Viernes 19 de Mayo de 2017

Nelson Pizarro, CEO de Codelco:

“Es muy complicado un puesto como éste en el Chile de hoy”

Illapelino, hijo de un camionero, el menor de 7 hermanos, es el ejecutivo top de una de las mineras más grandes del mundo. Con cuentas azules y Codelco cambiando el tajo abierto de Chuqui a una colosal explotación subterránea, se cree la muerte.

Por Ximena Torres Cautivo

Cada vez que mis hijos me increpan y me dicen "papá, ¿por qué seguís metido ahí en Codelco?", yo les respondo "porque cuando yo estudié, la Universidad de Chile era gratis y por eso ahora debo aportar al país", cuenta el ingeniero civil en minas Nelson Pizarro Contador (77), presidente ejecutivo de la cuprera estatal.

—¿Y sus hijos lo increpan muy seguido?

—Sí, cada vez más seguido. Ellos encuentran que estar en un cargo como este es exponerse a un riesgo inminente a diario. Tienen razón, Codelco es una cosa tan grande y tan sujeta al escrutinio público, que no se puede estar tranquilo. Hay que responder por lo que haces y por lo que no haces y, sobre todo, debes responder por las personas que te reportan. Es muy complicado ocupar un puesto como éste, especialmente en el Chile de hoy.

Para el máximo ejecutivo de Codelco, estos no son buenos tiempos. Nada que ver con la gloriosa década del 90, en que pasó de gerente general de la División Chuquicamata a hacerse cargo del proyecto Los Pelambres en Antofagasta Minerals. "Salté de Chuqui a Pelambres, al grupo Luksic. Ahí hice mi éxito profesional más rutilante. Eso es lo mejor que he hecho en mi vida".

—¿Por qué tanto?

—Porque partí con una ingeniería básica y terminamos con una instalación que hasta el día de hoy es el buque insignia de Antofagasta Minerals. Porque el yacimiento era muy bueno, los tiempos permitían hacer bien y ágilmente las cosas. Porque todavía no estábamos en esta situación de convulsión generada por los que sólo exigen derechos y no tienen idea de qué son los deberes.

—¿Le ve alguna salida a esta época de tanta demanda y crispación?

—Mejor no me haga llorar… —responde con su estilo campechano, que aflora a los pocos minutos del saludo inicial.

El CEO de la cuprera más grande del mundo tiene 5 hijos. Dos hombres —el mayor y el menor— y las tres "niñitas" entremedio. De todos habla con orgullo y ternura. Pero donde se explaya más y recurre a adjetivos épicos es al recordar a sus padres. "María Raquel Contador Rojas, mi madre, era dinamita pura. Una fantasía de mujer. Un motor, valiente. Tuvo 7 hijos; yo era el menor. Mi padre, Samuel Pizarro Pizarro, era un tipo reposado, reflexivo, luchador. Era camionero. Dueño de su camioncito, lo que no daba para mantener con holgura a la familia. Vivíamos en Quillota, y él trabajaba principalmente para los Bozzolo, dueños de la fábrica de conservas. Asocio todo eso con la etiqueta de los tomates en tarro Centauro. ¡Pucha, yo era hincha de mi padre, él fue mi héroe, mi partido político, y lo acompañaba en el camión para todos lados! Yo era un niño outdoor, ‘un pequeño ratón envenenado', como decía mi mamá, que no se quedaba quieto nunca".

—¿A cuál de sus progenitores se parece más?

—De joven, era igual a mi madre. Ahora que estoy viejo, dicen que me he puesto más parecido a mi padre. Eso significa que me he sosegado. "¡Asosiégate!", como me decía ella.

Aunque nació en Illapel, porque su papá era oriundo de "uno de esos pueblos resecos, casi chamuscados de esa zona", vivió su infancia y adolescencia en Quillota. Educado en la férrea disciplina de Marcela, su abuela paterna, y de los Hermanos Maristas. "Fui a un muy buen colegio, el Instituto Rafael Ariztía, que era pagado. Me iba a pie desde mi casa en la calle Merced 780, que quedaba frente al hotel Tomo y Obligo".

Alumno destacado pese a lo movedizo y boy scout activo, cuenta, orgulloso: "Fui subjefe de la Brigada Los Halcones". Cuando dio el bachillerato y la pruebas especiales en la Universidad de Chile y en la Técnica del Estado para entrar a ingeniería, su mamá zanjó el asunto así: "Mire, mijito, usted tiene dedos para el piano, así es que chao UTE". De esa manera, entró a "la ilustre Escuela de Ingeniería de la calle Beauchef; no hay otra". En primer año supo que su especialidad sería minas. "Yo no me veía en una oficina ni en nada encerrado. Adoro la faena hasta hoy. Pero estos caballeros que me rodean no me dejan salir", dice, señalando a Juan José Tohá, su asistente de prensa. "Así es que me la paso en reuniones y más reuniones. Yo, que en la mina es donde vivo y respiro".

—¿Qué es lo que le gusta de la faena, de estar en terreno?

—La gente. Manejar y desarrollarlos. Tengo 50 años de profesión y donde voy me encuentro con gente que me dice: "Hola, jefe, ¿se acuerda de mí? ¿Se acuerda de cuando me echó?". Esto es verídico. No voy a dar nombres. Eran dos ingenieros a los que despedí porque se mandaron alguna cagada. Los eché, pero luego los llamé y les dije que hicieran una empresa. Hoy están forrados en dólares.

—Usted también gana un montón de plata, como 24 millones de pesos mensuales.

—Gano justo un tercio de lo que ganaba en la empresa privada, porque en este rubro el conocimiento se paga. Acepté reducir mis ingresos porque en mi rubro, llegar a este cargo es lo mismo que llegar a ser Papa para un cura. Pese al riesgo, la exposición, el escrutinio, las comparaciones, esto no es para negarse. Me lo ofrecieron el 2014, cuando yo estaba en otra, terminando un proyecto loco; no me quedó otra que aceptar.

Con su baja estatura, su contextura frágil, sus ojos de un azul desvaído, no tiene la estampa de un minero, pero así se define. "Eso significa saber que la creación de valor de este negocio está en el conocimiento de la mina. Conocimiento geológico, litológico, geominero, metalúrgico y todo lo demás". Él conoce Chuqui como la palma de su mano: la mina a tajo abierto y la que ahora se está construyendo bajo tierra, que es una cuestión colosal.

—¿Lo conmueve ese proyecto? ¿Le duele que no lo vivirá en plenitud, porque cada vez más se habla de su retiro?

—Nada es para siempre. Un tremendo gerente de la Exxon Minerals me dijo un día: "¿Sabes qué le pasaría a la empresa si te atropella un camión? Es tu obligación no ser irreemplazable, tener un sucesor. Eso es lo responsable; lo otro es vanidad". Llevo casi tres años haciendo un trabajo que considero bien notable, donde la clave ha sido crear escuela. Estos cargos son una trenza de conocimientos, valores y experiencia, lo que sirve para que no te cuenten cuentos. No te olvides de que estamos trabajando con chilenos. O sea, con una mezcla de andaluces y mapuches; de ahí sale el carácter del chileno. Bueno, de lo que se trata es de gestionar a través del talento y del compromiso de tus subalternos, administrando sus expectativas, sueños y frustraciones y haciéndolos competir en buena leche, lo que no siempre es fácil, porque en palacio hay muchas rencillas.

—No me ha respondido sobre qué le provoca Chuqui subterráneo.

—Es un proyecto lindo, lindo. Algo que se viene conversando desde hace unos 30 años y que tiene que ver con lo compleja que es la gestión territorial para la minería en Chile. La cordillera de los Andes cae violentamente, avanzamos un poco y se acaba el país en el océano, por eso la forma de hacer minería tiene que cambiar. En Codelco, lo tenemos claro, por eso anunciamos una reorganización de nuestros esfuerzos en materia de tecnología, innovación y modelo de negocio. Se trata de reducir los costos, de cambiar la manera de capturar el cobre. Minería es perforar, cargar, tronar, extraer, mover los estériles, charcar, moler, frotar, fundir y finalmente refinar el mineral. Y cada una de esas etapas agrega costos. Cómo reducirlos es el desafío, y en esa tarea Codelco está entre los líderes.

Afirma que han cambiado "las condiciones de borde" que rodean el proceso de extracción del mineral. "Los procesos y las técnicas son los mismos desde hace 50 años. Sólo se ha agregado el gigantismo: camiones de 350 toneladas, palas de 60 yardas cúbicas, perforadoras capaces de taladrar 12 pulgadas de diámetro. Se ha buscado la automatización con estas enormes máquinas, porque las leyes del mineral son cada vez menores. A esto se agregan las mayores exigencias ambientales, las leyes laborales, el manejo del agua. Todo esto encarece y retrasa los procesos. Gestionar este negocio es una enorme coordinación de expectativas, disciplinas, intereses".

A ratos, le aparece el profesor. Explicar le encanta, y es un gran maestro. Se le nota en cómo acaricia "un testigo", como se llama a un cilindro de roca que revela la calidad de un yacimiento. "Esto es como un libro que sólo un geólogo puede leer".

Ahora que se ha puesto académico, cuesta imaginarlo saliéndose de madre en público y afirmando que en Codelco "no hay un puto peso", como dijo hace casi un año, generando un gran revuelo. "Eso fue espontáneo. Yo estaba explicando que en la minería se acabaron dos cosas: los precios del cobre en torno a los 4 dólares por libra y los yacimientos con altas leyes de mineral. Esos planteamientos generan gran resistencia en la cultura minera y ahí se me salió esa frase de mi padre: ‘¡No hay un puto peso, viejo!'. Lo dije y salí cascando a mi oficina. Llegué y le dije a mi secretaria que me había ido muy bien, pero pronto empecé a caer en la cuenta de la cagadita que había dejado".

—Pero Codelco terminó cerrando el 2016 con números azules.

—Fíjate que esa frase me volvió muy popular y la "gallá" se alineó y mi jefe, que es brillante (se refiere a Óscar Landerretche, presidente del directorio de Codelco), terminó obteniendo plata, pura muñeca del tipo. Es que lo que hemos hecho aquí es bien notable.

Satisfecho y bueno para la talla, responde que la presencia femenina en Codelco ha aumentado, aunque es sólo de un 10 por ciento del personal. Y que él aspiraría a no desperdiciar el talento del 50 por ciento de la población del país y a que llegue el día en que las mujeres sean la mitad en las minas. Como minero que es, cuesta creerle, más cuando se ríe con "lo políticamente correcto" de su respuesta. Y antes de despedirnos nos cuenta una talla del ambiente minero, una de las miles que tiene y que aspira a volcar en un libro, cuando se retire. "Estábamos en un boliche nocturno en Calama, lleno de mineros, cuando el animador anunció a Nataly, el número fuerte de la noche, con la frase: ‘Ella quería ser monja, pero su cuerpo se lo impidió'", dice, muerto de la risa.

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