundo extraño, ajeno, hacía poemas del misterio, de la naturaleza desconocida, de la temporada de los monzones, de un mar amenazante, de una tierra sola. La selva de Federico, ya lo dije, no era la de Ceylán o Birmania. Era la de los callejones de Manhattan.

Neruda acusó después a Carlos Morla de las peores traiciones. Pero se reconcilió con muchos de sus enemigos, al final, y estoy seguro de que también se habría reconciliado con Carlos Morla Lynch. Pero habría sido esencial, para eso, que interviniera la poesía, la necesaria poesía.

Redacción

Marcelo Mena Ministro del Medio Ambiente

Ciudadanos y cultura del reciclaje

Cada año más de 17 millones de toneladas de residuos van a parar a rellenos sanitarios o vertederos. Esta realidad no es sostenible en el tiempo y debemos enfrentarla. Es por ello que la Presidenta Bachelet promulgó hace exactamente un año la Ley del Reciclaje, la primera de este tipo en toda Latinoamérica, que busca aumentar significativamente nuestras tasas de reciclaje en el país.

Esta ley del reciclaje se basa en dos principios básicos. El primero, el que contamina paga, donde pone la responsabilidad en las empresas que producen o importan residuos. Segundo, es un cambio de paradigma, porque establece que los residuos no son basura, son materia prima y energía, lo que nos permite transitar desde una cultura de lo desechable a una cultura del reciclaje.

En términos estructurales, significa crear una industria completamente nueva en torno al reciclaje, generando entre 20 mil y 30 mil nuevos empleos verdes asociados a la recolección, manejo y reciclaje de residuos. Estos son impactos concretos del modelo de desarrollo sustentable que privilegia el crecimiento verde de nuestro país.

El Estado de Chile está haciendo su parte, estableciendo un marco estructural que permita cambiar nuestro modelo de desarrollo centrado en el consumo y el desecho, para avanzar hacia una economía circular que valorice sus residuos. Sin embargo, para que estos cambios sean efectivos, necesitamos una revolución cultural en Chile, en la que cada individuo se transforme en un ciudadano ambiental que proteja el medio ambiente: reciclando, reutilizando y reparando.

Es urgente que actuemos hoy. A nivel mundial, el 60% de los ecosistemas están dañados; al 2030 existirán entre mil y tres mil millones de consumidores nuevos de clase media, y si no hacemos nada, al 2050 la temperatura planetaria subirá 3ºC, con consecuencias impensadas. Sólo pensemos que en 1950 consumíamos la mitad de los recursos de la Tierra, mientras que este año nuestra explotación excede la capacidad del planeta en 25%.

El nivel de urgencia es tal que no hay tiempo que esperar. Tenemos que partir ahora cada uno de nosotros, porque para proteger el medio ambiente se necesita de acciones cotidianas y del compromiso de todos los chilenos. Esa es nuestra invitación, seamos todos ciudadanos ambientales.

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